Asimetría de corrección autoperceptiva en músicos
Un modelo teórico desde la pedagogía de la evaluación
DOI:
https://doi.org/10.24215/18530494e096Palabras clave:
autoconcepción de competencia, asimetría de corrección, ansiedad por performance musical, pedagogía de la evaluación, algoritmo evaluativoResumen
La formación de músicos performers produce frecuentemente un fenómeno paradójico: estudiantes objetivamente competentes que persisten en una autopercepción severa de incompetencia, resistente a la evidencia y refractaria a los intentos de corrección. Este trabajo propone un modelo integrado para explicar ese fenómeno, articulado en torno al concepto de asimetría de corrección autoperceptiva: la desproporción estructural entre el bajo costo cognitivo que involucra la instalación de una falsa autoconcepción negativa y el alto costo que requiere su corrección sostenida. Partiendo de la intuición heurística de la ley de Brandolini —originalmente formulada para el dominio intersubjetivo de la desinformación— y de la evidencia empírica, se propone un modelo de proceso con tres fases: el anclaje autocrítico (instalación eficiente de la autoconcepción negativa a través del negativity bias, la consolidación de memoria emocional y la atribución disposicional del error), la inercia de la autoconcepción negativa (mantenimiento pasivo mediante cuatro mecanismos cognitivos: verificación del self, escepticismo motivado, punto ciego del sesgo y self-handicapping anticipatorio) y la resistencia estructural a la corrección. La Ansiedad por Performance Musical es analizada como amplificador sistémico de la asimetría en el contexto de la formación artística. El modelo examina el Algoritmo Evaluativo como intervención que opera upstream o corriente arriba en el ciclo, antes de que los mecanismos de resistencia puedan activarse, y sus limitaciones son reformuladas como predicciones teóricas que abren preguntas de investigación empírica. Se derivan implicaciones para la pedagogía de la evaluación en artes y se proponen líneas de investigación para la verificación del modelo.
Introducción
Con frecuencia significativa, un performer competente —cuya ejecución es evaluada favorablemente por observadores externos— es incapaz de reconocer sus propios logros, persiste en una autopercepción severa de incompetencia y resiste de manera sistemática los intentos de corrección de esa autopercepción, incluso frente a evidencia objetiva que la contradice. Esta resistencia no es caprichosa ni superficial: se manifiesta como una estructura cognitiva estable que parece inmune tanto a la retroalimentación positiva del docente como a los resultados académicos favorables.
Quienes se dedican a la formación de músicos reconocerán con facilidad esta paradoja de naturaleza clínico-pedagógica. Algunos estudios ofrecen evidencia empírica de este fenómeno. En el marco de una investigación doctoral, Conti (2025) analizó la conducta autoevaluativa de estudiantes de música y halló que la mayoría de ellos adoptaron una conducta exclusivamente autocrítica y no lograron identificar ningún aspecto correcto de su performance, ni siquiera cuando esto se les preguntó de manera explícita. Un procedimiento similar realizado con músicos de posgrado replicó el patrón: alrededor de la mitad fueron completamente incapaces de reconocer sus logros y 3 de cada 4 exhibieron marcadores verbales de duda sobre su propia interpretación (Conti, 2025). En ambos casos, las calificaciones otorgadas por evaluadores externos fueron significativamente superiores a las que se otorgaron los propios músicos.
Estos hallazgos son consistentes con los obtenidos en una línea paralela de investigación en la cual se aplicó un instrumento psicométrico, A-MPSAI (AArPeM-Music Performance State Anxiety Inventory), diseñado para detectar manifestaciones de Ansiedad por Performance Musical (APM) (Conti et al, 2022). Al aplicarlo a cantantes argentinos, se halló que la prevalencia de factores como la autocrítica, las detenciones autocríticas y la falta de autoconfianza fue significativamente mayor en solistas que en coreutas. Esa diferencia no es atribuible al estrés por el dominio de la tarea sino al mayor nivel de exposición individual: la autocrítica severa no es proporcional a la incompetencia real, sino que responde a condiciones del contexto evaluativo. La aplicación del mismo instrumento A-MPSAI a músicos de distintas especialidades evidenció niveles elevados de preocupación por la evaluación de terceros y autoexigencia desmedida, con particular incidencia en quienes habían desarrollado lesiones en los años previos a la graduación (Conti et al, 2021). Estos datos son coherentes con la observación de que las modalidades evaluativas incorporadas durante la formación son internalizadas y se transforman en conducta autoevaluativa habitual, modulando el desempeño incluso durante el estudio en solitario.
Lo que estos datos describen no es una tendencia a la modestia ni un rasgo de personalidad. Es algo estructuralmente más significativo: la autopercepción negativa de incompetencia, una vez instalada, opera como una configuración cognitiva estable que se sostiene con alta eficiencia y resiste los intentos de corrección. La literatura en psicología cognitiva ofrece herramientas conceptuales relevantes —el sesgo de negatividad (negativity bias) (Baumeister et al, 2001), la verificación del self (Swann et al, 1989), el escepticismo motivado (Ditto y Lopez, 1992), el punto ciego del sesgo (Pronin et al, 2002) —, pero ninguno de esos marcos ha sido articulado de manera integrada para dar cuenta de la asimetría que subyace al fenómeno: la aparente facilidad con que se instala una falsa autoconcepción de incompetencia, en contraste con la dificultad sistemática para corregirla.
El presente trabajo se organiza alrededor de una analogía heurística. En 2013, el programador italiano Alberto Brandolini formuló un principio que ha adquirido relevancia creciente en debates sobre desinformación: la cantidad de energía necesaria para refutar una afirmación falsa es un orden de magnitud mayor que la requerida para producirla. Si bien esta ley nunca ha sido demostrada ni testeada empíricamente, describe en palabras sencillas el efecto de influencia continua, que documenta que la información falsa continúa influyendo sobre los juicios incluso después de haber sido retractada. De hecho, se ha demostrado que la corrección explícita no elimina la falsa creencia, especialmente cuando la información fue repetida, cuando provino de una fuente creíble o cuando la corrección carece de una narrativa alternativa que la sustituya convincentemente (Lewandowsky et al, 2012; Walter y Tukachinsky, 2019).
La propuesta central de este trabajo es que una asimetría estructuralmente análoga opera en el dominio intrasubjetivo de las autopercepciones de competencia, y propone un marco teórico integrado para explicar ese fenómeno, articulado en torno al concepto de asimetría de corrección autoperceptiva. La instalación de una falsa autoconcepción negativa en el músico en formación involucra mecanismos cognitivos y afectivos que operan con bajo costo y alta eficiencia, mientras que su corrección sostenida requiere superar simultáneamente múltiples barreras de resistencia. Esta asimetría, que hemos denominado asimetría de corrección autoperceptiva, no ha sido articulada como tal en la literatura existente, aunque sus componentes parciales han sido documentados. La originalidad de este trabajo reside en integrar esos componentes en un modelo de proceso con tres fases: el anclaje autocrítico, la inercia de la autoconcepción negativa, y la asimetría de corrección propiamente dicha. El trabajo propone además que una intervención pedagógica llamada Algoritmo Evaluativo (AE) (Conti et al, 2021), podría actuar antes de que los mecanismos de resistencia puedan operar, ofreciendo hipótesis sobre los mecanismos de su eficacia a corto plazo y sobre las condiciones que, según el modelo, serían necesarias para que esa eficacia se sostenga en el largo plazo, condiciones que permanecen abiertas a la investigación empírica.
El trabajo se organiza del siguiente modo: la sección La ley de Brandolini y su transposición al espacio intrasubjetivo presenta la ley de Brandolini como heurístico conceptual y argumenta la transposición al espacio intrasubjetivo; las siguientes tres secciones despliegan las tres fases del modelo articulando literatura existente y observaciones empíricas; la sección La ansiedad por performance musical como sistema amplificador de la asimetría examina la APM como amplificador sistémico de la asimetría; la sección El Algoritmo Evaluativo como intervención corriente arriba analiza una propuesta de intervención desde la pedagogía, como medio para abandonar el círculo; finalmente, las últimas tres secciones presentan implicaciones pedagógicas, preguntas de investigación y conclusiones, respectivamente.
La ley de Brandolini y su transposición al espacio intrasubjetivo
En 2013, Alberto Brandolini formuló un principio de asimetría conocido hoy como ley de Brandolini. Esta ley afirma que refutar una afirmación falsa requiere una cantidad de energía mucho mayor que la requerida para producirla. Es importante precisar su estatuto epistemológico: no es una ley técnica, ya que carece de formalización matemática y validación empírica sistemática, sino un heurístico conceptual que nombra con precisión una asimetría que la literatura ha documentado en dominios específicos. En este trabajo la empleamos en ese sentido, como punto de partida para identificar una asimetría análoga en un dominio distinto, el de las autopercepciones.
La evidencia empírica más próxima a la ley de Brandolini es la que estudia el efecto de influencia continua. Lewandowsky et al. (2012) documentaron que la información falsa continúa influyendo sobre inferencias posteriores incluso tras ser explícitamente retractada. Walter y Tukachinsky (2019) confirmaron que la corrección no elimina ese efecto, especialmente cuando la información fue repetida o provino de una fuente creíble. Johnson y Seifert (1994) identificaron que la condición más importante para que una corrección sea eficaz no es la intensidad de la corrección, sino la disponibilidad de una narrativa alternativa plausible que ocupe el lugar causal de la creencia desacreditada. Ante la ausencia de esa narrativa, el sistema cognitivo tiende a restaurar rápidamente la creencia original. La ley de Brandolini es, en este sentido, la formulación aforística de lo que esa literatura ha documentado.
La transposición que proponemos requiere justificación explícita. En el dominio intersubjetivo, la asimetría descripta por la ley de Brandolini involucra audiencias, fuentes, credibilidad y costos de atención. En el dominio intrasubjetivo, los actores son los propios sistemas cognitivos, afectivos y motivacionales del sujeto, y la audiencia a la cual se debe convencer es el propio aparato evaluativo. Sin embargo, la estructura lógica es la misma: el proceso de instalación de una creencia falsa sobre las propias capacidades opera con bajo costo y alta eficiencia, mientras que la corrección sostenida requiere superar múltiples barreras simultáneas. Esta analogía estructural justifica el nombre que proponemos: asimetría de corrección autoperceptiva.
Un modelo de proceso en tres fases
La asimetría de corrección autoperceptiva no es un estado sino un proceso dinámico con secuencia temporal identificable. La Fase 1, anclaje autocrítico, describe la instalación de la falsa autoconcepción negativa a partir de eventos evaluativos negativamente significativos que el sistema procesa con alta eficiencia, en favor de sus tendencias naturales. La Fase 2, inercia de la autoconcepción negativa, describe el mantenimiento pasivo de la creencia instalada; cuatro mecanismos cognitivos operan en paralelo para reproducirla automáticamente sin necesidad de refuerzo activo, haciendo del estado negativo el estado de menor resistencia cognitiva. La Fase 3, resistencia estructural a la corrección, describe lo que ocurre cuando una intervención externa intenta modificar la autoconcepción instalada: debe competir simultáneamente con los mecanismos de la Fase 2 más las barreras adicionales propias del acto correctivo, configurando la desventaja sistémica que le da nombre al fenómeno. La secuencia se representa esquemáticamente en la Figura 1.
Fase 1: El anclaje autocrítico
El anclaje autocrítico es eficiente porque tres órdenes de mecanismos convergen en la misma dirección: la arquitectura básica del procesamiento de información negativa, la consolidación de la memoria emocional bajo alta activación y el rol amplificador del contexto evaluativo en la formación musical.
El sistema cognitivo humano no procesa los eventos positivos y negativos de manera simétrica. El sesgo de negatividad documenta extensamente que los estímulos negativos tienen mayor impacto sobre la atención, la memoria y el juicio que los estímulos positivos de magnitud equivalente (Baumeister et al, 2001). En el contexto de la autoevaluación, este sesgo opera como mecanismo de instalación eficiente: un evento evaluativo negativo de alta carga emocional puede bastar para quedar consolidado como punto de referencia autoperceptivo estable, mientras que el éxito equivalente tiende a ser procesado como circunstancial o atribuido a factores externos. En esta dinámica, la mayoría de los músicos que son espontáneamente autocríticos no logra identificar ningún aspecto correcto de su performance, incluso siendo una performance excelente (Conti, 2025). Aunque el músico cuente con esta evidencia positiva, no logra integrarla en la representación autoperceptiva con la misma eficiencia que la negativa.
Este sesgo se ve potenciado por las propiedades de la memoria emocional. Los eventos vividos bajo un nivel de activación elevado, como miedo, vergüenza, exposición pública con consecuencias percibidas como significativas, son consolidados con mayor fuerza que los eventos neutros (Nader, 2015). Cuando un vínculo pedagógico se torna antagónico, el alumno genera una memoria de malestar que puede permanecer activa incluso en profesionales que no padecen APM, reviviendo sensaciones de los momentos originales ante situaciones percibidas como equivalentes (Conti et al, 2019). La instalación del anclaje no requiere acumulación lenta de evidencia, sino que puede ocurrir en eventos únicos de alta intensidad emocional. La asimetría con la corrección es, por lo tanto, estructural: la alta activación favorece la instalación, mientras que la corrección requiere un proceso deliberado, repetido y emocionalmente regulado que no cuenta con ese apoyo mnésico.
Existen cuatro modalidades evaluativas normalizadas en el contexto académico tradicional: evaluación incompleta, atributiva, punitiva e intermitente (Conti et al, 2021). Cuando un docente señala "tenés problemas de afinación" sin circunscribir el error ni proponer estrategias, no evalúa un aspecto del desempeño, sino que emite un enunciado sobre una característica del músico. Como resultado, el performer siente que todo está mal y que se debe a una falla propia (Conti et al, 2021). Esa atribución disposicional convierte una evaluación inadecuada en ancla autocrítica, donde el error deja de ser información sobre el desempeño en un momento dado y pasa a ser información sobre lo que la persona es. Esta transición del error como información al error como identidad, es el núcleo del anclaje autocrítico, y se ve amplificada de manera decisiva cuando el estudiante presenta APM. La APM, entendida como variante del trastorno de ansiedad social (Asociación Americana de Psiquiatría, 2013), implica un sesgo atencional hacia señales de evaluación negativa, que se presenta con umbral de detección disminuido para señales negativas y elevado para señales positivas. La alta velocidad con la que se instala este ciclo negativo es alarmante, pues apenas veinte minutos de intervenciones evaluativas ambiguas, el 90% de un grupo de guitarristas próximos a graduarse no pudo tocar de corrido su pieza, mientras que la fase de intervención positiva posterior logró recomponer el rendimiento en el 70% (Conti, 2025). La asimetría entre la rapidez del deterioro y la lentitud de la recuperación es, en miniatura, la asimetría que el modelo propone a escala de la autoconcepción.
Fase 2: La inercia de la autoconcepción negativa
La Fase 2 describe el proceso por el cual el anclaje deja de ser residuo de experiencias pasadas para convertirse en una estructura cognitiva activa que organiza la percepción del presente. El término inercia se utiliza aquí en forma deliberada, pues no describe una fuerza que mantiene la autoconcepción negativa en su lugar, sino la tendencia del sistema a permanecer en ese estado en ausencia de perturbación suficiente. Cuatro mecanismos operan en conjunto para producir esa resistencia al cambio, reforzándose mutuamente.
El primero es la verificación del self (Swann et al, 1989; Swann et al, 1987). Consiste en que las personas buscan activamente retroalimentación consistente con su autoconcepción vigente, independientemente de su valencia. Un estudiante con autoconcepción negativa consolidada tiende a buscar, interpretar y recordar preferentemente la información que la confirme, y puede resistir la corrección cuando se le ofrece. Swann et al. (1987) documentaron que las respuestas cognitivas y afectivas a la retroalimentación siguen trayectorias disociadas: afectivamente el elogio produce bienestar, pero cognitivamente es descartado como circunstancial. Esa disociación explica por qué el refuerzo positivo, por sí solo, no produce corrección sostenida. Esto se manifiesta en frases del tipo "cuando te dicen que te evalúes, uno siempre piensa en lo malo" (Conti, 2025, p.199).
El segundo mecanismo es el escepticismo motivado (Ditto y Lopez, 1992), que hace que las personas apliquen criterios diferenciales a la información, según su consistencia con las conclusiones que prefieren. La información inconsistente con la creencia vigente es sometida a mayor escrutinio. En términos prácticos, el estudiante acepta rápidamente un resultado desfavorable como confirmación de incompetencia, pero somete un resultado favorable a cuestionamiento: ¿fue suerte?, ¿el evaluador fue condescendiente?, ¿se notó algo malo, aunque la nota fuera buena? Este proceso no es deliberado ni voluntario, sino parte del procesamiento ordinario. Aquí encuentra su base teórica la observación clínico-áulica del estudiante que responde a las correcciones con "no soy pesimista, soy realista": el escepticismo motivado ha producido una creencia de segundo orden —no solo "soy incompetente" sino "sé con certeza que soy incompetente"— notoriamente más resistente a la revisión que las creencias de primer orden.
El tercer mecanismo es el punto ciego del sesgo (Pronin et al, 2002; West et al, 2012): las personas reconocen sesgos cognitivos en otros con relativa facilidad, pero son sistemáticamente incapaces de detectarlos en su propio pensamiento, y esta asimetría no disminuye con la sofisticación cognitiva. El estudiante que aplica escepticismo motivado a la retroalimentación positiva no percibe que lo hace: desde su perspectiva, es riguroso y honesto. La autocrítica severa se experimenta como objetividad. Esto explica por qué la mayoría de los músicos exhiben dudas e inseguridades cuando deben referirse a aspectos correctos de su ejecución, mientras que los aspectos negativos son enunciados con mayor certeza. La asimetría en la confianza epistémica es observable en el propio discurso: lo negativo se sabe, lo positivo apenas se cree.
El cuarto mecanismo, de naturaleza parcialmente conductual, es la auto-obstaculización (self-handicapping) anticipatoria (Jones y Berglas, 1978). La autocrítica anticipatoria —declarar la propia incompetencia antes de que el resultado de la evaluación sea conocido— funciona como estrategia de gestión de la amenaza social: si el resultado es negativo, la predicción se confirma; si es positivo, se vuelve logro inesperado. Esto se conoce también como discurso catastrófico autorreferido (Conti et al, 2022). En ambos casos, la declaración consolida la autoconcepción negativa en cada iteración. Consiste, por lo tanto, en una estrategia defensiva en la que un individuo crea obstáculos autoimpuestos para excusar un posible fracaso, protegiendo así su autoestima ante tareas de alto rendimiento. La frase si yo me autocritico, los demás ya no podrán criticarme expresa esta lógica con precisión. Las detenciones autocríticas, que consisten en interrupciones voluntarias de la performance cuando se incurre en un error, constituyen uno de los factores con mayor incidencia en músicos, especialmente en cantantes solistas (Conti et al, 2022). La autoconcepción negativa genera así su propia confirmación conductual, cerrando el ciclo entre creencia, conducta y evidencia.
El análisis de estos cuatro mecanismos encuentra su demostración más contundente en el síndrome del impostor (Clance y Imes, 1978): la persistencia de la autoconcepción de incompetencia en personas cuyo desempeño objetivo es consistentemente exitoso. Su valor teórico para el modelo es que demuestra que los cuatro mecanismos de la Fase 2 pueden operar incluso cuando la evidencia correctiva es máxima, sostenida en el tiempo y proveniente de múltiples fuentes independientes: la verificación del self descarta los logros como anomalías, el escepticismo motivado vacía los éxitos de valor informativo, el punto ciego del sesgo impide detectar la asimetría, y la auto-obstaculización anticipatoria los atribuye a la suerte. Las afirmaciones de amenaza al yo, que son una manifestación del temor de ser descubierto como impostor, constituyen un factor de muy alta incidencia entre los músicos (Conti et al, 2022). La gramática del impostorismo es la gramática de la inercia autocrítica en su expresión más elaborada, y confirma que la asimetría de corrección autoperceptiva no es un déficit de información sino una propiedad estructural del sistema.
Fase 3: La asimetría de corrección autoperceptiva
La Fase 3 describe lo que ocurre cuando una intervención externa intenta corregir la autoconcepción negativa instalada. Corregir esa autoconcepción no es lo inverso de instalarla, pues el sistema cognitivo que debe procesar la evidencia correctiva ya no es neutral. Ha sido modificado por las Fases 1 y 2 de manera que procesa asimétricamente la información entrante, y la corrección no enfrenta un sistema en estado inicial sino uno en equilibrio activo con mecanismos propios para neutralizar la disonancia.
Es útil caracterizar la autoconcepción negativa consolidada como un atractor en el sentido de la teoría de sistemas dinámicos, es decir, un estado hacia el cual el sistema tiende espontáneamente y al que retorna tras perturbaciones de magnitud insuficiente. Un atractor no requiere energía para mantenerse, pero desplazarse de él sí la requiere. Lewandowsky et al. (2012) documentaron que la corrección no elimina el efecto de la información falsa sino que lo atenúa temporalmente; Walter y Tukachinsky (2019) confirmaron que ese efecto residual persiste incluso cuando la corrección es explícitamente aceptada. La aceptación intelectual de la corrección no garantiza su incorporación a los procesos inferenciales posteriores. Esto describe exactamente los resultados de la aplicación del AE: su aplicación logra que los performers mejoren su rendimiento y que reconozcan intelectualmente la mejora, pero a pesar de ello siguen calificando su desempeño significativamente más duramente que los evaluadores externos, quienes son más objetivos (Conti, 2025). La corrección es capaz de operar sobre el desempeño observable pero no sobre la autoconcepción subyacente con la misma profundidad.
La investigación sobre el efecto de influencia continua ha identificado las condiciones bajo las cuales la corrección logra mayor eficacia, y esas condiciones revelan cuán exigentes son en la práctica. Johnson y Seifert (1994) demostraron que la condición más importante no es la intensidad de la corrección sino la disponibilidad de una narrativa alternativa plausible que ocupe el lugar causal de la creencia que se pretende desacreditar. Una corrección que niega sin reemplazar deja un vacío que el sistema tiende a rellenar restaurando la creencia original. Una segunda condición es la repetición sostenida (Ecker et al, 2010; Ecker et al, 2011): una sola intervención raramente produce una modificación duradera. En el campo pedagógico se ve con frecuencia que una corrección de la narrativa autocrítica puede funcionar, pero requiere mucho más tiempo que la instalación. Esa desproporción temporal es, en sí misma, una manifestación de la asimetría.
Existe un obstáculo específico al contexto musical que merece atención particular: la dependencia de muchas estrategias correctivas del control atencional voluntario en situaciones de alta demanda emocional. La teoría del control atencional (Eysenck et al, 2007) establece que la ansiedad compromete específicamente las funciones ejecutivas del sistema atencional. Bajo las condiciones de la performance musical, el sistema ejecutivo que debería implementar la corrección es precisamente el sistema que más directamente se ve degradado. Pedirle a un músico con APM que redireccione voluntariamente su atención hacia lo positivo durante la performance es pedirle que use el sistema que la ansiedad está degradando en ese momento. La intervención correctiva más robusta debe operar a través de mecanismos más resistentes a la tensión, como las memorias de procedimiento, implícitas, automáticas y más estables bajo estrés que los sistemas declarativos y ejecutivos.
Formular la asimetría con esta precisión no equivale a afirmar que la corrección es imposible. Uno de los estudios de la tesis de Conti (2025) reveló que aplicar intervenciones evaluativas negativas degrada la performance, mientras que las intervenciones positivas sostenidas favorecen la recomposición del desempeño. Otro de los estudios de la misma tesis documentó que la aplicación del AE mejora las destrezas autoevaluativas. Y un último estudio mostró que la mayoría de los músicos de posgrado logró aplicar correctamente el procedimiento del AE cuando se les proporcionó una guía escrita. La corrección es posible. Lo que la asimetría establece es que no es espontánea, no es simétrica en sus costos respecto de la instalación y no es sostenible sin condiciones que el contexto pedagógico ordinario raramente provee de manera continua. Esa distinción entre imposibilidad y dificultad estructural es pedagógicamente esperanzadora: si la asimetría fuera absoluta, no habría intervención posible. Que sea estructural pero no absoluta significa que puede ser contrarrestada mediante intervenciones adecuadas, diseñadas para sus características específicas.
La ansiedad por performance musical como sistema amplificador de la asimetría
A lo largo de las tres secciones anteriores, la APM ha aparecido de manera recurrente en cada fase del modelo. Esta presencia distribuida no es casual: la APM no es un factor más dentro del modelo sino la condición que conecta sus tres fases en un sistema coherente y que explica por qué la asimetría tiene en músicos una intensidad difícilmente comparable con otras poblaciones de estudiantes.
El modelo de triple vulnerabilidad de Barlow (2000) describe la APM como resultado de la convergencia de vulnerabilidades biológica, psicológica general y psicológica específica de la tarea. Esta última —desarrollada a partir del ingreso al contexto académico— es el producto acumulado de experiencias evaluativas que han ido consolidando una memoria de malestar y una autoconcepción negativa respecto de la propia competencia. La APM no es solo una condición que predispone al anclaje autocrítico, sino que es también, en parte, su consecuencia. Una vez construida, la APM recalibra el sistema atencional de manera que hace más probable que los eventos futuros produzcan nuevos anclajes. El ciclo se cierra: la APM facilita la instalación del anclaje (Fase 1) porque amplifica el sesgo de negatividad; el anclaje instalado alimenta la APM porque eleva la ansiedad anticipatoria; la APM elevada refuerza la inercia (Fase 2) porque el sesgo atencional opera como motor continuo de verificación del self; y la inercia consolidada hace que la corrección (Fase 3) compita también con un estado de activación incrementada que degrada los recursos ejecutivos necesarios para implementarla.
Lo que distingue al contexto de formación musical son tres amplificadores específicos. El primero es la evaluación en tiempo real: la performance ocurre en presente continuo e irrepetible, sin posibilidad de editar el error, creando condiciones óptimas para la consolidación de memorias emocionales negativas. El segundo es la exposición de la identidad: la voz, el cuerpo y la sensibilidad interpretativa del performer son simultáneamente el instrumento y el objeto de la evaluación, de modo que las atribuciones disposicionales del error tocan una dimensión del self que en otras disciplinas raramente está en juego con la misma intensidad. El tercero es la normalización institucional de la autocrítica severa como virtud formativa: el sesgo no sólo no se percibe como tal, sino que se percibe como señal de rigor, honestidad y compromiso artístico, amplificando el punto ciego del sesgo hasta convertirlo en una resistencia cultural, además de cognitiva (Conti et al, 2021; Conti et al, 2022). Sobre esta base, la elevación del alerta en el contexto pedagógico que se origina como consecuencia de algunas modalidades vinculares en la díada didáctica maestro-performer (evaluador-evaluado) ha sido denominada Ansiedad por Performance Musical Extendida (APM-E) (Conti et al, 2023).
El sistema cognitivo-afectivo del músico con APM y autoconcepción negativa consolidada no opera como un canal neutro: opera con ruido interno de alta intensidad y sintonización selectiva, amplificando señales negativas y atenuando las positivas. Las intervenciones correctivas que no toman en cuenta esta asimetría producen el resultado que la experiencia pedagógica conoce bien: el docente ofrece retroalimentación positiva precisa, el estudiante la recibe y lo agradece, y en la siguiente sesión vuelve a operar exactamente como antes. La señal correctiva no alcanzó la intensidad necesaria para superar el ruido, o fue atenuada por los mecanismos de la Fase 2 antes de poder modificar la autoconcepción de manera sostenida. El AE no intenta aumentar la intensidad de la señal correctiva: intenta reorganizar el sistema de procesamiento antes de que el ruido pueda operar. Esa diferencia estratégica explica su eficacia, y también sus limitaciones.
El Algoritmo Evaluativo como intervención corriente arriba
Cuando una intervención pedagógica precede al marco teórico que podría explicarla, el marco no la justifica sino que la ilumina. El AE (Conti et al, 2021) fue desarrollado a partir de la observación clínico-pedagógica y de la evidencia empírica acumulada, no como derivación de un modelo teórico previo. Consiste en una secuencia de acciones destinadas cuyo objetivo es brindar solución a la problemática de la evaluación y autoevaluación subjetiva. Constituye un procedimiento evaluativo para la performance musical capaz de eliminar la apreciación infundada o la subjetividad en la práctica pedagógica. Entre los aspectos centrales en relación con su potencial, se destaca que la evaluación comienza con la identificación de los aspectos de la performance que son correctos para el nivel en el que se encuentra el evaluado y su reconocimiento explícito. Continúa identificando y mencionando aquello que está en proceso de mejoría. Luego, se menciona algún aspecto a corregir, de modo específico, sin ambigüedades, y refiriéndose estrictamente al producto musical (Conti et al, 2021). Lo que el modelo propuesto en este trabajo permite hacer es explicar por qué el AE funciona cuando funciona, por qué probablemente requiere su aplicación en forma sistemática para funcionar en el largo plazo, y qué condiciones serían necesarias para que sus efectos se consoliden. Es necesario destacar que en la denominación del AE, el término algoritmo hace referencia a su naturaleza procedimental, en cuanto a que es una secuencia ordenada de pasos con entrada y salida definidas, y no a una formulación computacional o a ningún modelo específico del funcionamiento neurobiológico.
La caracterización más precisa que el modelo permite formular es que el AE opera corriente arriba (upstream) del ciclo de la asimetría: actúa antes de que los mecanismos de la Fase 2 y la Fase 3 puedan activarse, en lugar de intentar superarlos una vez que están en funcionamiento. La mayoría de las intervenciones correctivas ordinarias son corriente abajo (downstream), es decir, llegan después de que el estudiante ha completado su performance, después de que el sistema ha procesado esa performance según sus criterios habituales y después de que la autoconcepción negativa ha recibido la confirmación que buscaba. El AE está diseñado para intervenir antes. Su primer paso, el reconocimiento explícito de aquello que ya está correcto para el nivel del evaluado, establece un encuadre perceptivo que define qué tipo de información es relevante en primer lugar, compitiendo con el encuadre autocrítico que el sistema instalaría espontáneamente y desplazándolo temporalmente de su posición predeterminada. En términos de la relación señal/ruido: el AE no aumenta la intensidad de la señal correctiva, sino que reorganiza el canal para que la señal positiva tenga prioridad temporal y se procese antes de que el ruido pueda establecerse.
El modelo permite identificar tres mecanismos que explican la eficacia a corto plazo del AE. El primero es la provisión de narrativa alternativa: al identificar explícitamente qué está correcto, qué está en proceso de mejoría, qué error específico merece atención, cuáles son sus causas posibles y qué estrategia puede resolverlo, el AE no niega la autoconcepción negativa desde afuera sino que la reemplaza desde adentro con una narrativa de competencia real, parcial y localizada. La especificidad hace plausible la narrativa alternativa y permite que sea procesada sin activar de inmediato el escepticismo motivado. El segundo mecanismo es la coherencia con el marco valorativo: el AE no propone abandonar el rigor sino redirigirlo hacia un procedimiento objetivable que lo hace más eficaz, y no viola la premisa de que la excelencia requiere atención al error, sino que modifica el orden y el objeto de esa atención. El tercero, y más relevante para la distinción entre corrección eficaz e ineficaz, es la independencia del control atencional voluntario. Al estar diseñado para ser practicado en contextos de baja demanda, la aplicación del AE corresponde a la lógica de las intenciones de implementación de Gollwitzer (1999), que con práctica suficiente se vuelven automáticas. Un procedimiento evaluativo que comienza siempre por identificar lo que está bien, practicado con regularidad en condiciones de bajo nivel de activación (arousal), puede consolidarse como memoria implícita de procedimiento, que es característicamente resistente al estrés y activada automáticamente. Al aplicarlo, los músicos perciben mejoras paulatinas y reconocen el efecto diferente y benéfico de comenzar por lo correcto. En la tesis de Conti (2025) un participante lo formuló con precisión clínica: "desde el principio me pidió que piense en lo que tengo bien, y eso da otra confianza a la hora de volver a tocar".
Los estudios disponibles documentan los efectos del AE dentro del horizonte temporal de su aplicación, pero no existe evidencia sobre qué ocurre con esos efectos en el largo plazo. Esa vacancia empírica es el punto de partida honesto desde el cual el modelo puede hacer su mayor contribución prospectiva. El cambio que el AE busca producir es la modificación de una modalidad evaluativa habitual profundamente consolidada, que opera como memoria de procedimiento implícita. Para que un procedimiento competidor alcance el mismo nivel de automatismo, se requiere práctica repetida en condiciones que permitan la consolidación gradual antes de que deba operar bajo presión (Gollwitzer, 1999; Nader, 2015). Es probable que una aplicación aislada no sea suficiente para producir modificación sostenida, porque la perturbación que produce no alcanza el umbral necesario para establecer un nuevo estado de equilibrio procedimental. Esta es, sin embargo, una hipótesis que espera verificación empírica: no sabemos si es correcta, ni en qué magnitud, ni bajo qué condiciones la práctica sistemática sería suficiente. Lo que el modelo establece es que esa es la pregunta correcta. Si las limitaciones probables del AE son predicciones de la asimetría y no defectos del método, la respuesta lógica no es buscar un método diferente sino diseñar investigaciones que permitan testear las condiciones de eficacia que el modelo postula.
Existe además un elemento del AE que opera directamente sobre el mecanismo de instalación del anclaje. Conti et al. (2019) introdujeron el concepto de infortunio para reconceptualizar al error dentro del Dispositivo de Performance Musical (DPM): en lugar de evidencia de una falla del performer, el infortunio es una detención en el aprendizaje localizable en una coordenada precisa del DPM. Esta reconceptualización no constituye simplemente un cambio terminológico, sino una operación sobre la estructura causal del anclaje: invierte exactamente la atribución que convierte el error en ancla autocrítica, desconectándolo de la identidad del músico y reconectándolo con el proceso musical, donde puede ser circunscripto, causado y resuelto. El infortunio es la unidad conceptual que hace posible que el AE ofrezca una narrativa alternativa genuinamente plausible, con estructura causal y referencia al producto musical antes que a la persona.
Implicaciones para la pedagogía de la evaluación en artes
La implicación más fundamental del modelo no es técnica sino conceptual: si la asimetría de corrección autoperceptiva es un fenómeno estructural, el problema del estudiante que no se percibe como competente no es de motivación, de falta de esfuerzo ni de insuficiencia de retroalimentación positiva. Es un problema de arquitectura cognitiva operando en un contexto que la amplifica. Esa reformulación tiene consecuencias directas sobre lo que tiene y no tiene sentido hacer pedagógicamente. El modelo permite identificar tres respuestas estructuralmente insuficientes: aumentar la cantidad de retroalimentación positiva sin modificar la arquitectura de la evaluación (el escepticismo motivado y la verificación del self lo filtrarán); apelar al razonamiento consciente del estudiante para que reconozca el sesgo (el punto ciego del sesgo le impedirá verlo, y el argumento puede ser interpretado como condescendencia); y concentrar las intervenciones en situaciones de alta demanda (que son precisamente las que degradan el control atencional voluntario necesario para implementar cualquier corrección deliberada).
Una de las implicaciones más directas del modelo es que el contexto evaluativo no es sólo el escenario en que la asimetría se manifiesta, sino una variable activa que puede amplificarla o atenuarla. Tres propiedades modulan su magnitud. La primera es la dirección de la atribución evaluativa, es decir, si el contexto localiza el error en la persona del performer o en el producto musical. Un contexto que adopta sistemáticamente la segunda dirección —en los términos del DPM— atenúa estructuralmente las condiciones de instalación de la Fase 1. La segunda propiedad es la presencia o ausencia de narrativa evaluativa completa: contextos que proveen habitualmente evaluaciones con reconocimiento de lo correcto, circunscripción del error, identificación de causas y propuesta de estrategias crean las condiciones para que la narrativa alternativa esté disponible de manera rutinaria. La tercera es la continuidad y coherencia de las intervenciones en el tiempo: señales contradictorias impiden la consolidación del nuevo procedimiento evaluativo.
Estas propiedades tienen una implicación directa sobre el rol docente: si el contexto evaluativo es una variable activa, el docente no es solamente quien ofrece retroalimentación en el momento de la evaluación sino quien diseña el contexto en que el estudiante construye su autoconcepción. La evaluación recibida en clase se transforma en la autoevaluación que el alumno desplegará durante toda su vida profesional (Conti et al, 2021). El modelo fundamenta esa observación: la evaluación docente es el insumo con el que el estudiante construye su memoria de procedimiento evaluativo, y esa memoria determina el filtro a través del cual procesará la evidencia sobre sus capacidades durante toda su trayectoria. Ninguna intervención individual puede contrarrestar completamente la cultura institucional que normaliza la autocrítica severa como virtud formativa, pero comprender la asimetría permite al docente distinguir qué intervenciones tienen posibilidades de contrarrestarla y cuáles, por bien intencionadas que sean, operan en el nivel equivocado del sistema.
Las implicaciones de esta sección pueden condensarse en tres principios articuladores. El principio de intervención corriente arriba establece que las intervenciones más eficaces son las que reorganizan el orden de prioridades evaluativas antes de que los mecanismos de la Fase 2 puedan establecerse, en lugar de intentar superar la resistencia una vez que está activa. El principio de coherencia acumulativa establece que, dado que la consolidación de una memoria de procedimiento diferente requiere práctica repetida y señales consistentes, la eficacia pedagógica frente a la asimetría no es función de la intensidad de una intervención sino de la consistencia de muchas. El principio de atribución al producto establece que referir sistemáticamente la evaluación al producto musical antes que a la persona del performer no es simplemente cuidado emocional, sino la condición que atenúa el mecanismo de instalación del anclaje autocrítico en su punto de origen. Estos principios no son prescripciones técnicas exhaustivas sino una brújula, una manera de leer lo que ocurre en el aula que permite distinguir qué intervenciones tienen posibilidades de funcionar y cuáles no.
Preguntas abiertas y perspectivas de investigación
Un marco teórico cumple su función más importante cuando genera preguntas que sin él serían difíciles de formular con precisión. Las preguntas que siguen son áreas vacantes específicas que el modelo identifica y que la investigación futura deberá abordar para confirmar, refinar o cuestionar el modelo.
La primera pregunta es si la asimetría de corrección autoperceptiva puede ser operacionalizada y medida como fenómeno empírico integrado en músicos en formación. Los estudios disponibles documentan sus componentes parciales —prevalencia de autocrítica severa, discrepancia entre autoevaluación y evaluación externa, resistencia a la retroalimentación positiva— pero ninguno ha medido la asimetría como tal: la relación entre el costo de instalación y el costo de corrección de una autoconcepción negativa en el mismo sujeto y a lo largo del tiempo. Sin esa medición, cualquier afirmación sobre la eficacia de las intervenciones que buscan contrarrestarla carece del punto de comparación necesario para ser interpretada con precisión. Una segunda pregunta es en qué medida la APM amplifica la asimetría tal como el modelo predice: la hipótesis es teóricamente sólida pero su verificación requeriría comparar la magnitud de la asimetría en músicos con distintos niveles de APM controlando las variables de desempeño objetivo. Una tercera pregunta, de naturaleza más general, es si la asimetría que el modelo describe en músicos opera con propiedades similares en estudiantes de otras disciplinas artísticas de alta exposición —danza, teatro, artes vocales— o si el contexto específico de la formación instrumental introduce factores que la intensifican o atenúan.
La pregunta más directamente relevante para la práctica pedagógica es si los efectos del AE sobre la modalidad autoevaluativa y la autoconcepción de competencia persisten en el tiempo y bajo qué condiciones. La evidencia disponible documenta efectos a corto plazo, pero nada se sabe sobre la dinámica temporal de esos efectos en ausencia de práctica continuada. El modelo postula que la persistencia requiere la consolidación del nuevo procedimiento como memoria implícita procedural, pero esa es una hipótesis que aguarda verificación empírica. Cuántas repeticiones son necesarias, en qué distribución temporal, y en qué contextos de demanda, son preguntas completamente abiertas. Una segunda pregunta sobre la intervención concierne al punto de entrada más eficiente en el ciclo de retroalimentación entre APM y autoconcepción negativa: el modelo propone que intervenir primero sobre la autoconcepción mediante el AE es más eficiente que intervenir directamente sobre el sesgo atencional, pero esa hipótesis no ha sido sometida a comparación empírica directa, y es posible que la respuesta varíe según el nivel inicial de APM. Una tercera pregunta es si existen condiciones del contexto institucional —coherencia evaluativa entre docentes, cultura institucional respecto a la autocrítica, diseño curricular— que modulen la eficacia de cualquier intervención individual, y en qué medida los efectos de una intervención bien diseñada pueden ser neutralizados por un contexto que reproduce las condiciones de instalación del anclaje de manera sistemática. Las preguntas formuladas conforman un programa de trabajo que el modelo hace posible y necesario, y cuyos resultados, en cualquier dirección, contribuirán a establecer con evidencia empírica lo que aquí se ha argumentado como modelo teórico.
Conclusiones
Este trabajo comenzó con una paradoja clínico-pedagógica: el músico competente que no se percibe como tal, cuya autoconcepción negativa persiste con una estabilidad que ningún resultado favorable, ningún elogio docente y ningún reconocimiento externo parece poder modificar de manera duradera. El punto de llegada es un modelo integrado que explica esa paradoja en términos mecanísticos y señala con precisión por qué las respuestas pedagógicas habituales resultan insuficientes frente a ella. No una solución, sino una comprensión. En el dominio de los fenómenos complejos, la comprensión precisa es el primer paso necesario hacia las soluciones que la práctica requiere.
La contribución principal del trabajo es la formulación del concepto de asimetría de corrección autoperceptiva y su articulación en un modelo de proceso con tres fases. Ese modelo integra bajo una lógica unificada hallazgos que la literatura psicológica había producido de manera fragmentada: el sesgo de negatividad (negativity bias), el efecto de influencia continua (continued influence effect), la verificación del self, el escepticismo motivado, el punto ciego del sesgo y la auto-obstaculización anticipatoria (self-handicapping) son constructos bien documentados, pero no habían sido articulados para explicar por qué operan en conjunto en el contexto específico de la formación artística. La segunda contribución es la transposición de la ley de Brandolini al dominio intrasubjetivo, empleada como heurístico conceptual que permite ver un fenómeno conocido desde un ángulo que lo hace más legible. La tercera es la lectura del AE a la luz del modelo, que no solo explica los mecanismos de su eficacia a corto plazo, sino que reformula sus potenciales limitaciones como predicciones teóricas y propone con precisión las condiciones hipotéticas bajo las cuales sus efectos podrían sostenerse. La cuarta contribución es la derivación de tres principios pedagógicos —intervención corriente arriba, coherencia acumulativa y atribución al producto— que traducen el modelo en orientaciones pedagógicas concretas sin reducirlo a receta técnica.
La honestidad epistemológica exige precisar también los límites. El modelo es teórico-conceptual, en el sentido de integrar evidencia existente y proponer hipótesis. La eficacia sostenida del AE es una hipótesis que el modelo fundamenta con rigor pero que los estudios longitudinales necesarios no han verificado aún.
La intersección entre la psicología cognitiva de las creencias autorreferentes, la psicología de la performance musical y la pedagogía de la evaluación en artes es, hasta donde llega nuestra revisión de la literatura, un territorio inexplorado como objeto de estudio integrado. Un psicólogo cognitivo que estudia la corrección de creencias raramente trabaja con músicos. Un investigador en educación musical raramente incorpora la literatura sobre sesgos cognitivos en la autoevaluación. Un pedagogo de la evaluación raramente conecta su trabajo con la neurobiología de la memoria emocional. Este paper propone que esa conversación es necesaria, que produce comprensiones que ninguno de esos campos por separado puede alcanzar, y que el fenómeno que describe —el músico competente atrapado en una autoconcepción de incompetencia que resiste la evidencia— es suficientemente prevalente y suficientemente costoso en términos de sufrimiento humano y de talento desperdiciado como para justificar el esfuerzo de construir ese puente interdisciplinar. La pregunta que motivó este trabajo —¿por qué es tan difícil convencer a un músico talentoso de que lo es? — no tiene respuesta definitiva en estas páginas, pero tiene ahora una formulación más precisa, más conectada con lo que la ciencia sabe, y más abierta a ser respondida.
Referencias
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