Por primera vez en años
DOI:
https://doi.org/10.24215/18536212e145Resumen
Cuento.
Si arrastré por este mundo
la vergüenza de haber sido
y el dolor de ya no ser
Carlos Gardel, “Cuesta abajo”
Hoy es un día de sol. Me recuerdo a ese famoso “peor comienzo de la historia de la literatura”, escrito por Edward Bulwer-Lytton: “Era una noche oscura y tormentosa”. Pero esa es la verdad: hoy es un día de sol, sin nubes a la vista. Fue lo primero que pensé al despertar: “hoy es un día de sol, ¡qué maravilla!”. Y la mañana transcurrió con normalidad.1
El día anterior también había empezado con un sol muy lindo, aunque con unas esporádicas nubecitas, y había gozado de normalidad durante la mayor parte de la jornada. Se complicó a la tarde, primero porque tuve que rendir un parcial (a veces la vida es cruel de ese modo), y luego porque cuando llegué a mi casa mi madre me comunicó que mi padre se había ido al departamento del Señor Galli porque “se estaba apagando”. Esa fue la expresión, pero en ese momento, claro, fue dicha en tiempo presente. Porque ese momento era ese y no este que es ahora. Más tarde mi padre pidió que fuéramos al departamento, donde había una reunión familiar tipo comando central para tomar decisiones. El Señor Galli en ese momento dormía plácidamente, pero una hora antes había estado un poco delirante, y con dificultad para hablar y respirar. La decisión que se tomó fue no internarlo. Por lo menos no esa noche. Ya que estaba durmiendo en paz, no había ninguna necesidad de despertarlo para meterlo en una ambulancia y llevarlo a un hospital. En la reunión estaban mis dos primas médicas, que aportaron datos sobre la morfina, que sería bueno poder darle, pero es muy complicado y engorroso incluso para pacientes terminales dentro de un hospital.
Durante esa conversación, todo el tiempo decían “bueno, ya está, por ahora dejamos así, mañana vemos”. Siempre repetían “mañana vemos”, “cualquier cosa, mañana evaluamos de vuelta”. La constante repetición de la palabra “mañana” me remitió a ese verso de Spinetta: “mañana es mejor”. Y casi lo digo en voz alta, pero no me pareció lo más adecuado, porque, por primera vez en la vida, no estaba segura de que fuera cierto. Pensé: ¿Mañana es mejor? Ahora El Señor Galli está durmiendo tranquilo, pero quizá mañana se despierte con dolor y haya que internarlo. Ahora El Señor Galli está sufriendo en silencio, como desde hace años, pero quizá mañana ya no sufra más. Ahora El Señor Galli está vivo, pensé, pero quizá mañana ya no lo esté. ¿Mañana será mejor? ¿Cuál de todos esos “mañanas” es mejor? ¿Qué es mejor?
Y el mañana finalmente llegó. Y resultó ser un día de sol, que estaba transcurriendo con total normalidad. Y a eso de las once y media de la mañana yo estaba sentada en el sillón de mi casa y escuché que mi madre en su cuarto recibía un llamado de mi papá que le decía: “Hola, gorda. Ya está”. Y fue así como supe que El Señor Galli había fallecido.
Nos vestimos y salimos para el departamento. Y mientras estaba en el auto pensaba “qué sol precioso, y qué temperatura bárbara que hace”, y de fondo sonaba una canción llamada “Yo vivo en esta ciudad”, que me encanta, porque yo amo mi ciudad, y siento que la canción marida bien con sus adoquines y sus árboles. En todo esto pensaba cuando llegué al departamento del Señor Galli, donde me recibió muy amablemente su cadáver (y mi familia, por supuesto). Mi tío y su pareja fueron a la cochería a realizar el tramiterío y pagar cosas. Más tarde, mi tío dijo que le había dado risa cuando el tipo de la funeraria le preguntó: “¿De qué murió?”.
Hay un motivo por el cual esa pregunta es graciosa para nosotros. Pero para eso me debo retrotraer a un día de lluvia; específicamente, al día 9 de mayo del 2026. Lógicamente, lo primero que pensé al despertar fue: “uy, está lloviendo” e inmediatamente después pensé “ojalá todo salga bien”. Ese fue un día de lluvia y frío. En el mismo departamento de la ciudad de La Plata estaba mí familia reunida. Dispuestos en varias superficies del living comedor había servilletas y vasos de plástico blancos y azules, cantidades industriales de Coca-Cola Zero, sanguchitos de miga y bocaditos agridulces de confitería. Todos sentados en sillas alrededor de la sala para poder ver correctamente sin taparnos entre nosotros. Delante de nuestros ojos, El Señor Galli cumplía cien años de edad.
Los preparativos fueron puro estrés. Mi padre y sus dos hermanos se pasaron toda la semana comiéndose las uñas y hablando por teléfono. Ocurría un problema fundamental: el Señor Galli era el cumplidor de años (cumplidor “serial” de años), pero no estaba realmente apto para recibir visitas ni mucho menos salir de su casa. Todo le implicaba un esfuerzo sobrehumano. Pero lograron sacarlo de la cama, limpiarlo y sentarlo en su sillón favorito para el evento. Voy a ahondar en una obviedad muy comentada: es impresionante lo mucho que la vejez tiende a la infancia. El Señor Galli necesitaba ayuda para todo, igual que un bebé; no estaba capacitado para tomar decisiones, igual que un bebé; dormía muchas más horas de las que estaba despierto, igual que un bebé; comía pocas cantidades de comida, igual que un bebé; a veces no tenía sentido lo que decía, igual que un bebé; y su cumpleaños les importaba mucho más festejarlo a las personas que lo rodeaban que a él mismo, igual que un bebé.
Mi prima tuvo la idea de armar un video con fotos de él en orden cronológico, lo mismo que se hace cuando las chicas cumplen quince años. Estuvo divertido porque durante las dos semanas previas al cumpleaños todos buscamos fotos en nuestras respectivas casas y las íbamos mandando al grupo de WhatsApp familiar. Mi tío tenía todas las fotos de la infancia y juventud del Señor Galli, muchas en la vieja rambla de madera de Mar del Plata. No sé si le habrá gustado el video o si entendió algo, pero a nosotros nos hizo bien. Él estaba emocionado, aunque por momentos parecía no entender lo que ocurría a su alrededor. Se emocionó mucho cuando llegó una de mis primas cargando en brazos a su hija Martina, la quinta bisnieta del Señor Galli.
Por eso ante la pregunta “¿De qué murió?” mi tío sólo atinó a contestar: “De cien años”.
En el living del departamento donde unos meses antes habíamos celebrado ese cumpleaños, hoy mandábamos mensajes a familiares más lejanos y amigos más cercanos avisando del fallecimiento, aclarando que no íbamos a hacer velorio y que el entierro sería al día siguiente. En ese living hay un sillón individual viejo, de respaldo alto, que está justo al lado de la puerta del balcón. Ese era el sillón favorito del Señor Galli, supongo que porque entraba buena luz natural para leer y resolver crucigramas. La puerta de ese balcón estuvo cerrada durante los últimos años, porque la vejez le trajo al Señor Galli un frío constante. Durante todo el año la calefacción estaba al máximo y todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Ya nos habíamos acostumbrado a que era así. En cualquier época del año había que ir a ese departamento con ropa de clima tropical. Pero en algún momento de esas tres o cuatro horas que pasamos ahí asimilando la situación y luego esperando a la ambulancia, nos dimos cuenta de que el ruido insoportable que escuchábamos provenía de la estufa, que estaba prendida al máximo y, como ya no era necesaria, mi papá decidió apagarla. Y más tarde fue mi prima la que se dio cuenta de que había un aire bastante pesado y un olor ligeramente extraño (no entiendo por qué, si sólo había un cadáver en la habitación de al lado) que podría solucionarse abriendo la puerta al balcón. Y por primera vez en años (ciertamente por primera vez en mi vida) el aire cálido de la calle y el aroma de los naranjos de la vereda invadieron el departamento, y algunos dimos un paso más y salimos al balcón, para pisar un suelo nuevo y desde allí volví a pensar “qué hermoso que es este sol”.
Y exactamente cuando mi prima abrió las puertas del balcón y mi padre se asomó hacia afuera vio que estaba llegando la ambulancia. Dos muchachos jóvenes y fuertes entraron al departamento y sentaron velozmente al Señor Galli en una silla, para bajarlo por el ascensor. Luego, en la planta baja del edificio, lo pasaron a una camilla, y desde el balcón vi cómo metían en la ambulancia la camilla con El Señor Galli envuelto en una bolsa de tela azul muy oscuro.
Eso fue a las dos de la tarde y a partir de ahí se volvió cada vez más inútil permanecer en ese espacio, y lentamente nos fuimos retirando. Yo me fui sola, tenía que ir a la facultad a cursar, porque era mejor que quedarme sentada en mi casa. Me despedí de mi familia, bajé las escaleras y empecé a caminar para buscar el auto, que había quedado en un estacionamiento a siete cuadras. Recién ahí un poco me emocioné y se me humedecieron los ojos. Caminé por mi ciudad, que también es la ciudad de él, en su mejor momento que es la reciente primavera, porque se lucen los árboles cuidadosamente planificados, sin pensar nada exactamente, pero sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin El Señor Galli.
En la facultad tuve una sola clase, y resultó ser de poesía. Aprendí sobre un poeta argentino injustamente olvidado, que publicó su primer poemario exactamente hace cien años: una eternidad. A veces me acordaba de que un rato antes había muerto El Señor Galli, pero no me afectaba mucho; entendí que esta era la forma del mundo ahora: sin él; y tomé nota de los poemas. Después de la clase, algunos nos sentamos afuera y yo saqué una libreta de crucigramas nueva que había comprado justo el día anterior, y nos pusimos a resolver crucigramas ahí en grupo. Yo decía las definiciones en voz alta y escribía con lápiz la respuesta que alguien me contestaba. Comí un chocolatín que fue un afectuoso regalo y era lo primero que comía en varias horas, porque un poco me había olvidado de cómo funcionar normalmente. Después se sumó un rato la profesora que antes nos estaba leyendo poesía y nos ayudó con alguna palabra; eso nos hizo conversar un poco más de otras cosas con ella, que tenía una voz llena de calma y unos ojos preciosos como el sol de este día. Y me reí mucho, y todos nos reímos un rato. Luego llegué a mi casa, me hice un termo de tereré y durante dos horas me puse a escribir, escuchando de fondo algunas canciones de Spinetta. Más tarde llegó el mejor amigo de mi papá con su pareja para cenar y, recién después de eso, mientras me duchaba antes de acostarme, recordé que fue El Señor Galli quien me enseñó a resolver crucigramas cuando yo era muy chica.
Marcelo Adolfo Galli falleció el viernes 25 de septiembre de 2026 a las once de la mañana, a la edad de cien años, cuatro meses y dieciséis días. Los dos días previos había dejado de comer y beber, y por momentos tenía dificultades para respirar. Falleció tranquilo en su casa, acostado en su cama con sus tres hijos acompañándolo durante sus últimos momentos, exactamente como él quería (como todos queríamos). Del otro lado de su ventana, los adoquines de la calle quemaban bajo el sol y los árboles empezaban a dar sus mejores frutos, y todo ocurría al mismo tiempo, porque el mundo es simultáneo en sus contradicciones, y mi abuelo murió en un día precioso.
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