El lenguaje aforístico en la poesía de William Blake
DOI:
https://doi.org/10.24215/18536212e113Palabras clave:
poesía, aforismo, filosofía, fuentes literarias, sabiduríaResumen
Este estudio de la poesía de William Blake descubre en su escritura la concepción de la metáfora desde un fundamento aforístico que posibilita acrecentar la naturaleza polisémica de la imagen, en un afán por propiciar en el lector la visión de la realidad con su pluralidad significante, desvelando cómo en cada detalle o acontecimiento de la vida, reside un saber que muestra el camino hacia la vivencia plena de la existencia. A su vez, se ofrecen aquí las fuentes de las que parte el autor para universalizar el mensaje de sus poemas inmersos en la tradición milenaria del libro sapiencial.
La obra poética de William Blake aporta a la historia de la literatura una originalidad que se transparenta en su pintura y grabado. Allí la densidad expresiva de la imagen parece nutrirse de la energía concentrada de sus poemas. En ellos el espíritu sentencioso aflora de una manera visible e invisible, como si fuera necesario en ocasiones establecer un mensaje explícito mientras que otras veces prefiere irradiar un sustrato proverbial desde lo recóndito, en un anhelo por hacer de lo implícito una presencia palpable, igualmente ostensible.
Los "Esbozos poéticos" contienen en "Canción" un testimonio de la indagación todavía en cierne de llevar el texto al esplendor de una máxima con su fuerza potenciadora ([1], p. 31)1:
Y por valles oscuros
Seguiré caminando
Con todo este silencio
De mi melancolía.
Sin embargo, será en los "Cantos de inocencia" cuando la espiral de sentidos, la metáfora, comience a derivar hacia una conclusión significante que cristalice la enfática idea a transmitir. Al relatarnos en "El deshollinador" la cotidianidad de su subsistencia, nos dice:
Y luego Tom despertóse; oscuro nos levantamos,
A nuestros trabajos fuimos con los bolsos y cepillos,
Y aunque era fría la mañana, tenía Tom calor y gozo.
Si se cumplen los deberes, nada se debe temer. (p. 47)
En el lirismo de un quehacer anónimo, Blake entresaca un fervor moral con ese «si se cumplen los deberes, nada se debe temer». La consecuencia ética reaparece en el poema "Jueves Santo", de "Cantos de experiencia", con un profundo humanismo que transgrede lo religioso:
Porque donde brilla el sol,
Y donde cae la lluvia,
Los niños no pueden tener hambre,
Ni puede la miseria consternar nuestra mente. (p. 77)
Ahora lo que importa es dejar en la sociedad, con la capacidad tan sinuosa como sinóptica de un adagio, la exigencia de un compromiso más que la invocación de un derecho hacia la infancia y contra la pobreza. La compenetración con el destino humano unifica en un clamor a los niños y hombres víctimas de una realidad coercitiva. Los versos de "Londres" testifican la inconformidad con un entorno que limita la acción del individuo:
En el grito de cada Hombre,
En el grito de terror de cada Niño,
En cada voz, en cada prohibición,
Siento las cadenas que nuestra mente ha forjado. (p. 97)
Otros pasajes de este poemario inducen a una reflexión sobre la forma de esas cadenas paralizantes que asedian la libertad. Así, no exento de cierto pesimismo, en "Un pequeño muchacho perdido", estima que no «es posible al Pensamiento / conocer algo más grande que él mismo» (p. 101), a la vez que considera, en "La voz del anciano bardo",que «la insensatez es un laberinto interminable, / de enmarañadas raíces que confunden sus caminos» (p. 109). El poeta, en "La mosca", hurgará en su alma esas visiones ajenas que entreve empatizando con la otredad:
¿No soy una mosca
Lo mismo que tú?
¿No eres tú persona
Lo mismo que yo? (p. 87)
La anagnórisis con el insecto le desvela un conocimiento trascendental acerca de la existencia:
Si pensar es vida
Y fuerza y aliento,
No pensar es muerte;
Entonces yo soy
Una feliz mosca,
Si vivo,
Si muero. (pp. 87-89)
Percibimos en el itinerario de su acontecer literario la urgencia de este reclamo, no pensar es muerte, similar a un mandato en el que el aforismo fundamenta la poesía como axioma.
Con el libro "El matrimonio del Cielo y el Infierno" exhibirá Blake su dominio y maestría en el arte del apotegma. Sumándose a la tradición presocrática de ver el mundo sustentado por la dual contradicción de "Amistad" (Amor) y "Odio", señala que «sin Contrarios no hay progresión. Atracción y Repulsión, Razón y Energía, Amor y Odio, son necesarios a la Humana existencia.»2 Esa es la doctrina que animó el simbolismo filosófico de Empédocles:
En el reino de Amistad nos reunimos en
un orden único
y en el de Odio, al contrario, de uno se
disoció para ser múltiple.
De ellos todo cuanto fue y cuanto es y
cuanto ha de ser luego
germinó: árboles, varones y mujeres,
fieras, pájaros y peces de acuática crianza,
y dioses sempiternos, excelsos por las
honras que reciben.3
La contraposición de conceptos, en una dialéctica que no abandona la sombra del verso, estalla por doquier en un afán por construir un microcosmos a través de la mayor condensación de nociones en una palabra. «Energía, Eterno Deleite» (p. 133), afirma, generando un laconismo que entreabre en una sola oración un manifiesto poético. Lo parabólico, el estilo paradojal, que devendrá método con Oscar Wilde, está aquí prefigurado:
La razón de que Milton escribiera en cadenas al hablar de los Ángeles y de Dios, y en libertad al hablar de los Demonios y el Infierno, radica en su condición de Poeta verdadero y, sin saberlo, del bando del Demonio. [1], p. 135)
La razón de que Milton escribiera en cadenas al hablar de los Ángeles y de Dios, y en libertad al hablar de los Demonios y el Infierno, radica en su condición de Poeta verdadero y, sin saberlo, del bando del Demonio. (p. 135)
No hay una toma de partido definitiva en él. Su conciencia no claudica con una modalidad exclusiva de pensar. De ahí que también escriba que «Bien es Cielo. Mal es Infierno». (p. 131) Justamente reservará para los "Proverbios del Infierno" un ambiente ideal donde abordar la amplitud de intereses que le ocupan. Semejante a un educador que instruye, proclama que «en tiempo de siembra, aprende; en tiempo de cosecha, enseña; en invierno, goza.» (p. 135) En ese ámbito de pedagogía inspirada indica que «aquel cuyo rostro no irradie luz, jamás será una estrella» (p. 137); o en un epicúreo augurio expone que «el camino del exceso lleva al palacio del saber.» (p. 135)
El bestiario asumirá otros perfiles de sus existenciales inquietudes. Se respira en el tono aleccionador el legado de las fábulas de Esopo: «La abeja laboriosa no tiene tiempo para el pesar» (p. 137). La personificación en el orbe animal de cualidades humanas, engendra un espejo en el que contemplar nuestra identidad en una dimensión recíproca. Cuando asegura que «el gusano perdona al arado que lo corta» (p. 137) divisamos la huella del cristianismo primigenio; en «la ira del león es la sabiduría de Dios» (p. 139) intuimos una caracterología aristotélica;4 en «el ave un nido, la araña una tela, el hombre la amistad» (p. 139), evocamos la escuela pitagórica.5
Asimismo, hay una vocación ilustrada en Blake que nos remonta a los precursores de una erudición ancestral en la órbita de Solón. «Las horas de la locura las mide el reloj, pero ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría» (p. 137); «si otros no hubieran sido necios, nosotros lo seríamos» (p. 143); por eso un pensamiento puede "llenar la inmensidad" (p. 141). Pero Blake hereda además la antigua impronta homérica del escritor, el poeta como médium, profeta de futuros hallazgos: «Lo que hoy es evidente, una vez fue imaginario» (p. 139). Su convicción se funda en la certeza de que «todo lo creíble es imagen de la verdad» (p. 141) constatando que «la verdad nunca puede ser dicha de modo que sea comprendida sin ser creída». (p. 145) La paciente labor del orfebre, el artista Blake, late en el apunte que nos recuerda que «crear una pequeña flor es trabajo de siglos». (p. 143) La mística, el influjo de lo divino que le sugestiona, no se entiende sin la aceptación de lo femenino: «La desnudez de la mujer es obra de Dios.» (p. 139) Pocos como él han vislumbrado el secreto de la felicidad que imperecederamente está –«las alegrías no ríen. Las tristezas no lloran» (p. 143)– manteniendo una responsabilidad con aquellos que sufren –«una misma Ley para el León y el Buey es Opresión» (p. 163)– dentro de una estética nutrida de fuente sobreabundante porque la «exuberancia es Belleza» (p. 145).
La literatura de Blake dibuja un universo en el que lo sustancial y el vacío, lo efímero y lo eterno, van de la mano en una escritura que reinventa su metafísica. «Todo Efecto Natural tiene una Causa Espiritual y no una Natural» (p. 9), expresa como si conversara con la naturaleza sintiéndose observado por lo desconocido. Él fue en busca de un paisaje indecible donde hallar aquello que su época no podía ofrecerle: una respuesta del misterio. En "América: Una profecía" había interrogado «¿qué Dios escribe leyes de paz y se viste con tempestades?» (p. 179) Es en "El primer libro de Urizen" que subyace la continuidad de esa pregunta sustituyendo la interpelación por un nuevo enigma: «Reino de la nada: matriz enorme de la Naturaleza» (p. 197). Ese fue su desafío, entrar en lo inexistente, y ascender con la poesía para configurar su ser, relatándonos la esperanza más allá de lo imposible, deshaciendo con sus revelaciones las carencias de aquel espacio, el de la nada, a fin de poblarlo de vitalidad. Aunque siempre supo "El Evangelio Eterno" que le acompañó hasta la muerte: «Humildad es sólo duda» (p. 245).
Referencias
Aristóteles. (1985). Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. (Intr. E. Lledó Íñigo, Trad. y notas J. Pallí Bonet). Gredos.
Bernabé, A. (2008). Fragmentos presocráticos. De Tales a Demócrito. Alianza.
Blake, W. (2009). Antología bilingüe. (Trad. E. Caracciolo Trejo). Alianza.
Porfirio. (2002). Vida de Pitágoras. Argonáuticas órficas. Himnos órficos. (Intr., trad. y notas M. Periago Lorente). Gredos.
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