La pregunta prohibida
DOI:
https://doi.org/10.24215/18536212e146Resumen
Cuento.
Eran los días iniciales del otoño. El Discípulo no tenía aún ni medio mes en la Academia y ya había comprendido que sus Mentores no iban a enseñarle de verdad lo que esperaba. Eran, sí, eminencias indiscutidas en las ciencias que decían profesar, pero, contrario a lo que pensaba el vulgo, no había nada de extraordinario en ellas. Sería el secretismo en que envolvían sus saberes lo que les daba un velo esotérico, acaso con la intención de volver más valiosas esas artes para las autoridades. Además, el Discípulo notaba cómo el hermetismo impresionaba a la plebe y mantenía alejados a los jóvenes indiscretos. Jóvenes indiscretos como él.
Después de una clase particularmente soporífera con el Mentor Artífice, experto en la creación de autómatas y otras maquinarias de engranajes precisos, el Discípulo, asistiéndolo en la limpieza de las manchas de aceite, le inquirió sobre aquello a lo que llaman Magia. El Artífice resopló mientras acomodaba su última creación, una araña dorada que tejía su red al hacerle girar una pequeña manivela, y se desajustó la vincha que llevan los de su Claustro en la frente para contener las gotas de sudor:
— La magia es como el azar; así es como los simples llaman a la ignorancia de una serie de causas encubiertas que provocan un efecto visible. Confiá en mi palabra, Discípulo: cada vez que los Mentores desentrañamos la mecánica de alguna de esas causas, ya sean del cosmos, de los elementos o de la mente humana, las ilusiones se disipan y la fantasía retrocede ante la evidencia tangible. El mundo es en sí mismo un artefacto, y nos toca descifrar sus piezas, grandes o minúsculas, para recrearlas en nuestros talleres con modestos aparatos, los cuales no son más que modestas imitaciones del Gran Demiurgo. No deseo ser molestado de nuevo sobre estos asuntos, pero podés dirigir tus inquietudes a la Cámara de Alquimistas.
En invierno comenzó la enseñanza de la Alquimia; las calderas de los alambiques suelen ser un alivio para el frío. Un par de esas excelsas Alquimistas atendió a las preguntas del Discípulo, mientras se ajustaban los turbantes con que esta clase de Mentores evita que sus doctas cabezas suelten pelos, caspa y otras impurezas sobre sus destilaciones:
— Magia y brujería son lo opuesto a esta tarea. Nuestro uso de símbolos y nombres en clave confunde a los profanos, pero el proceso de unir y separar sustancias, reflejo de los movimientos constantes de la naturaleza (inspirar y exhalar, contraer y dilatar, inflamación y languidez), no tiene más secretos que los de la combinación precisa de los elementos correctos y en la medida justa, para trasmutar lo que ya existe. Pero crear algo de la nada o cambiarlo por aquello con lo que no tiene relación, es una idea posible solamente en las fábulas de los trovadores. Podés reflexionar sobre eso en tu tiempo de ocio, que no es este.
Al llegar la primavera daba clases el Colegio de Astrólogos, los Mentores que enseñaban sobre las órbitas y el poder de las Esferas Celestes, ya que el firmamento solía mostrarse despejado. El Discípulo les consultó sobre la Magia a los mejores entre ellos, cuando tuvo ocasión de tenerlos reunidos tras el astrolabio, en las noches amenas de la estación templada. El mayor de los Astrólogos se rascó la calva bajo su bonete, una prenda ridícula que en parte le daba apariencia de conexión con los mundos superiores y en parte le tapaba la falta de cabello. Contestó con prudencia:
— Algunos le dicen hechicería a la ciencia que estudiamos. Los entiendo: hay algo de maravilla en conocer las influencias con que los cuerpos cósmicos, de edad y tamaño inconmensurable, gobiernan las vidas mortales, el ritmo de las mareas y las inclemencias de la bóveda etérea. Hace falta alejarse de las distracciones cotidianas para estudiar estos asuntos graves, que pueden predecir hechos futuros y develar sucesos de un pasado remoto. Pero no hay que temer a los eclipses y las luces fugaces en el cielo: nuestra existencia efímera poco y nada les importa a los planetas. Su música puede llegar a percibirse, pero su danza no puede ser alterada por ningún humano. Somos observadores e intérpretes de un fenómeno que nos excede. Podemos, a lo sumo, anticiparnos a los plazos y proporciones de su influjo, lo cual es de por sí ambicioso. Pretender más es de charlatanes e insensatos.
El Discípulo no quedó conforme con esta respuesta. Al llegar el verano, bajó con otros jóvenes a la fresca aunque insalubre humedad de las catacumbas bajo la Academia. Allí dictan su misteriosa disciplina los Mentores Arcanistas, la Cátedra instruida en el significado oculto de los signos, las lenguas y los números. Prefieren cubrirse con capuchas y no revelar sus rostros, porque en muchos sitios todavía se los considera sacrílegos. El Discípulo no se atrevió a preguntar nada, pero durante aquella temporada aprendió sobre creencias y supersticiones de paganos e idólatras. Comprendió al final del año que la Magia que tanto lo intrigaba era un deseo común a toda la humanidad por controlar aquello que la aterraba, y replicar los prodigios que hacían a uno sentirse superior al resto. El Discípulo desistió de sus indagaciones, pero el último día fue llamado aparte por una encapuchada:
— Si alguna advertencia nos ha dejado revisar los viejos manuscritos, memorizar las lenguas ancestrales y transcribir los símbolos de antiguos sepulcros, es que el mayor peligro no proviene de ciudades en ruinas, espectros de ultratumba o engendros subterráneos: remover el pasado resulta peligroso ante los ojos de los actuales opresores. El arcanismo es una materia inofensiva hasta que demuestra que los dogmas vigentes se basan en las mismas premisas que las mitologías muertas, sino directamente en ellas. Ven en los sarcófagos de esas cosmogonías la advertencia del colapso de su propio poder. Y por eso los dogmáticos nos temen, prohíben y persiguen. Somos, además, los que ejercemos el libre pensamiento, y por lo tanto un enemigo muy fácil de señalar ante el vulgo que los sigue; desatan su escarmiento en nosotros y nos usan como ejemplo de lo que ocurre al desobedecerlos y entregarse a los prodigios inciertos que llaman la Magia. Hay, sí, o hubo, venerables Místicos cuyos dones podrías considerar como la maravilla que te intriga tanto, pero hasta ellos reniegan de los sacerdotes de sus credos. Es a los devotos ortodoxos y extremistas a quienes hay que temerles. Te aconsejamos, por eso, no llevar más adelante tu pesquisa. O hacerlo fuera de nuestra Academia. Quizás, de hecho, convenga dar por terminados tus estudios aquí.
El Discípulo, desde entonces, evitó los templos y basílicas de la ciudad, pero empezó a rondar los altares y santuarios marginales de los Místicos, erigidos por fuera de los muros de la ciudad. Siguiendo a unos dolientes cargados de ofrendas, llegó durante la luna nueva a la Comuna de los Sanadores, de quienes oyó rumorear que oficiaban siempre en nombre de la divinidad, desde luego, aunque sus ritos no fueran canónicos. Es sabido que Místicos así pueden curar mediante la imposición de manos o con la manifestación de las palabras, y purificar los males del cuerpo y de la mente con el agua y el aire. Se los reconoce fácil si llevan una capa liviana sobre sus hombros, para indicar su entrega parcial al mundo espiritual, dejando a la vista la mayor parte de su cuerpo terrenal, con el que alivian a sus dolientes.
Aquellos Sanadores en particular tenían una muchedumbre nutrida haciendo fila. El Discípulo alegó una dolencia importante para acercarse a una de ellos, ofrendó algunos de sus pocos objetos valiosos y deslizó con fingida ingenuidad la pregunta de en qué se diferenciaban sus poderes de algún encantamiento. La Sanadora entendió la verdadera intención de la consulta, y le susurró, mientras rociaba agua perfumada sobre la cabeza del joven:
— Yo no sé de encantamientos, pero tampoco entiendo por completo el Don que me fue concedido. Comulgo con las palabras que predica el Dogma, pero comulgo más con la vida de quienes acuden a nosotros. Es del alto grado de esperanza o desesperación de lo que se nutre mi gracia, y no funcionaría si los dolientes no creyeran en mí. Supongo que mi cuerpo no hace más que manifestar un poder superior. Quizás el Don no hace más que reflejar esa enorme confianza que deposita en mí un creyente tras otro, y la devuelve a ellos en forma de alivio. Pero no soy una devota consagrada a la vida espiritual; no cuestiono cómo funciona. Y no veo por qué habría que hacerlo.
El Discípulo abandonó el paraje luego de oír las noticias acerca de una Santa que moraba a pocas jornadas de allí, al principio como una ermitaña y luego rodeada por toda una Congregación de peregrinos asentados alrededor de su santuario. Llegó hasta ellos en el cuarto creciente. La mujer sagrada le agradeció que dejase un generoso donativo para el arca comunal, y él se desprendió del poco dinero que aún le quedaba. Ella, como suele pintarse a los Santos, se vestía con una toga de colores claros, mostrando la conexión casi total con el mundo espiritual al dejar solo brazos y rostro al descubierto: sus únicos vínculos con el mundo material. Accedió a escuchar el pedido del muchacho, pero luego se retiró a meditar en silencio por el resto de la noche. Sus fieles recolectaban los enseres que ella había usado o incluso la tierra que pisó para ofrecerlo todo, después, como reliquias. Horas más tarde, los más veteranos entre los fieles volvieron con una respuesta de parte de la Santa:
— La Magia, nos dice la Santa, es el intento de forzar con trucos aquello que solo se consigue al retirarse de los placeres y conflictos triviales. No hay forma de lograr un prodigio salvo congeniando con muchos seres a la vez y con un fervor intenso. Aquí somos toda una comunidad que vuelca sus pasiones en un mismo receptáculo, que emana o impone antes que nada la paz; una Santa o un Santo no son más que alguien que se distancia para volverse un modelo para el resto. Los Sanadores curan el cuerpo y la mente, pero los Santos salvan el espíritu. Promueven lo mejor de los otros, son un paradigma, y cosas increíbles se materializan si tantos desean a la vez lograr una misma prosperidad. O fulminar a la misma amenaza.
El Discípulo notó cierta advertencia en estas palabras, y abandonó ese territorio. No llegó muy lejos. Al nacer la luna llena, los acólitos del Dogma, alertados por alguna denuncia, lo capturaron y lo encadenaron en alguna mazmorra para interrogarlo, hasta considerar si su insistencia en los asuntos mágicos implicaba algún peligro herético. Cuando fue llevado desde su celda hasta el Concejo de los Invocadores supo la gravedad de su proceso. Los acólitos se retiraron luego de besar las manos de cada uno de los Invocadores, los Místicos más fanáticos del Dogma, que se envolvían, como es usual, en sus túnicas abiertas al frente, con mangas amplias y el ruedo hasta los pies; un atuendo que representa una entrega casi total al mundo espiritual, que si bien tapa mucho del cuerpo no siempre logra ocultar las varias laceraciones autoinfligidas. El Concejo se expresó, sentencioso:
— Es una falta grave contra el Dogma cuestionar siquiera el origen de sus dones. Adjudicamos a una gran ignorancia creer que los prodigios de los que somos capaces se asemejan de alguna manera a los maleficios de nigromantes y de brujas. Aunque tampoco todo lo asombroso funciona como los poderes de los Sanadores y los Santos. Ellos reciben los dones por mera Gracia, nosotros debemos obtener el favor de las fuerzas superiores a través del martirio, del suplicio y el flagelo, propio y ajeno. Nace un gran poder del sufrimiento. Las oraciones son mejor escuchadas cuando cargan con la fuerza de los gritos, exhalados o reprimidos. Es preciso que propios y ajenos nos teman, no por crueldad: es el precio de ser un combatiente espiritual. Los Invocadores pedimos, no simplemente recibimos, parte de la potestad divina para bendecir a los devotos y aniquilar a los blasfemos, para dar ánimos a los adeptos o atribular a los enemigos del Dogma. Para encaminar a las ánimas loables al más allá, o para expulsar a los espíritus malignos de vuelta al cubil de los engendros. Y ahora, aunque tu impertinencia parezca un asunto menor, tu condena y tu padecimiento van a reforzar nuestra cruzada.
Las torturas duraron hasta el cuarto menguante; esa misma noche alguien abrió la celda y el Discípulo huyó hasta las ciénagas de las regiones solitarias. Allí encontró un Cenáculo clandestino que veneraba a un supuesto Profeta, a quien los sacerdotes y patriarcas del Dogma no veían con aprobación. Llevaba un manto que tapaba su cuerpo casi por completo, un símbolo común del rechazo absoluto a los asuntos mundanos. Sus seguidores estaban retocando una efigie que, según él, no terminaba de ser fiel a su rostro real. El Discípulo se sintió compelido a prender una vela cuando los otros dieron la artesanía por terminada. El Profeta lo sanó de sus heridas, y las pocas palabras que el Discípulo pudo pronunciar le alcanzaron al Místico para compartirle su sabiduría sobre lo que algunos llaman Magia:
— Los sortilegios y tales tentaciones de alterar la realidad son un deseo infantil de mortales egoístas. No es un crimen, como quieren hacerlo ver los interrogadores del Dogma, salvo que su práctica conlleve lucro o daños. En general, quienes malgastan su tiempo y su energía en esos temas lo hacen por un amor propio que los incita a ser distintos al resto, a juntarse en alguna clase de grupo selecto, a tener razón sin conocer realmente alguna ciencia ni enfrentarse con el gran desafío de entender la vida humana. Son, de alguna manera, como nosotros los Místicos: intuyen que hay algo más que cansarse y descansar en este mundo, solo que carecen de la humildad para descubrirlo como parte de una colectividad. No les interesa o no se atreven al desafío de involucrarse con las esperanzas y necesidades de la gente sencilla. Dicen que los Profetas logramos una máxima conexión con lo sagrado. Es verdad. Pero que algo sea sagrado depende de la veneración de toda una comunidad; es la realización simultánea de ritos y de hábitos, la vigencia de tradiciones y relatos entre gente común, que solo en una unión constante logra crear algo más fuerte que ellos mismos. Si yo logro escrutar los propósitos de un poder superior, del que poco me importa el nombre exacto, es porque muchos otros avalan a la vez la existencia de ese poder. Reconozco los signos del destino y recuerdo los tiempos venideros. Sufro visiones intensas o viajes oníricos, y me alcanzan revelaciones que a veces preferiría no saber. Puedo oír más allá de las palabras, y mi mirada atraviesa las distancias de los siglos y la tierra. A veces me desligo de la realidad, y otras llego a torcer sus leyes y apariencias. Pero ninguno de esos prodigios es mágico. Son el resultado de la gran confianza depositada en mí. La convivencia de muchas pasiones trabajando al unísono.
El Discípulo descansó de todo un mes de gran demanda, pero sin considerar que su esfuerzo haya sido recompensado. En la búsqueda de una fuente más directa, se arriesgó a internarse un día en la plaza del mercado. Había llegado una feria ambulante, y se anunciaba la presencia de Magos de diversas clases. Hacia el mediodía, encontró a la Cofradía de Ilusionistas demostrando sus talentos sobre un retablo. Usaban varitas con piedras brillantes en la punta, o directamente todas hechas de cristal, como dicen que se estila según su prestigio. Al terminar el acto, pleno de sorpresas, musicalidad y luces coloridas, el Discípulo se infiltró entre bambalinas, y después de halagar un buen rato a los artistas de la fantasía consiguió una respuesta más o menos coherente sobre el origen de la Magia:
— A ver, querido admirador, la ilusión precisa al menos dos participantes: el que muestra y el que cree. Pero no es un truco, más bien un juego. Mentalistas, hipnotizadores y encantadores desafiamos la percepción ajena, ejercitamos nuestra memoria y nuestra voluntad para sugestionar el ánimo. Quizás nuestro espejismo sea ficticio, pero las sensaciones que genera son ciertas, y la maravilla que sucede es real para los testigos. Es, lo admito, una clase de manipulación, pero también una profunda conexión mental y emocional, a veces de uno a uno, aunque los grandes Ilusionistas pueden influir sobre muchas a la vez. Hay otros Magos de talentos más sutiles, si nuestra función no te dejó satisfecho.
La charla derivó hacia puestos más oscuros de la feria, y al caer la tarde le señalaron al Discípulo la tienda de una clarividente. El Clan de Adivinos tenía licencia para leer la fortuna en las líneas de las manos, la tirada de naipes, de runas, de huesos y de otras baratijas. Solo les habían prohibido escrutar entrañas de animales y vuelos de pájaros. Pero esta Adivina tenía fama de una videncia más elemental. El Discípulo pagó el módico precio por una sesión, y realizó a la agorera la consulta de si conocería alguna vez el origen de la Magia. Ella no usaba bolas transparentes ni horóscopos, y su único símbolo esotérico era un bastón de metal, heredado de los vates antiguos, muchas veces ciegos ante la realidad tangible pero compensados por sus dotes extrasensoriales. Se sabe que los Adivinos menos prestigiosos enchapan el pomo y la empuñadura del bastón con bronce, y que los de mayor sapiencia utilizan uno por completo de oro. Esta lo tenía recubierto de plata. Apartó el humo perfumado de los sahumerios y señaló al Discípulo con la punta plateada:
— Esa consulta es peligrosa, y no hace falta un oráculo para saber que te traerá problemas, si ya no te los trajo. Pero, sea, dejemos de lado el formalismo: te predigo, o más bien te prevengo, que llegarás a satisfacer tu duda al persistir en las preguntas. Te adelanto también que vas a encontrar algo distinto a lo que estás buscando, si bien lo que esperabas ha cambiado desde que empezaste a preguntar. Yo entreveo el pasado, el presente y el futuro, incluso otras realidades distintas a la nuestra, así como los pensamientos ajenos y el sentido en los sueños. A eso podrías decirle Magia, porque no es natural y no viene de ninguna divinidad, si es que tal cosa existe, sino que surge de la vibración en sintonía con un suceso o una persona excepcional. La fuente de lo mágico es un vínculo más íntimo, antes que nada con uno mismo. La gente huye o niega las vivencias asombrosas, propias o ajenas, presentes o pasadas: aparta su mente de lo que le da miedo, o lo contempla tan solo como un espectáculo. Terminan los aplausos y esa energía se disipa; la Magia es conservar energía, hacerla más intensa, proyectarla, captarla e imprimirla en signos, frases y pertenencias. A veces en criaturas o lugares. Pero yo no sé mucho de eso, yo apenas presiento oleadas de aquellas imágenes o voces que alguien me quiere compartir con mucho énfasis, con una necesidad tan profunda que logra hacer un puente entre las regiones y las épocas. A veces entre la vida y la muerte. Me da miedo saber más, o abrir mucho esa puerta. Ahora fuera, que me toca volver a las consultas de maridos cornudos y enamoradas tristes.
El anochecer había avanzado. Una niña salió al cruce del Discípulo, entre los límites de las tiendas de feriantes, y soltó un lagarto albino que huyó monte adentro. El Discípulo decidió seguirlo, o lo siguió sin decidir. Desembocó en los lindes de una hoguera del Círculo de las Brujas. Ya era de noche. El aquelarre danzó, cantó, realizó actos impíos y cuando ya estaban a tono, sacó al infiltrado de su escondite inútil entre los matorrales, todos dispuestos a darle una bienvenida acorde. Los brujos y brujas extendieron hacia él sus poderosas varas, útiles tanto para potenciar un sortilegio como para dar un garrotazo. Algunas tenían un cráneo incrustado en la punta, y las más importantes se habían fabricado con un largo hueso de procedencia indefinida. El Discípulo fue vejado y mortificado hasta que algunos rostros familiares lo reconocieron. Él también reconoció algunos Mentores de la Academia, varios Místicos del Dogma y muchos Magos de la feria, quizás no tan cercana en realidad. Las voces conocidas convencieron a los chamanes y curanderos que presidían el Círculo de escuchar la pregunta del Discípulo. Los druidas más celosos y los sombríos nigromantes también aceptaron, al final, conocer los motivos del espía. Cuando los supieron, se rieron con ganas y admitieron darle una lección de lo que era la Magia. Habló la más vieja de las brujas:
— ¿Quiere ser un Mago, el borreguito? ¿Querés saber qué pasa más allá de las normas? ¡Mirá! ¡Acá los más selectos se despojan de las molestias de la vida humana! Mientras los infelices se levantan a trabajar para su amo, que es tan infeliz como ellos, mientras los desgraciados lloran por perder una vaca, o por unas monedas, y se pelean por tres palmos de tierra, se quejan de la edad y se acuestan sin ganas con quienes no aman, acá sí que se vive. Allá, en los caseríos y los pueblos y ciudades, hay que apagar el instinto para seguir las reglas. Para poder ser parte. Qué vida de mierda. Hacen templos vacíos, repiten oraciones que no entienden, y veneran las reliquias de lo que alguna vez fue energía en movimiento y ahora es la pantomima de un ritual. Creyentes por obligación y compromiso, ovejas congregadas por el miedo a morirse, o de animarse a vivir. Usan a los animales y a las plantas, pero no saben nada de la vida salvaje. En vez de exprimirlos hasta que no sirvan, deberían aprender cómo crecen, qué pueden lograr. Gritan “¡Magia!” si una se comunica con un gato sin palabras, ¡pero no hay mayor entendimiento mudo que el de un animal que acompaña a un humano! Las plantas venenosas que matan a su ganado y su familia no nos dañan a los que comimos un poco de ellas cada tanto, lo suficiente como para volvernos inmunes a sus tóxicos. Pero la Magia es más que ser íntimos amigos de la naturaleza.
Una copa de contenido repugnante circuló entre los Brujos. El huésped fue obligado a tomar. La más sabia continuó:
— Nuestros ritos sí que significan algo. Es una larga continuidad con tradiciones que nunca se han gastado, porque quienes las mantenemos creemos genuinamente en ellas. Y el que no, que se vaya. Seremos pocos, pero repetimos con fervor las danzas y los cantos, ceremonias que cambian de intérpretes pero no de pasiones: revivimos la intensa emoción de los predecesores, reavivamos sus sentimientos puros: la euforia ancestral, la excitación profunda de las criaturas primigenias, la ira ciega, el terror verdadero a lo que hay más allá, el deseo auténtico, liberado de las trabas y prejuicios que los mediocres no desatan jamás. Somos los herederos de los excepcionales, los de una Voluntad tan fuerte que era imposible someterla a la erosión de la existencia mundana. Los selectos se reconocen entre ellos, potencian su energía, la sienten en signos etéreos o tangibles: palabras y gestos que no significan nada para la mayoría, para ellos emiten una carga que pueden usar a su favor; reconocemos un amuleto que protege del daño o un talismán que atrae la fortuna en cosas que pasan desapercibidas a cualquier obtuso. Hay sitios que nos llaman aunque no estén marcados para nadie más. El paso de los años no disipa el efecto: los embrujos solo valen porque, con intensa determinación, los seguimos repitiendo en hogueras apartadas, entrenándonos y entrenando a quienes son afines para alcanzar el grado máximo de las sensaciones. A veces una comunidad existe tan solo una noche, otras no se reencuentran por años. Suele ocurrir que haya un solo Mago sosteniendo la esencia heredada, y que tarde una vida en hallar a quién pasársela. Los brujos no compartimos los secretos con cualquiera; podemos sanar e incluso revivir los cuerpos; hay alguien en el remoto abismo de los tiempos que deseo como nadie que otro reviviera: nosotros mantenemos vivo ese deseo, encerrado a veces en una fórmula ritual, en una danza orgiástica, en un ritmo primitivo. Algún otro ancestro, hace generaciones incontables, quiso como nunca que alguien se muriera. Los brujos conocemos qué palabras pronunció o en qué fecha surgió la maldición, y la seguimos cargando de esa intención tan honda para usarla contra un enemigo. Cierta antiquísima antecesora imprimió sus ganas de amar a alguien en algún elemento, un material o una combinación de sustancias, y esas ganas siguen allí para quien sepa encauzarlas a nuevos amantes. Y así, con todo un bagaje de brujerías y pociones, cada Círculo dedica su vida a mantener viva alguna Voluntad.
La copa que hicieron vaciar al Discípulo borró cualquier otro recuerdo de la hoguera. Sintió latir alrededor la vida de los montes, y la criatura animal que encerraba en sí mismo, y la maleza acechando a su futuro abono, y el dolor y el placer de los demás. Cuando volvió en sí, la noche casi terminaba. No había rastros de la hoguera ni mucho menos de la gente. Vagó por el monte hasta llegar a un pastizal cuyos límites se perdían en el horizonte, el cual ya empezaba a clarear hacia el oriente. No podría decir cuánto tiempo había pasado, quizás era el amanecer de un día distinto al que pensaba. Tampoco estaba seguro de qué territorio lo rodeaba. Ni bien el ápice del sol quebró la línea entre el cielo y la tierra, la luz del alba recortó una silueta sentada en un montículo. Era un miembro de la Conjura de Hechiceros. Sus ropas eran las de un campesino, y la barba no era especialmente larga o canosa, pero su mano sostenía un báculo de madera más alto que él, emblema de la vejez que alcanzan las mayores eminencias entre los grandes Magos. Como corresponde a su clase, este había elegido un tronco joven, limpio de ramas, y lo usaba invertido. Sus raíces retorcidas, en la punta del báculo, tenían caracteres grabados que se repetían en otros puntos de la madera gastada. Si bien algunos ocultistas y conjuradores de alto rango eligen tallar finamente sus báculos, o adornarlos con materiales preciosos, el de este Hechicero era bastante rústico. Más bien tosco, la verdad.
El asiento que el Mago había encontrado para descansar era el cráneo petrificado de un gran felino dientespada. Cuando distinguió al joven resacoso lo invitó a sentarse. Esta vez el que preguntó no fue el Discípulo, sino el otro. Se interesó por los pormenores de su búsqueda de una respuesta, de su expulsión de la Academia, la condena de los dogmáticos y la bienvenida del aquelarre. No le pidió detalles de su arriesgada noche monte adentro, porque reconoció las marcas de un huésped de sus colegas más eufóricos. Una vez que el Discípulo se despabiló del todo, recién entonces el Hechicero le brindó la última parte de la respuesta a su pregunta:
— Un Hechicero es un poco todo lo anterior que ya anduviste viendo, apenas tengo algo nuevo que agregar. Conjurar las fuerzas espirituales suena parecido a lo que hacen los Místicos, nada más que ellos piden esperando que el más allá tenga ganas de atender su petición. Los Magos, en cambio, hacemos que las cosas pasen. En eso quizás nos parezcamos a los Mentores académicos. Pero la Magia, para mí, es lograr algo contra toda posibilidad. La matan la esperanza o la certeza, porque no se puede esperar que el prodigio suceda por sí solo, ni que ocurra por causas naturales. ¿Manipular los elementos y la realidad, romper las leyes del tiempo y el espacio, correr la barrera entre la vida y la muerte?, todo eso demanda una vida de gran incertidumbre, pero también de una fuerte voluntad. Hace falta, más vale, un alto poder de concentración y una vasta memoria para manifestar un hecho mágico. Ni hablar para crearlo.
— Gracias, lo entiendo, pero me sigue intrigando el origen de todo lo maravilloso. No creo que solo el estudio y el entrenamiento, o un don caprichoso, otorgue esos poderes.
El Hechicero asintió. La curiosidad del Discípulo era tan grande como había escuchado decir.
— Cierto. Hemos llegado al germen del asunto. Fijate en el cráneo de esta fiera de los tiempos ancestrales. Tratá de concebir la impresión que habrá causado en los primeros mortales el primer encuentro con un dientespada, o con una bestia mastodóntica. Podría ser también un impacto equivalente ver la potencia de la primera tormenta desatada, o el suceso inédito de un eclipse tragándose la protección del sol. Imaginate presenciar eso allá en el tiempo en que aún no había palabras para expresar el miedo extremo o un asombro inconmensurable. De ese primer mortal brota un deseo intenso y primigenio de escapar, de detener o de eliminar la terrible amenaza, desconocida hasta entonces. Un hecho así desata una fuerza desmedida que no puede canalizarse en el amparo de un rezo, la prudencia de una hipótesis lógica, la catarsis de una buena puteada. Un hallazgo de esa magnitud puede parar el tiempo, fulminar el terreno, transportar el cuerpo a otro lugar. Es un deseo de supervivencia más allá de toda explicación, que no ha desarrollado todavía el instante en que nuestra mente nos dice “Calma, es solamente mi imaginación”, o “Tranquilo, leí en algún lado sobre esto”. No. Todo su ser, cada sentido y cada fibra, ha sido alterado por la sorpresa más absoluta, un asombro o un horror que nunca conoceremos los demás.
— Por suerte.
— Sí, bueno, te la regalo estar en el pellejo de esos tipos. Cualquier otro humano ancestral que ya haya sido advertido del fenómeno tendrá dos opciones: si es lo bastante imaginativo, inventa una creencia que le dé contención, y quizás la predique. Si es de carácter razonable, examina el fenómeno y da un paso importante en el largo camino de las ciencias. Pero el primero en haber vivenciado ese portento no habrá tenido chances de elucubrar nada: es pura emoción, un sentimiento tan hondo que dejará una huella imborrable en él, acaso en su descendencia, o en la tierra que pisa o en aquello que toque. Quizá muera por la impresión desbordante, pero la impresión queda impresa en esa carne muerta, en ese entorno o en sus pertenencias. La magia es antes que nada energía y vibración. Bueno, ese atormentado o exaltado humano primitivo, si ha sobrevivido, tendrá luego tres opciones: o se entrega a la fe que otros crearon para explicar el mundo, o se interesa en la erudición que, más lenta, también le da respuestas, o toma un camino por completo distinto.
— Es decir, conserva la pureza de su conmoción.
— Exacto. La atesora, la pule, la imprime en aquello que conviene a su imagen de lo maravilloso: en una piedra rara, cierta cueva apartada, una marca o dibujo, una fecha puntual si descubriera los ciclos anuales, o algún sonido nuevo que logra con su boca. Los primeros hechizos, amuletos y símbolos mágicos. Algunos atormentados se habrán sobrepuesto, y continuado con sus vidas de cacerías, recolecciones y reproducción. Pero algunos no. Algunos se entregaron a lo desconocido. Cada una de esas criaturas proto humanas es un primer tipo de Mago. En algunos de nosotros, los Hechiceros, late esa herencia que se remonta al origen de los tiempos. Otros miembros de la Conjura deben conectarse con ese legado y reclamarlo para sí. Por afinidad o descendencia directa, los que nos entregamos a ese llamado podemos extraer aquella esencia para replicar sus efectos, o imbuir con ella algún fragmento de nuestra realidad para lograr conjuros nuevos. A veces un Hechicero manifiesta sus dones de manera espontánea, otros logran despertarlos practicando los métodos y saberes de una orden secreta. Lo más común, si el aprendiz ya está listo, es que aparezca un guía que lo inicie en el camino de la Magia. Quizás tu curiosidad irrefrenable, que te valió expulsiones, torturas, injurias y por poco la muerte, está en sintonía con el eco de la primera persona que vio el inmenso mar, o el cielo estrellado, y potenció como nadie los deseos de entender el universo. O a lo mejor late adentro tuyo un fragmento de aquel hecho ancestral. Podríamos averiguarlo si de verdad te importa.
El joven aceptó sin rodeos. El hechicero le entregó una semilla con la cual, a lo largo de su aprendizaje, el iniciado cultivase el árbol que le diera el tronco o una de sus ramas, según cuánto durasen sus estudios, para tallar su propio báculo, indispensable para canalizar los poderes que hubiera adquirido al conseguir su nombramiento como Mago.
El amanecer había dado paso a la mañana. Ambos se alejaron, juntos, del cráneo petrificado entre los pastizales.
El Discípulo había encontrado a su Maestro.
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