El retablo de Maese Pedro (1923) como dispositivo epistemológico

Mediación, simulación y perturbación cognitiva en la poética escénico‑sonora de Manuel de Falla

Autores/as

DOI:

https://doi.org/10.24215/18530494e093

Palabras clave:

Manuel de Falla, dispositivo epistemológico, mediación musical, ontología escénica, semiótica de la escucha

Resumen

El presente artículo propone una relectura radicalmente teórica de El retablo de Maese Pedro (1923) de Manuel de Falla, concebida no como una obra escénico-musical en sentido tradicional, sino como un dispositivo epistemológico complejo que articula mediación, simulación y violencia cognitiva. Desde esta perspectiva, el Retablo se analiza como una máquina de conocimiento pre-digital que problematiza los estatutos de representación, escucha y agencia, anticipando modelos contemporáneos de mediación técnica y fragmentación ontológica. Lejos de una aproximación historicista o estilística, el trabajo desplaza el eje interpretativo hacia una ontología escénica estratificada, donde la interacción entre narrador, títeres, intérpretes y oyentes configura un sistema de niveles cognitivos en permanente colisión. En este marco, la destrucción final del retablo por parte de Don Quijote se interpreta no como un gesto anecdótico o narrativo, sino como el colapso interno del dispositivo, revelando la violencia inherente a toda mediación representacional. El artículo dialoga críticamente con la musicología falliana canónica, la teoría de dispositivos, la filosofía de la técnica y la semiótica de la escucha, proponiendo una lectura inédita que sitúa la obra en el centro de una reflexión epistemológica sobre la modernidad musical. Con ello, se plantea que El retablo de Maese Pedro no solo representa una síntesis estética singular, sino una contribución decisiva a la historia del pensamiento musical como forma de conocimiento.

Introducción

La obra El retablo de Maese Pedro (1923) de Manuel de Falla constituye, desde una perspectiva historiográfica tradicional, un hito singular dentro de la música escénica española del siglo XX y una creación destacada dentro del repertorio de teatro musical para marionetas. Su concepción se sitúa en un periodo de intensa actividad creativa de Falla, tras sus estancias en París y su contacto con el ambiente musical europeo de vanguardia, que influyó decisivamente en su visión estética y en la integración de técnicas compositivas modernas con elementos profundamente españoles. La obra fue compuesta entre 1919 y 1923, con el encargo de la Princesa de Polignac, promotora de la música contemporánea, y estrenada oficialmente en París en 1923, precedida por una versión de concierto en Sevilla ese mismo año, lo que evidencia la importancia de la obra tanto en el plano local como internacional. Su relevancia histórica ha sido reconocida principalmente por la combinación de música vocal e instrumental con teatro de marionetas, su aproximación a la dramaturgia cervantina y la capacidad de sintetizar elementos barrocos y renacentistas en un lenguaje musical moderno.

Desde una perspectiva musicológica tradicional, El retablo se ha estudiado generalmente como una obra episódica y narrativa, centrada en su carácter “folclórico” y en su vinculación con la música española anterior, especialmente en el uso de la polirritmia y los modos antiguos, así como en la fidelidad estilística a los modelos musicales renacentistas que Falla incorporó mediante instrumentos como el clavecín, laúd y percusión específica (Ripoll, 12-9-2016). Sin embargo, estas aproximaciones, aunque pertinentes para la descripción estilística y la catalogación histórica, resultan insuficientes para abordar las complejidades ontológicas y cognitivas que la obra despliega. La lectura convencional tiende a limitar El retablo a un valor didáctico o folclórico, ignorando su capacidad para generar experiencias de conocimiento que exceden los límites de la interpretación musical meramente estética.

Si se observa El retablo desde un punto de vista estrictamente epistemológico —esto es, considerando cómo la obra configura, organiza y distribuye los saberes y las formas de conocimiento mediante la mediación técnica, la simulación escénica y la escucha activa— su significado se expande considerablemente más allá de la musicología tradicional. Bajo esta luz, la obra puede entenderse como un dispositivo epistemológico pre-digital, un concepto que remite a la capacidad de los sistemas artístico-musicales de generar y organizar conocimiento antes de la era informática, mediante la manipulación simultánea de signos visuales, sonoros y performativos (Agamben, 2009; Foucault, 1971). Tal lectura no es un ejercicio marginal o especulativo, sino un replanteamiento conceptual que traslada el foco de atención desde la mera forma musical o la fidelidad al texto cervantino hacia la operación cognitiva y epistemológica de la obra en el espacio de recepción del oyente/espectador.

Este enfoque permite reconocer que El retablo de Maese Pedro (1923) no solo representa un episodio de Don Quijote de la Mancha, sino que actúa sobre la percepción, la memoria y la imaginación de los oyentes, generando un sistema de experiencias cognitivas que vinculan el relato, la música y la representación física de los títeres. La obra se convierte así en una máquina de conocimiento que tensiona la relación entre narrador, intérprete y público, provocando que los procesos de interpretación y comprensión se desplieguen simultáneamente en múltiples niveles perceptivos y conceptuales (Connor, 2013). Cada intervención instrumental, cada diálogo y cada manipulación de marionetas funcionan como nodos de mediación que amplifican la complejidad cognitiva de la obra.

La comprensión de El retablo como dispositivo epistemológico implica asumir que la obra posee una estructura de mediación múltiple y estratificada. Por un lado, existe la mediación textual derivada de la adaptación del episodio cervantino; por otro, la mediación musical, que recontextualiza elementos renacentistas y barrocos mediante la orquestación específica; y, finalmente, la mediación perceptiva, que involucra al público en un proceso activo de reconstrucción de la escena y de sus significados (Ihde, 1990; Stiegler, 1998). Estas capas de mediación no solo permiten la transmisión de información narrativa o estilística, sino que inducen un proceso de aprendizaje cognitivo, donde la audiencia experimenta simultáneamente la representación de un mundo ficticio y la conciencia de su artificialidad.

El presente artículo se propone demostrar que El retablo de Maese Pedro (1923) opera como una máquina de conocimiento, en la medida en que crea y desbarata representaciones, tensiona los niveles de agencia entre intérprete y audiencia, y reconfigura la escucha como práctica reflexiva y autorreferencial. Para ello, se articulan cuatro ejes teóricos:

  1. La definición operativa de dispositivo epistemológico
  2. La mediación técnica y ontológica de la escucha
  3. La simulación escénica y la ficción dentro de la dramaturgia musical
  4. La perturbación cognitiva implícita en el acto de destrucción del retablo por Don Quijote.

Cada uno de estos ejes contribuye a mostrar cómo la obra no solo se inscribe en un contexto musical español del siglo XX, sino que también plantea problemas fundamentales sobre la naturaleza del conocimiento, la percepción y la experiencia estética.

La combinación de música, teatro de marionetas, narrativa cervantina y repertorio sonoro renacentista confronta a oyentes e intérpretes con una estructura que no solo representa algo, sino que activa y relanza esquemas mentales y perceptivos, generando lo que puede leerse, desde la teoría del conocimiento, como producción y ruptura de modelos cognitivos. La obra plantea simultáneamente la expectativa de continuidad narrativa y la experiencia de discontinuidad perceptiva, tensionando la percepción de la audiencia de manera deliberada y reflexiva. Así, cada elemento sonoro, cada gesto de marioneta y cada intervención vocal contribuyen a la creación de un campo de conocimiento activo, en el que la escucha, la interpretación y la imaginación se convierten en procesos cognitivos entrelazados.

Además, esta perspectiva permite reconocer la obra como antecedente de las teorías contemporáneas de la mediación técnica y estética. Conceptos de la filosofía de la tecnología, como los desarrollados por Simondon (1992) o Feenberg (1991), pueden aplicarse al análisis de cómo El retablo modula la percepción y genera conocimiento mediante la integración de tecnología instrumental y teatral, incluso en ausencia de medios digitales. La obra se erige, así como un ejemplo temprano de lo que podría llamarse sujeto técnico-epistémico, donde la interacción entre elementos materiales, simbólicos y cognitivos crea experiencias de conocimiento autónomas, que desafían la linealidad de la narrativa y la simple recepción musical.

En conclusión, esta introducción amplía el marco interpretativo tradicional de El retablo de Maese Pedro (1923) hacia una comprensión de la obra como un dispositivo epistemológico complejo, capaz de producir, desestructurar y reconfigurar la experiencia cognitiva de la audiencia. Tal enfoque no solo sitúa a la obra en un contexto histórico y musicológico, sino que la proyecta como un espacio analítico pre-digital, en el que la música, la representación y la narración se articulan para producir formas de conocimiento que trascienden la mera escucha o contemplación estética, situando la obra de Falla como un caso especialmente sugerente dentro de las múltiples formas en que las artes escénicas han explorado históricamente la relación entre experiencia estética y procesos cognitivos.

Dispositivo epistemológico: concepto y fundamentos teóricos

Dispositivo como estructura de conocimiento

El término dispositivo (dispositif en francés) ocupa un lugar central en la filosofía social y crítica contemporánea precisamente porque articula de forma integradora aquello que las epistemologías clásicas suelen separar: tecnologías, prácticas discursivas y estructuras de poder. Esto significa que no estamos ante un concepto meramente metafórico o descriptivo, sino ante una categoría teórica capaz de englobar la complejidad de las mediaciones que generan, sostienen y transforman modos de conocimiento y de ser. Aunque se traduce frecuentemente como “aparato” o “dispositivo”, la literatura crítica señala que la palabra francesa conserva una amplitud semántica que excede el sentido del aparato técnico estricto o del mecanismo físicoinstrumental (véase dispositif como “disposición” o “configuración”).

Michel Foucault, pionero en popularizar este término en la filosofía del poder y la epistemología crítica, conceptualiza el dispositivo como una red heterogénea de discursos, prácticas, instituciones, decisiones reglamentarias, enunciados científicos, proposiciones filosóficas y técnicas que, en conjunto, operan para organizar y configurar aquello que se considera “verdad” o “conocimiento” en una época determinada (Foucault, 1971; Foucault, 1977). La importancia del dispositivo, en este sentido, no radica únicamente en su función estructural para el ejercicio del poder, sino en su capacidad productiva de sujetos, de objetos y de modos de relación cognitiva con el mundo.

En la misma tradición, pero expandiendo esta noción hacia una ontología ampliada de la mediación, Giorgio Agamben (2009) propone una definición aún más amplia de dispositivo al sostener que se trata de cualquier entidad que tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar o asegurar los gestos, comportamientos, opiniones o discursos de seres vivos. Esta ampliación implica que el concepto deja de limitarse a mecanismos institucionales o normativos para incluir cualquier elemento —discursivo o material— con fuerza configuradora de modos de existencia y de saber. En esta dimensión, la escritura, la literatura, la tecnología, el lenguaje mismo o incluso los rituales socioculturales pueden ser considerados dispositivos en la medida en que participan en la formación de sentido y en la estructuración de la experiencia humana y la agencia cognitiva.

Esta visión amplia converge con discusiones actuales en teoría estética y estudios de medios, donde el concepto de dispositivo ha sido caracterizado como una matriz de relaciones que produce no solo comportamientos y prácticas comunicativas, sino realidades perceptivas y cognitivas, atravesando discursos, técnicas y contextos intersubjetivos (Bertolini, 2019). Desde esta perspectiva, los dispositivos son estructuras generativas de conocimiento y, al mismo tiempo, estructuras que organizan la manera en que ciertos marcos de referencia se tornan visibles, inteligibles y aceptables como “verdad” o “realidad”. Esto es particularmente relevante cuando se analiza una obra artística como El retablo de Maese Pedro (1923), cuyo estatuto epistemológico no puede comprenderse únicamente en términos de su estética o forma, sino como un complejo ensamblaje que produce conocimiento, expectativas interpretativas y memoria histórica en la audiencia.

Por último, es pertinente mencionar debates contemporáneos sobre la noción de dispositivo más allá de la sola genealogía foucaultiana. Algunos autores han revisado críticamente la idea, constatando que el dispositivo no necesariamente se reduce a un mecanismo de dominación o control, sino que también puede permitir aperturas de resistencia, contra-dispositivos o modos de subversión cognitiva en contextos determinados, lo cual sugiere que su análisis debe contemplar no solo funciones de poder, sino también posibilidades productivas de nuevos modos de subjetivación y de emergencia de conocimiento (Estrada-Mesa, 2018).

A partir de estas concepciones, proponemos denominar dispositivo epistemológico a esa construcción técnicodiscursiva que no solo articula prácticas y discursos, sino que también organiza, estructura y transforma modos de conocimiento y de experiencia, activando procesos de interpretación, memoria y percepción en las audiencias. El retablo de Maese Pedro (1923) se ajusta a esta definición porque no es únicamente un objeto artístico, sino un ensamblaje que combina un discurso narrativo cervantino, una puesta en escena performativa, un tejido sonoro que reconfigura tiempos y estructuras cognitivas, y una audiencia activa que es desplazada en sus esquemas perceptivos y epistemológicos.

Mediación, escucha y ontología musical

Para comprender con precisión cómo un dispositivo epistemológico opera en el ámbito musical, es necesario profundizar en la noción de mediación técnica y ontológica de la escucha. La filosofía contemporánea de la tecnología ha mostrado que las tecnologías no son elementos neutros que simplemente facilitan funciones humanas; por el contrario, transforman las formas en que se percibe, se experimenta y se comprende el mundo. Esto es especialmente visible en el caso de la música, donde los medios de producción, reproducción y representación no solo transmiten sonidos, sino que configuran realidades perceptivas y cognitivas.

Don Ihde, en su obra Technology and the Lifeworld, sostiene que las tecnologías mediatizan las relaciones humanas con el mundo exterior, produciendo modos de percepción que no existirían en ausencia de tales mediaciones técnicas (Ihde, 1990). En este marco, un instrumento musical, un sistema de altavoces, una arquitectura de sala de conciertos o incluso el modo de notación musical no son meros objetos pasivos, sino agentes activos que condicionan y estructuran la experiencia auditiva y cognitiva del oyente. Por ello, la escucha no es un proceso pasivo, sino una operación coconstitutiva de sentido y de sujeto, en la que tecnología y percepción se interrelacionan continuamente (Connor, 2013).

La música, entonces, no se limita a producir sonidos; también configura campos de experiencia sensorial y cognitiva que pueden activar memorias, expectativas y asociaciones temporales, históricas y culturales. Esta idea se extiende cuando consideramos piezas que integran iconografías sonoras y mediaciones históricas complejas. En El retablo de Maese Pedro (1923), la instrumentación —que incluye clavecín, laúd y otros timbres que remiten a repertorios antiguos— no solo evoca estéticas del pasado, sino que actúa como mediador de temporalidades cognitivas, creando un contraste perceptivo entre pasado (reconocido) y presente (escucha actual). Ese contraste produce una tensión cognitiva que obliga al oyente a reconstruir mentalmente relaciones temporales y culturales entre distintos repertorios sonoros.

Asimismo, la inclusión de marionetas y voces humanas fractura las expectativas habituales sobre identidad, presencia y agencia escénica. Las marionetas no son simplemente objetos representativos; en tanto signos performativos, activan campos perceptivos híbridos donde lo animado y lo inanimado, lo humano y lo técnico, se entrelazan, produciendo un flujo de sentido que la audiencia debe interpretar activamente. Este fenómeno se alinea con discusiones actuales en teoría de la mediación (DeLanda, 2016; Latour, 2005; Martins, 2011), donde los objetos técnicos y sociales son considerados actores con capacidad de agencia en ensamblajes más amplios que configuran experiencias y conocimientos (véase el trabajo de Martins, 2011 sobre tecnología y agencia).

Por último, la ontología de la escucha musical se ve profundamente condicionada por esta red de mediaciones. No hay una separación clara entre sujeto y tecnología ni entre percepción y técnica: ambos se constituyen mutuamente en un continuo que solo puede entenderse adecuadamente si se reconoce la escucha como una práctica técnica, histórica y culturalmente situada. La obra de Falla, a través de su complejidad mediática, no solo interpela nuestra capacidad de percepción auditiva, sino que reconfigura las condiciones mismas de lo que significa “escuchar” en contextos performativos donde dispositivos técnicos, memoria cultural y acción interpretativa confluyen en una experiencia cognitiva única.

El retablo de Maese Pedro (1923) como estructura mediática y ontológica

Construcción del tejido escénico y narrativo

La obra El retablo de Maese Pedro (1923) se fundamenta en un episodio muy concreto de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, en el que Don Quijote asiste a un espectáculo de títeres dirigido por Maese Pedro y termina destruyendo el retablo con su espada, un gesto que en la novela de Cervantes funciona como síntesis de la tensión entre idealismo y realidad. Manuel de Falla, al adaptar este episodio para un teatro musical de marionetas, transforma la anécdota narrativa en un sistema performativo complejo, donde se entrelazan múltiples niveles de enunciación y percepción. La obra no se limita a reproducir la historia, sino que la reconfigura como experiencia escénico-musical activa, en la que los oyentes y espectadores participan cognitivamente de la construcción de sentido.

Falla organiza la obra combinando pasajes dialogados, secciones orquestales y momentos de intervención directa del narrador —el trujamán—, quien cumple una función de mediador entre la ficción representada y la audiencia real. Este mediador no es un simple narrador que describe acciones; su voz y presencia establecen un vínculo cognitivo y emocional que conecta tres mundos simultáneamente: la ficción del retablo, el espacio físico de la representación y la conciencia del espectador. De este modo, el narrador funciona como conector epistemológico, uniendo la experiencia sensorial con la comprensión conceptual del espectáculo.

Este gesto narrativo implica una ruptura de niveles de enunciación, que se manifiesta de manera sistemática a lo largo de toda la obra. La audiencia percibe que existe un texto preconfigurado —el libreto de Cervantes—, pero al mismo tiempo se ve implicada en una experiencia performativa que desplaza la autoridad del relato hacia la interacción escénica y musical. La obra no permite una recepción pasiva: obliga al espectador a confrontar y reconstruir los significados de lo que ve y escucha, estableciendo un espacio de mediación epistemológica donde la ficción y la percepción se entrelazan.

Desde esta perspectiva, la obra establece una triple mediación que organiza la experiencia perceptiva y cognitiva de la audiencia:

  1. La mediación del texto cervantino hacia la escena: Falla selecciona y reorganiza episodios del relato original, priorizando aquellos elementos que permiten un juego de niveles de ficción. La intervención de Don Quijote, la fragilidad del retablo y la presencia de los personajes títeres no solo reproducen la narrativa, sino que funcionan como catalizadores de reflexión sobre la naturaleza de la representación y la percepción. La adaptación enfatiza la tensión entre el mundo real y el mundo representado, de manera que el público se ve obligado a construir un puente interpretativo entre ambos niveles.
  2. La mediación de la música que remite a tiempos anteriores y perturba la continuidad temporal: La obra integra material musical inspirado en estilos renacentistas e ibéricos, pero lo hace mediante un tratamiento moderno de la armonía, el ritmo y la textura. Esta combinación genera un efecto de temporalidad dual: los instrumentos y formas musicales remiten a un pasado distante, evocando códigos culturales preexistentes, mientras que la puesta en escena y el tratamiento orquestal introducen una percepción contemporánea. Esta superposición temporal crea una estrategia cognitiva que desplaza la atención del espectador entre distintos marcos de referencia, produciendo lo que podría llamarse un “campo de tensión temporal”.
  3. La mediación de la escucha y la visualización de las marionetas como signos sensoriales: Las marionetas no son simples objetos pasivos que ilustran la música; funcionan como signos activos dentro de un sistema de comunicación multimodal. La audiencia reconoce que son artificios, pero esta conciencia de artificialidad no disminuye su efecto, sino que amplifica la percepción de distancia crítica y simultánea inmersión. El espectador experimenta un conflicto cognitivo entre identificación emocional con los personajes y reconocimiento intelectual de la estructura artificial del espectáculo. Esta mediación obliga a la construcción activa de sentido, donde los signos sensoriales se convierten en vectores de conocimiento sobre la naturaleza de la representación misma.

El resultado de esta triple mediación es la creación de una tensión fundamental entre percepción y realidad representada. Los espectadores son invitados a aceptar simultáneamente la ficción y la materialidad del espectáculo, a reconocer que la historia es inventada y, no obstante, que provoca efectos emocionales, perceptivos y cognitivos reales. Esta tensión se manifiesta tanto en la anticipación de los episodios dramáticos como en la sorpresa causada por la intervención disruptiva de Don Quijote, cuya acción final funciona como un momento de colapso del dispositivo epistemológico, generando una perturbación cognitiva que obliga a la audiencia a reconstruir sus esquemas interpretativos.

Instrumentación, relaciones temporales y rememoración sonora

La construcción sonora de Falla refuerza este entramado epistemológico. La obra emplea una orquestación que evoca estilos del pasado sin reproducirlos literalmente, creando un efecto de temporalidad fragmentada. La utilización de instrumentos como el clavecín y el laúd, asociados directamente con el Renacimiento y el Barroco, no se limita a un interés historicista: su presencia funciona como marcadores cognitivos que obligan a la audiencia a desplazarse mentalmente entre épocas musicales distintas. Esta estrategia establece un diálogo entre la memoria cultural del espectador y la experiencia sensorial inmediata, generando un espacio de memoria artificial, donde lo sonoro se convierte en vehículo de reflexión sobre la temporalidad y la historicidad.

La incorporación de temas musicales inspirados en la tradición renacentista ibérica actúa como estrategia de mediación cognitiva, estableciendo conexiones entre pasado y presente y permitiendo que el oyente participe de un proceso de reconstrucción histórica musical. La superposición de texturas instrumentales modernas sobre patrones antiguos produce un efecto de estratificación temporal, donde las capas sonoras evocan distintos niveles de experiencia temporal simultáneamente. Esta técnica no solo refuerza la comprensión de la narrativa, sino que activa la memoria cultural y musical del público, implicándolo en la construcción de significado más allá de la mera recepción pasiva.

Además, la orquestación de Falla introduce rupturas rítmicas y cambios de timbre que actúan como marcadores de atención, destacando momentos clave de interacción entre los personajes y el narrador. Por ejemplo, el contraste entre la voz del trujamán y la música de fondo genera un efecto de focalización perceptiva, orientando la atención de la audiencia hacia la construcción de sentido de la escena. La alternancia entre música instrumental y diálogos vocales permite que la obra se perciba como un sistema heterogéneo de señales, donde cada elemento sonoro y visual contribuye a la experiencia cognitiva global.

El empleo de estas estrategias de instrumentación y temporalidad revela la intención de Falla de convertir la música en mediación activa de conocimiento, no solo como acompañamiento emocional sino como dispositivo que estructura la percepción, la memoria y la comprensión de la obra. En términos epistemológicos, la obra crea un campo de experiencia donde la temporalidad, la memoria cultural y la percepción sensorial se entrelazan, generando un sistema complejo de mediación cognitiva.

Finalmente, la interacción entre música, narración y marionetas introduce lo que podría considerarse un nivel meta-reflexivo de recepción. La audiencia no solo escucha y ve, sino que también es consciente de la mediación en curso, evaluando constantemente las relaciones entre ficción, artificio y significado. Este doble nivel de conciencia convierte al espectador en participante activo en la construcción de la obra, ampliando la función del arte más allá de la estética hacia un terreno epistemológico donde se genera conocimiento sobre la percepción, la memoria y la interpretación musical y teatral.

En conjunto, la obra de Falla establece un tejido ontológico y mediático profundamente interconectado, en el que cada elemento —narrativo, instrumental y visual— actúa como vector de conocimiento, y la experiencia de la audiencia se transforma en un proceso activo de construcción, análisis y reflexión. La complejidad de este sistema convierte a El retablo de Maese Pedro (1923) en un modelo paradigmático de dispositivo epistemológico, donde la música, la narrativa y la representación escénica no solo representan la historia de Cervantes, sino que generan un campo cognitivo dinámico que obliga a los espectadores a participar en la producción de conocimiento musical, temporal y cultural.

Simulación escénica y desbordamiento ontológico

La simulación escénica en El retablo de Maese Pedro (1923) constituye uno de los ejes más complejos y reveladores de la obra, no desde una perspectiva meramente teatral o lúdica, sino como un dispositivo epistemológico capaz de generar estructuras cognitivas en el espectador. La noción de simulación, en este contexto, no puede reducirse a un artificio escénico o a una estrategia de entretenimiento; más bien, es un mecanismo de mediación activa que expone la artificialidad de la representación como condición de posibilidad para la emergencia de conocimiento. Este enfoque se inspira en las teorías de Jean Baudrillard sobre simulacro y simulación, donde la obra de arte no se limita a reflejar la realidad, sino que crea realidades autónomas que interactúan con la percepción del sujeto (Baudrillard, 1981). En el caso del Retablo, esta simulación se manifiesta en múltiples niveles, entrelazando narrativa, música y gestualidad escénica para producir un efecto de heteroglosia ontológica, en la que lo real y lo ficticio se yuxtaponen y se tensionan mutuamente.

Miguel de Cervantes, en el texto original de Don Quijote de la Mancha, ya había experimentado con la estructura de ficción dentro de ficción, lo que permite entender la obra de Falla como una traslación de un dispositivo literario a un espacio musical y escénico. Cervantes crea una narración en la que la realidad del caballero convive con la ficción del retablo, generando un efecto metatextual que cuestiona la naturaleza de la representación y la percepción (Cervantes y Valverde, s.f.). Falla, consciente de esta complejidad, traslada dicha estrategia al medio musical con un cuidado extremo en la construcción de capas perceptivas: la interacción entre la orquesta, el narrador, las marionetas y la audiencia produce una interfaz epistemológica en la que cada elemento se convierte en mediador de conocimiento. Así, la obra no solo narra un episodio literario; lo hace tangible y cognoscible, mientras simultáneamente evidencia su propia artificialidad.

El Retablo no se limita a ser una historia que se relata; es una historia que se realiza y se exhibe como construcción consciente, permitiendo que los espectadores perciban, aunque de manera indirecta, los mecanismos que subyacen a la representación. Este doble registro —historia narrativa y conciencia de artificio— genera un fenómeno de metaconsciencia en la audiencia. La obra intensifica y hace explícita una dimensión activa de la escucha que es constitutiva de toda experiencia musical, la percepción visual se fragmenta y la interpretación simbólica se transforma en ejercicio reflexivo: el espectador es obligado a situarse tanto dentro como fuera del fenómeno representado, creando un espacio liminal entre realidad y ficción. Esta experiencia, en términos epistemológicos, se aproxima al concepto de desbordamiento ontológico, donde las categorías de objeto y sujeto, de real y ficticio, de presencia y ausencia, colapsan momentáneamente para dar lugar a nuevos modos de conocimiento (Heidegger, 2001).

El acto de Don Quijote al intervenir en la escena de los títeres es particularmente revelador dentro de esta estructura. Lejos de destruir un mero objeto escénico, el caballero rompe el equilibrio de las mediaciones que sostienen la ilusión del retablo, desafiando la continuidad ontológica de la representación. Este gesto no puede ser interpretado únicamente como un recurso narrativo cómico o anecdótico; constituye, en términos de teoría de la mediación y epistemología de la percepción, una inscripción de perturbación cognitiva. La obra pone en juego distintos niveles de representación —el relato cervantino, la representación de títeres y el marco escénico— que el espectador distingue como registros ficcionales diferenciados, aunque interrelacionados.

Tal perturbación evidencia cómo la obra de Falla opera como dispositivo: no solo comunica conocimiento, sino que también produce su propia transformación cognitiva en el receptor.

Esta dinámica de desbordamiento ontológico se refuerza mediante la combinación de recursos musicales específicos. La inclusión de instrumentos antiguos, como el clavecín y el laúd, actúa como signo de temporalidad desplazada, generando una conciencia histórica que interviene sobre la percepción presente del oyente (Ripoll, 26-9-2016). La música, al evocar un pasado estilístico diferenciado del presente interpretativo, produce un efecto de anacronía reflexiva, obligando a la audiencia a posicionarse simultáneamente en dos planos temporales distintos. Esta estrategia musical refuerza la dimensión metacognitiva del retablo, subrayando la artificialidad de la escena y ampliando la experiencia de desbordamiento ontológico. La música no es un acompañamiento ornamental; es un mediador activo de la conciencia del espectador, participando en la construcción de los niveles de conocimiento que la obra pone en juego.

La interacción de los elementos visuales, narrativos y sonoros en El retablo genera lo que Pierre Bourdieu (1990) conceptualizaría como un campo de percepción mediado, en el que el habitus del espectador se ve temporalmente reorganizado. Cada marioneta, cada gesto del narrador y cada frase musical funciona como unidad semiótica autónoma, pero simultáneamente se articula dentro de un sistema mayor que conduce al espectador hacia una reflexión sobre la naturaleza del acto representativo. El efecto es un entrelazamiento epistemológico, donde el conocimiento no se transmite linealmente, sino que surge de la confrontación entre expectativa y artificio, entre ficción y conciencia de la ficción.

Otro elemento crucial del desbordamiento ontológico en El retablo es la fragmentación de la temporalidad narrativa. La obra despliega secciones musicales breves intercaladas con intervenciones dialogadas y momentos de silencio performativo, lo que genera una experiencia de discontinuidad cognitiva. El público se enfrenta a saltos temporales y a transiciones inesperadas que desestabilizan la percepción lineal del tiempo escénico. Este procedimiento, intencionalmente diseñado por Falla, tiene implicaciones epistemológicas profundas: fuerza al espectador a reconstruir activamente la narrativa, cuestionando los supuestos sobre la continuidad, la causa y el efecto dentro de la experiencia musical y escénica (Connor, 2013).

Asimismo, la obra establece un juego constante entre nivel de presencia y nivel de representación. Mientras las marionetas actúan como personajes autónomos, el narrador recuerda continuamente a la audiencia que todo lo que ocurre es mediado, simbólico y producido. Esta doble referencia —a la vez inmersiva y distanciada— es un mecanismo de doble conciencia epistemológica, donde el conocimiento no se recibe pasivamente, sino que se genera a partir de la tensión entre los planos perceptivos y reflexivos. Esta estrategia permite que la obra funcione como laboratorio de conocimiento, en el que la audiencia se convierte en participante activa en la construcción de significado y comprensión del fenómeno escénico.

Desde la perspectiva de la filosofía de la técnica, este desbordamiento ontológico puede ser leído como un ensayo de mediación tecnológica temprana, antes de la era digital. Falla, al combinar elementos artificiales (marionetas), instrumentos antiguos y recursos narrativos complejos, crea un sistema híbrido en el que la técnica y la estética co-producen conocimiento. Tal dispositivo anticipa, en términos epistemológicos, las funciones de los sistemas mediáticos contemporáneos: la obra no solo comunica, sino que produce conciencia crítica sobre la mediación misma, revelando cómo los artefactos culturales influyen en la percepción y en la estructura cognitiva del receptor (Ihde, 1990; Stiegler, 1998).

Finalmente, el desbordamiento ontológico de El retablo se extiende a la dimensión ética y simbólica de la obra. La perturbación cognitiva generada por la destrucción del retablo obliga al espectador a reconsiderar los límites entre creación y destrucción, entre control y caos, entre el rol del artista y el del público. La obra se convierte así en un dispositivo de reflexión ética y epistemológica, donde cada acción en escena —desde la manipulación de marionetas hasta la intervención de Don Quijote— tiene implicaciones sobre la comprensión de los límites del conocimiento, la representación y la experiencia estética.

En síntesis, El retablo de Maese Pedro (1923), mediante la simulación escénica y el desbordamiento ontológico, propone una experiencia de cognición mediada compleja, en la que el espectador es simultáneamente testigo, intérprete y co-creador de significado. Falla, trasladando estrategias literarias cervantinas al medio musical y escénico, construye un dispositivo epistemológico integral capaz de producir conocimiento, cuestionar percepciones y estimular la reflexión crítica sobre la propia naturaleza de la representación.

Perturbación cognitiva en la destrucción del retablo

El violento acto de Don Quijote —romper el retablo— ha sido interpretado tradicionalmente en la historiografía cervantina y musicológica como un gesto cómico, satírico o incluso anecdótico (Ripoll, 26-9-2016; Franco, 1976). Sin embargo, esta lectura superficial ignora la complejidad epistemológica que subyace a la escena musical y teatral propuesta por Falla. Desde un punto de vista epistemológico, la destrucción del retablo debe entenderse como un colapso deliberado del dispositivo de simulación que estructura toda la obra: una interrupción que rompe el equilibrio entre ficción y realidad, generando un régimen cognitivo nuevo y radical en la percepción del espectador. Es decir, la obra no solo representa la historia de Don Quijote asistiendo a un espectáculo de marionetas, sino que actúa sobre la propia capacidad del observador para producir y estructurar conocimiento, al confrontarlo con una perturbación radical de sus esquemas interpretativos previos.

Si consideramos El retablo como una máquina epistemológica, siguiendo el concepto desarrollado por Foucault (1971) y Agamben (2009), la destrucción de su estructura física por Don Quijote representa un evento de ruptura funcional, una especie de “apagón” de la mediación representacional que obliga a la audiencia a reconsiderar la relación entre obra y realidad. La interrupción no es lineal ni meramente simbólica; es estructural y cognitiva, pues se altera simultáneamente la experiencia sensorial, la interpretación narrativa y el entramado de significados musicales y escénicos que habían sido previamente organizados. La perturbación cognitiva se convierte, de esta forma, en un fenómeno multidimensional, que afecta a los niveles perceptivos, afectivos y conceptuales del receptor (Connor, 2013; Ihde, 1990).

Desde la perspectiva de la mediación tecnológica y musical, cada elemento de El retablo —instrumentos históricos como el clavecín y laúd, voces humanas, marionetas, espacio escénico— funciona como un mediador ontológico entre el mundo real y el mundo representado. La ruptura del retablo, entonces, no se limita a la eliminación de un objeto escénico; constituye un colapso de todos los mediadores simultáneos que estructuran la percepción de la obra. Es decir, al destruir el retablo, Don Quijote no solo altera la narrativa, sino que desestabiliza los sistemas de mediación que permiten al público distinguir entre lo real y lo ficcional. Según Ihde (1990) y Simondon (2017), los dispositivos técnicos y artísticos participan activamente en la construcción del conocimiento humano; por lo tanto, su alteración provoca un reajuste de la experiencia cognitiva, forzando al receptor a reestructurar sus modelos mentales de manera inmediata.

Este fenómeno tiene implicaciones epistemológicas profundas. En primer lugar, cuestiona la dicotomía tradicional de sujeto/objeto: la audiencia deja de ser observador pasivo y se convierte en coagente cognitivo, obligada a negociar entre diferentes niveles de realidad y representación. En segundo lugar, problematiza la distinción arte/realidad, ya que la obra demuestra que el arte no es simplemente un espejo del mundo, sino un sistema de producción de conocimiento que puede activarse, interrumpirse y transformarse a través de gestos dramáticos y musicales. Finalmente, altera la relación escena/audiencia, pues la intervención física de Don Quijote convierte a los espectadores en participantes de un proceso de conocimiento experiencial, donde la comprensión no depende únicamente del análisis racional, sino también de la percepción sensorial, la memoria cultural y la interpretación afectiva.

El carácter disruptivo de la destrucción del retablo puede entenderse también desde la filosofía de la técnica y la teoría de la mediación. Stiegler (1998) argumenta que los dispositivos técnicos estructuran no solo la experiencia, sino también la memoria y la capacidad de anticipación del sujeto; su alteración, por tanto, produce una perturbación en los procesos de internalización cognitiva. En este sentido, desde perspectivas contemporáneas de la teoría de la complejidad es posible releer la estructura escénico-musical del Retablo como un sistema de relaciones múltiples entre elementos sonoros, visuales y narrativos, y efectos emergentes en redes de percepción humana, mostrando que la experiencia estética no es lineal ni predecible, sino dialéctica y transformativa. La audiencia se ve forzada a reconfigurar simultáneamente su percepción del tiempo musical, la narrativa literaria y la espacialidad escénica, generando un efecto de desorientación cognitiva que es, paradójicamente, productivo: el colapso del retablo activa nuevos modos de comprensión y reflexión sobre la propia experiencia de la obra.

La noción de perturbación cognitiva aquí desarrollada puede vincularse con la idea de violencia epistémica de los sistemas de conocimiento (Bourdieu, 1998), pero con una connotación más neutral y analítica: no se trata de una violencia moral, sino de una interferencia sistemática en la forma en que se estructuran las percepciones y los esquemas mentales. La obra genera una tensión constante entre lo esperado y lo inesperado, entre la previsibilidad narrativa y la irrupción del gesto disruptivo, produciendo un campo cognitivo de inestabilidad controlada, que obliga al espectador a replantear las categorías de interpretación y la relación entre realidad y representación.

Además, esta perturbación cognitiva se articula con el concepto de dispositivo de simulación: el retablo funciona como un sistema que simula un mundo posible, dentro del cual el espectador aprende a anticipar y codificar signos musicales, teatrales y narrativos. La destrucción final equivale a un colapso de la simulación, es decir, una interrupción de la lógica interna del dispositivo que obliga a la reconfiguración de todos los códigos previamente activados. La obra revela así su dimensión metacognitiva: no solo produce conocimiento sobre la historia o la música, sino que enseña a los espectadores a reconocer los mecanismos de producción de sentido, convirtiéndose en una herramienta de aprendizaje epistemológico.

La dimensión afectiva de esta perturbación es igualmente significativa. Connor (2013) subraya que la escucha activa y la percepción musical son procesos inseparables de la experiencia emocional. Al romperse el retablo, se genera una experiencia de sorpresa, tensión y desorientación que intensifica la atención y activa procesos de reflexión sobre la mediación artística. La obra, de esta manera, integra los niveles cognitivos y afectivos, demostrando que la producción de conocimiento en el arte no es un proceso puramente racional, sino un fenómeno holístico que involucra cuerpo, mente y emoción.

Finalmente, la perturbación cognitiva tiene consecuencias epistemológicas a largo plazo. La obra invita a reconsiderar la naturaleza del conocimiento musical y teatral, mostrando que la comprensión no es un producto lineal, sino un proceso que emerge de la interacción entre estructura, percepción y ruptura. La destrucción del retablo no cierra la experiencia, sino que la abre a nuevas posibilidades interpretativas, estimulando la reflexión crítica y la conciencia de la artificialidad de toda representación. En términos epistemológicos, esta escena ejemplifica que el conocimiento generado por el arte es inherentemente dialéctico, disruptivo y dinámico, y que la transformación de los dispositivos de mediación puede conducir a la producción de sentidos inesperados y fructíferos.

En conclusión, la destrucción del retablo por Don Quijote debe entenderse como un evento de perturbación cognitiva compleja, que opera en múltiples niveles: sensorial, afectivo, conceptual y epistemológico. No es un gesto anecdótico ni meramente narrativo, sino un mecanismo deliberado de interrupción y reconfiguración del dispositivo epistemológico que estructura la obra. Al hacerlo, Falla produce una experiencia artística capaz de generar conocimiento activo, desestabilizar estructuras mentales y estimular la reflexión crítica sobre la mediación artística y musical. La obra demuestra así que la producción de conocimiento no es cómoda ni continua, sino dialéctica, desestabilizadora y profundamente transformadora, estableciendo un paradigma para entender la música y el teatro como dispositivos cognitivos complejos capaces de intervenir en la percepción, la memoria y la comprensión del espectador de manera innovadora y radical.

Conclusión

El retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla excede de manera sistemática los límites taxonómicos de una obra escénica tradicional para situarse como un dispositivo epistemológico, entendiendo esta categoría no como una metáfora estilística, sino como una construcción analítica rigurosa que permite describir la obra como una máquina de conocimiento activa y operativa. A diferencia de un objeto artístico meramente contemplativo o narrativo, El retablo funciona como un ensamblaje complejo de elementos musicales, teatrales, textuales y perceptivos que, en su interacción, produce efectos cognitivos que no pueden separarse de la experiencia física y sensorial de la obra. Esta perspectiva sitúa la creación falliana dentro de un marco conceptual de mediación técnica y ontológica, en el que cada componente —desde la instrumentación renacentista hasta la interacción narrativa de los títeres— actúa como un nodo en un sistema de producción de conocimiento que desafía las categorías habituales de interpretación musical y escénica.

Desde la dimensión musical, Falla articula un lenguaje que, aunque aparentemente neoclásico en superficie, introduce rupturas temporales y estilísticas que obligan al oyente a operar con una doble conciencia: por un lado, la percepción inmediata de la música y la acción escénica; por otro, la percepción histórica y referencial que vincula los timbres y motivos musicales con contextos estéticos pretéritos. Este desplazamiento temporal no es una mera evocación de estilos antiguos, sino un interrogatorio de la escucha y de la memoria musical, que obliga al oyente a confrontar simultáneamente distintos niveles de temporalidad y estilo, generando lo que puede denominarse un campo de experiencia cognitiva estratificada (Connor, 2013; Ihde, 1990). La elección de instrumentos como el clavecín, el laúd y las percusiones renacentistas no solo remite a épocas históricas, sino que funciona como un dispositivo de rememoración artificial, donde la percepción del tiempo se fragmenta y se amplifica en términos de comprensión musical y narrativo-cognitiva. Esta estrategia compositiva refuerza la condición de la obra como máquina epistemológica, pues cada decisión musical actúa como mediación que estructura y perturba la percepción del oyente.

En la dimensión escénica, la obra traslada la complejidad del texto cervantino al teatro musical de títeres, configurando un espacio de simulación y desbordamiento ontológico. Los personajes representados, los títeres y el narrador no son meros vehículos de la historia, sino componentes activos de un sistema de mediación que problematiza las fronteras entre ficción y realidad, representación y experiencia directa. La intervención de Don Quijote al destruir el retablo, tradicionalmente interpretada como un gesto anecdótico o cómico, debe ser leída como un evento epistemológico disruptivo: se produce un colapso deliberado de los niveles de representación y, simultáneamente, una perturbación cognitiva que interroga las categorías de agencia, percepción y conocimiento. La obra no solo muestra algo; activa el proceso de construcción del saber en la audiencia, obligándola a experimentar la fragmentación y reconstrucción de la percepción y de los esquemas interpretativos que sustentan la experiencia artística (Agamben, 2009; Foucault, 1971).

Desde una perspectiva filosófica y crítica, esta lectura se sustenta en los principios de la teoría de dispositivos y la filosofía de la técnica. La noción de dispositivo, como propuesta por Foucault y Agamben, permite entender El retablo de Maese Pedro como un sistema heterogéneo, donde la combinación de componentes materiales, discursivos y performativos genera efectos que exceden la suma de sus partes. Cada elemento —ya sea un timbre instrumental, un gesto de los títeres o un cambio de registro narrativo— opera como un nodo de mediación que produce conocimiento, estructura la percepción y redefine la relación entre sujeto y objeto. La obra, entonces, se convierte en un laboratorio de epistemología musical, un espacio donde la práctica artística y la teoría del conocimiento se entrelazan de forma inseparable.

El análisis de la obra también evidencia la capacidad de Falla para anticipar problemáticas contemporáneas de mediación técnica y percepción musical, incluso en un contexto pre-digital. La estructura de El retablo, que integra simultáneamente diferentes capas de temporalidad, estilo y mediación narrativa, puede ser interpretada como un proto-hipermedio musical, que permite experimentar la multiplicidad de voces, tiempos y perspectivas de manera simultánea. Esta característica convierte la obra en una experiencia multimodal particularmente elaborada dentro de las tradiciones escénico-musicales de comienzos del siglo XX. En la teoría de medios digitales y de la escucha mediada por tecnología, se denomina experiencia multi-modal o fragmentada (Stiegler, 1998; Ihde, 1990). Falla, sin acceso a tecnologías electrónicas ni a medios digitales, genera un campo de mediación complejo que obliga a la audiencia a activar capacidades cognitivas propias de entornos hipertextuales o multimedia.

En términos epistemológicos, la obra plantea una crítica implícita a la linealidad del conocimiento musical y escénico. La simultaneidad de niveles narrativos, musicales y performativos impide que la audiencia perciba la obra de manera unidimensional o unívoca. Cada acto, gesto o motivo musical puede ser interpretado desde múltiples perspectivas, generando una pluralidad de modelos de comprensión que coexisten y se tensionan entre sí. La destrucción del retablo actúa como catalizador de esta tensión, mostrando que el conocimiento generado por la obra es siempre contingente, provisional y dialéctico, más que absoluto o cerrado. En este sentido, El retablo de Maese Pedro anticipa discusiones contemporáneas sobre la complejidad de la percepción, la mediación técnica y los sistemas de conocimiento distribuidos.

Además, la obra invita a una relectura de la noción de audiencia en la musicología y los estudios escénicos. No se trata de receptores pasivos, sino de coproductores de conocimiento, cuya percepción y memoria se articulan activamente en el proceso interpretativo. Cada espectador experimenta una configuración cognitiva única, modulada por la interacción entre narración, música y acción escénica, así como por su propio bagaje cultural y musical. Este enfoque se alinea con teorías contemporáneas de la escucha activa y la mediación cognitiva en el arte, donde el conocimiento no se transmite linealmente, sino que se construye en la intersección entre obra, intérprete y audiencia (Connor, 2013; Ihde, 1990).

Desde el punto de vista musicológico, esta concepción redefine la función del compositor como arquitecto de sistemas cognitivos, capaz de organizar experiencias perceptivas que trascienden la mera estética y se sitúan en el ámbito del conocimiento operativo. Falla no solo compone melodías o armonías: diseña experiencias de conocimiento que interpelan la memoria, la temporalidad y la percepción, cuestionando los límites tradicionales de la música como objeto estético autónomo. Estas dinámicas pueden también abordarse desde herramientas de la semiótica teatral y musical (Elam, 1980; Nattiez, 1990; Pavis, 1998), que analizan la interacción entre signos visuales, sonoros y performativos en la producción de sentido escénico.

La dimensión performativa de los títeres y del narrador también refuerza esta conceptualización epistemológica. Las marionetas actúan como mediadores materiales de conocimiento, materializando conceptos abstractos de agencia, voluntad y representación. La interacción con Don Quijote introduce un elemento disruptivo que obliga a reconsiderar la autoridad narrativa y el control sobre la representación. La perturbación cognitiva resultante no solo afecta la interpretación de la obra, sino que modifica la percepción de los propios límites de la ficción, creando un espacio donde el conocimiento se produce en la tensión entre ilusión y realidad.

Esta comprensión plantea nuevas líneas de investigación que combinan musicología, estudios escénicos, filosofía de la técnica y teoría de la mediación. Por un lado, permite reconsiderar la obra de Falla no solo como un hito histórico-musical, sino como laboratorio conceptual para explorar cómo los sistemas escénico-musicales producen conocimiento y afectan la percepción. Por otro lado, sugiere que las obras musicales, incluso anteriores a la era digital, pueden ser analizadas bajo criterios de epistemología de la mediación, teoría de dispositivos y filosofía cognitiva, estableciendo puentes entre música, filosofía y ciencias de la cognición (Stiegler, 1998; Agamben, 2009).

Finalmente, El retablo se convierte en un ejemplo paradigmático de cómo una obra artística puede funcionar como sujeto dinámico de producción de conocimiento, capaz de transformar activamente las estructuras cognitivas de la audiencia. No es un objeto estático de contemplación histórica, sino un agente activo en la configuración de esquemas de percepción y entendimiento, que invita a repensar los límites de la musicología y la teoría escénica, así como las relaciones entre obra, intérprete y receptor. La perturbación cognitiva, lejos de ser un efecto colateral, es el núcleo del dispositivo epistemológico, revelando que la música y la escenografía no solo representan, sino que enseñan, interrogando y reorganizando los modos de saber y sentir del público.

En síntesis, la conclusión es que El retablo de Maese Pedro (1923) no sólo constituye un monumento de la música española, sino que se erige como un dispositivo de conocimiento sofisticado, un laboratorio de mediación cognitiva y una obra que puede releerse productivamente a la luz de teorías contemporáneas de la percepción, la mediación técnica y la construcción del saber. Su estudio permite comprender que la música y la escenografía pueden ser no solo objetos de análisis estético, sino herramientas epistemológicas activas, y que los compositores y creadores escénicos pueden ser considerados como arquitectos de sistemas de conocimiento, capaces de generar experiencias complejas que modelan la percepción, la memoria y la interpretación de los espectadores. Esta lectura interpretativa amplía las fronteras de la investigación musical y escénica, proponiendo a Falla como un pensador de la percepción y la mediación artística y situando El retablo de Maese Pedro en el centro de un diálogo interdisciplinario entre musicología, filosofía, teoría de la técnica y epistemología contemporánea.

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    Publicado

    07-07-2026

    Número

    Sección

    Artículos originales de investigación

    Cómo citar

    Miranda Medina, J. (2026). El retablo de Maese Pedro (1923) como dispositivo epistemológico: Mediación, simulación y perturbación cognitiva en la poética escénico‑sonora de Manuel de Falla. Epistemus. Revista de Estudios en Música, Cognición Y Cultura, 14(1), e093. https://doi.org/10.24215/18530494e093