Desafíos para la legitimidad profesional en Uruguay
DOI:
https://doi.org/10.24215/26837684e025Palabras clave:
profesión, legitimidad, cuestión social, tecnología, UruguayResumen
El texto problematiza en torno a los desafíos contemporáneos a los que se enfrenta la profesión, como parte de los debates teórico epistemológicos que la disciplina debe darse para enriquecer sus reflexiones críticas sobre estos procesos. El artículo plantea una discusión en relación al sentido social y la legitimidad que adquiere el Trabajo Social a partir de las transformaciones en curso, problematizando el impacto que estas tienen en el desempeño y en la formación profesional. La influencia externa sobre los procesos nacionales en general y constitutivos de las ciencias sociales en particular, así como el avance del proyecto neoliberal y sus coletazos como la focalización y por tanto, la inminente incorporación de tecnología digital e informacional en la política social, atraviesan el desarrollo profesional y capturan las potestades sobre el manejo de los recursos materiales, que históricamente formaban parte del repertorio para el desempeño profesional en sus abordajes, mientras que, las crecientes y acuciantes condiciones de pauperismo crónico que la acumulación flexible imponen a la población, convocan el quehacer profesional desde una infaltable relación de proximidad en sus intervenciones. Este escenario es a su vez complejizado por el aumento del caudal de profesionales y técnicos del área de salud, psico-social y artística que, en la actualidad, son convocados para atender la llamada cuestión social.
Metodología
A partir del análisis documental y la interpretación desde un enfoque cualitativo, el artículo recupera conceptualmente, algunas determinaciones como condiciones socio históricas que sirvieron para la emergencia y legitimidad profesional del Trabajo Social en Uruguay. En este sentido, el devenir de la profesión será asociado al desarrollo de la economía política burguesa y la atención de la llamada cuestión social en el marco del capitalismo monopolista [1]. La articulación de mediaciones, van hilando de lo general a lo particular, una columna de argumentos que permiten situar históricamente al Trabajo Social, así como, delinear la problemática que enfrenta y desafía, tanto en su desempeño profesional, como en su formación. Cada coyuntura político-económicas y su desarrollo propio, atraviesa la profesión e implica condiciones. La construcción del objeto ha sido en todo momento entendido como un proceso dinámico que no tiene un final más que formal y donde los límites de las distintas etapas de trabajo son siempre frágiles y difusas. El desempeño metodológico ha sido realizado desde un tratamiento que toma como marco temporal, un contexto histórico amplio, como análisis de largo plazo.
Desarrollo
Pensar la legitimidad de la profesión como sentido social, es pensar las condiciones que hicieron posible su emergencia en el marco del capitalismo monopólico [1], con la intervención sobre la llamada cuestión social [2] y su rol profesional en la creciente división del trabajo [3,4] .
El desarrollo teórico epistemológico de la profesión sólo se comprende como parte de las leyes que rigen la economía política, “(…) ciencia de las leyes que rigen la producción y el intercambio de medios materiales de subsistencia en la sociedad humana (…) la Economía Política es la ciencia de las leyes sociales de la actividad económica” [5].
Es en este marco donde el surgimiento y emergencia de la profesión hace que adquiera sentido social y legitimidad, demandándole habitar un espacio contradictorio, que le resultará propio por la vía de los hechos, concretando una razón ontológica para su aparición y pertinencia. Este ámbito contradictorio y hetero determinado, que resulta de la síntesis de diversos intereses, incluido los intereses profesionales, es el lugar donde se despliega su abordaje, una síntesis que parece permitir ciertos rasgos de relativa autonomía.
Dicha tensión es inevitable. Representa la noria de la lucha de clases, con consecuencias y expresiones en la llamada cuestión social, pero que, sin agotarse en ella, significa un caudal de demandas hacia la profesión, que, a lo largo de los años, se vio complejizada por otras determinaciones y trasformaciones societarias [6], repercutiendo en la profesión, como réplicas de un sismo que provoca en el mar, círculos de movimientos históricos.
Pensar el desarrollo profesional es entonces, entenderlo dentro del proceso de ampliación de ciudadanía, que, en los términos de Coutinho [7], representa las conquistas de sujetos políticos colectivos, enfrentando y luchando cotidianamente por la conquista de espacios, recursos y posiciones. “(…) la capacidad de clase dominada de hacer política” [7].
Durante la Segunda Pos-Guerra, en algunas naciones y economías centrales, se generaron procesos de desmercantilización, llamados Estados de Bienestar [8]. Esta ampliación en los países centrales, significó en muchos casos, el traslado de la llamada cuestión social nacional, hacia los países periféricos, por medio del imperialismo. Argelia, Vietnam e Indochina, sufrieron la invasión y la guerra de Francia en este período (Estados del malestar como contracara dialéctica de los Estados de Bienestar).
Esta ampliación de derechos, fue en parte, por la presencia de la clase trabajadora como sujeto-colectivo, que, por medio de la política, fortaleció su representación, “(…) exigiendo su reconocimiento como clase por parte del empresariado y del Estado” [3].
Al mismo tiempo, en algunos países de Latinoamérica, se procesaron modelos de desarrollo industrial, a partir de una política con pretensiones proteccionistas que proponía sustituir las importaciones con producción nacional, generando empleo, ampliando una ciudadanía edificada en torno al trabajo y administrando la llamada cuestión social con integración al mercado laboral.
Mas adelante, ya en los años sesenta, este modelo de sustitución de importaciones, entró en crisis. Esto ocurrió, porque “(…) una política que insiste en la sustitución de importaciones y en el financiamiento externo, y que no logra incrementar las exportaciones, tiende a perder su eficiencia, con frecuencia, en un plazo relativamente corto” [9].
Este agotamiento fue en parte una crisis para la democracia, la ampliación de ciudadanía y la protección social, que en términos de Rosanvallon [10], debió correr el velo de la ignorancia para identificar al beneficiario. El ajuste, sentenció la focalización hacia la pobreza [11] consolidando un corrimiento del modelo universal de bienestar clásico hacia un modelo “social inversor” [12], promoviendo en los ciudadanos su no-dependencia del estado a partir del paradigma de la activación [13].
La transformación del Trabajo Social Latinoamericano
Para el Trabajo Social regional, esta coyuntura de crisis significó un enorme desafío, que desencadenó en un profundo debate sobre sí misma, a partir de la crítica de versiones profesionales europeas y norteamericanas. Este escenario se vio complejizado a su vez por la crisis económica y política regional, la situación de dependencia [14] y la guerra fría, para una profesión surgida a partir del desarrollo, la ampliación de la ciudadanía y la protección social.
En Uruguay la Facultad de Medicina estableció en 1927 la primera formación profesional. Más adelante en 1936 esta formación se traslada a la Escuela de Sanidad Pública y Servicio Social dependiente del Ministerio de Salud Pública [15], aunque ya en 1933 esta formación se dictaba desde el Instituto de Higiene de Facultad de Medicina. La formación que se realizaba desde Facultad de Medicina en 1953, tuvo un cambio en su titulación y paso de llamarse Visitadora Social, a llevar el nombre de Asistente Social.
A partir de la cooperación internacional de la ONU, se creará una tercera escuela de Servicio Social en el año 1954 con la asesoría de dos profesionales chilenas Valentina Maidagan de Ugarte y Rebeca Bustos Julien. Esta formación será de carácter público y con una orientación desarrollista propia de la época. Según Acosta [15], esta escuela en su inicio dependerá del Ministerio de Salud Pública y será conocida como la “Escuela del Ministerio”. En ese mismo año, un proyecto de formación desde la Universidad de la Republica (UdelaR), comenzará a trabajar para inaugurar en 1957 una Escuela Universitaria de Servicio Social (EUSS). La Ley orgánica de la Universidad de 1958 consolidó este proceso de autonomía.
La crisis de los diferentes modelos de industrialización por sustitución de importaciones, comenzaron a agotarse y pronto sobrevino la subordinación internacional a los mercados de préstamos financieros, que dejaron entrever el contrapunto del desarrollo desigual y combinado de la economía mundial [16]. Para establecer esta relación, tenemos que ir hacia atrás, cuando se conformó la creación del FMI en la década del cuarenta, a partir del acuerdo de Bretton Woods cuando se sientan las bases para su funcionamiento a partir de 1947.
El proceso que acompañó este nacimiento viene desde la Primera Guerra Mundial, mientras aún regía el patrón oro como conversión del mercado mundial y Gran Bretaña lideraba la economía mundial. El periodo entre guerras supuso una transición donde surge una nueva potencia, EEUU. Luego de esto, el patrón único ya no existe y el Dólar Americano ocupa ahora su lugar en un orden financiero mixto, haciendo de ella una moneda clave [17].
La creación del Fondo significó la asistencia a economías deficitarias. Los países ingresaban al FMI como socios con diferentes cuotas y según ese monto se les asignaba la cantidad de votos para las decisiones de la institución.
Este condicionamiento económico-financiero es clave para comprender la pobreza y el desempleo de larga duración que nos acompaña hasta la actualidad y, a su vez, para contrarrestar con argumentos los relatos que asientan explicaciones sobre el pauperismo en robinsoneadas individualizantes. Pero también para comprender el devenir de la profesión, sus problematizaciones teóricas y conceptuales, así como su formación y las demandas que le son impuestas.
La influencia del FMI en la economía latinoamericana guarda estrecha relación con la crisis económico-financiera que afectó en forma creciente a los países del área desde mediados de los cincuenta. Chile en 1954, Bolivia en 1956, Paraguay en 1957, Colombia y Argentina en 1958, establecieron nexos con el Fondo, que presionó para la adopción de políticas de estabilización monetaria, cambiaria y fiscal [9].
Durante la gira del presidente Nixon en 1958 por ocho países latinoamericanos, el presidente de Brasil Kubitschek trató de persuadir a EEUU de generar un Plan Marshall para Latinoamérica llamado “Operación Panamericana”, en nombre de la “causa de occidente”, para defenderla del avance del bloque comunista [18].
Seguramente, existen varios ejemplos que forman parte de esta manipulación extranjera, como el caso de Chile, donde economistas de la Universidad Católica formados por la Universidad de Chicago, formaron parte de la estrategia norteamericana de control e implementación de un plan económico ultra neoliberal, durante el golpe de estado cívico-militar [19]. EE. UU desplegará en todo el planeta la construcción de una red de espías que trabajan por detrás de la escena pública, como la Red Stay Behind en Berlín occidental, que significó una estrategia en el marco de la Guerra Fría.
Estas iniciativas para nuestro continente tomarán forma. “La Operación Panamericana de Kubitschek desató el proceso que culminaría, (…) en la firma de la Carta de Punta del Este y, un poco antes, en la creación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID)” [18].
En marzo de 1961 luego del triunfo de la Revolución cubana en 1959, el presidente de EEUU Kennedy, seguramente amedrentado por el creciente conflicto en Latinoamérica, anunciará la “Alianza para el Progreso”, como un plan para atender la cuestión latinoamericana. En abril EEUU invade Cuba por playa Girón, algo que determinará la política interna y externa de los EEUU sobre todo con América Latina y, a la vez, para la izquierda latinoamericana, Cuba significará un faro y un bastión.
En agosto todos los miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA) menos Cuba, asentaron las ideas fundamentales de tal alianza. Este tratado, decía que; “América Latina debía recibir, al cabo de diez años, al menos veinte mil millones de dólares para financiar programas nacionales de desarrollo económico y social, amplios y bien concebidos, encaminados a lograr un crecimiento autosuficiente” [18]. Rodney Arismendi, secretario general del Partido Comunista dirá que
(…) la ‘ayuda’ de los EEUU es una utopía decadente, un vulgar sueño entreguista [...]. La ‘Alianza para el Progreso’ puede ser, pues, una empresa de soborno para las clases dominantes de América Latina [...]; pero desde el punto de vista económico solo llegará a ser un instrumento de agravación de la crisis de la estructura económica de nuestros países [18].
En el marco de la “Alianza para el progreso”, se desarrollará un programa en particular. El Proyecto Camelot fue un proyecto de investigación en ciencias sociales desarrollado por el Ejército de Estados Unidos y que se inició entre 1963 y 1964. La propuesta intentaba evaluar las causas de las revueltas sociales e identificar las medidas para su atención.
En este marco, se dará inicio y apoyo a un seminario sobre investigación social de las elites en Uruguay, financiado por organizaciones extranjeras como el Congreso para la Libertad de la Cultura (grupo de presión anticomunista fundado en Berlín en 1950) y con la atenta custodia y articulación de la embajada de EEUU [20]. Este seminario, intentó colarse en las iniciales ciencias sociales en Uruguay.
La “Alianza para el progreso” significó un gran estímulo para ello, teniendo su perspectiva desarrollista incidencia en la reorientación del Servicio Social. Según Luis Acosta en Uruguay,
La perspectiva desarrollista, se inspira en el diagnóstico prebischiano de la CEPAL, en la Alianza para el Progreso (1961) de la Organización de los Estados Americanos (…) El plan de estudios de la Escuela Universitaria de Trabajo Social (EUSS) de 1966 está influido por esta idea (…)[21].1
Durante estos convulsionados años sesenta se llevaron adelante diversos encuentros regionales de profesionales del Servicio Social, con la intención de reconceptualizar la profesión, tratando de distanciarla de esta influencia.
La historia del Trabajo Social puede ser leída como la historia del proceso de ampliación de su autonomía relativa. El Trabajo Social latinoamericano ha tenido como referencia dos modelos de profesión, que como tipos ideales, estaban representados por un lado i) por el Servicio Social europeo, con una vinculación estructurante a las instituciones y disciplinas encargadas del control y disciplinamiento social, herederas de las formas de intervención de la caridad y la filantropía que pagaban aún un fuerte tributo al antiguo régimen y por el otro ii) por el Social Work norteamericano con una fuerte vinculación a las ciencias sociales, fundamentalmente a la sociología funcionalista [22].
El proceso de reconceptualización y la emergencia de un Trabajo Social latinoamericano alimentó nuevas corrientes de interpretación de la propia profesión [21,23]. Durante este período se promovieron propuestas para renovar el Trabajo Social [24]. Sin embargo, este proceso se vio obturado por crueles dictaduras cívico-militares orquestadas desde el Plan Condor.
La salida de este proceso, acompañó un nuevo salto para la profesión en Uruguay, ya que a partir de 1992 abandona la Escuela Universitaria de Servicio Social e ingresa como Licenciatura en la Facultad de Ciencias Sociales (FCS) de la Universidad de la República [23]. Esto significó un salto en su desarrollo académico y una nueva mediación para fortalecer sus posibilidades y ampliar su legitimidad, pero a la vez, asumiendo nuevas condiciones a la hora de proyectar su autonomía.
Lo que hasta entonces fue predominantemente un proceso de movilización político-militante — profundizado por la renovación del Trabajo Social en Uruguay dentro del proceso de reconceptualización — elevó otros niveles a medida que los profesionales del área de Trabajo Social comenzaron a ocupar el espacio universitario, profundizaron su formación teórica, empezaron a realizar investigaciones y producir conocimiento. Este proceso también fue de gran valor para que los trabajadores sociales pudieran ampliar su diálogo más allá de los límites profesionales, en el área de las Ciencias Sociales [23].
Este nuevo camino, amplió las bases para el desarrollo en la formación profesional posterior, con alianzas estratégicas académicas que significaron un enorme crecimiento. Como indican Bentura y Siqueria [23], en este marco se concreta la primera Maestría realizada en acuerdo con el Programa de Posgrado en Servicio Social de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), algo que más adelante sería Maestría y Doctorado autónomo con salida en Trabajo Social como parte del repertorio de cursos ofrecidos en el marco de la FCS. Este avance ha significado una mediación fundante para la formación nacional. Al mismo tiempo, el deterioro de la protección social e indirectamente la metamorfosis de las condiciones de trabajo, parecen caminar en sentido contrario a este desarrollo.
Neoliberalismo y focalización
Las dictaduras primero y la alineación de los países latinoamericanos con el Consenso de Washington después, generaron un deterioro importante en la política pública y en la sociedad, como avance del neoliberalismo y la acumulación flexible, desencadenando procesos de creciente desigualdad, altas tasas de desempleo y desintegración social, consolidando el fin de la sociedad salarial [25]. Este escenario de incertidumbre, metamorfosis laboral [26] y revolución técnico-informacional [27], alteró las expresiones de la llamada cuestión social [28].
La crisis derivó en una descalificación del Estado, proyectando en una nueva versión “desgrasada” [26], a partir del modelo empresarial de la gestión pública, la nueva protección social, que llegaba para sustituir el anterior modelo de bienestar clásico [12], que había sido determinante para el desarrollo profesional clásico. El gerenciamiento de la política social, la jerarquización de los parámetros de eficiencia, la emergencia de una nueva institucionalidad, el énfasis en la evaluación de resultados, la industria de la evaluación [29] y el monitoreo de procesos, son parte de esta nueva versión.
El desempleo deviene en una constante a partir del desmonte de los estados sociales, cancelando toda posibilidad de integración por medio del trabajo. Este derrumbe gana espacio a partir de los años setenta. La nueva modalidad o paradigma, tiene un connotado sesgo neoliberal y neoconservador, tomando a “la activación” como referencia para atender la llamada cuestión social. Los programas que despliega, colocan un notorio énfasis en la atención al desempleo a partir del enfoque de las competencias laborales como responsabilidad personal, a partir del concepto de “capital humano” (nombre que lleva actualmente un Ministerio en Argentina a partir del triunfo de Javier Milei), promoviendo un abordaje individualizado de la cuestión social que supone que la carencia está en él carente y no en el escenario.
Se ingresa en una modalidad que intensifica las propuestas focalizadas en busca de eficiencia, desde nuevos experimentos [30] que resignifican la asistencia [31], individualizan las causas [32] y fundamentan el ajuste, alimentando procesos de tercerización y precarización profesional.
También a partir de la incorporación de nuevos requerimientos de saberes y agentes profesionales que tradicionalmente no habían estado asociados a las intervenciones asistenciales [33], se amplía el caudal de perfiles para esos puestos de trabajo. Este es el nuevo orden civilizatorio que representa el neoliberalismo [34], alertado anticipadamente por nuestra profesión [35-37].
Ha sido la descalificación del estado, como es evidente, la piedra de toque del privatismo de la ideología neoliberal: la defensa del `estado mínimo´ pretende, fundamentalmente, `el máximo estado al capital´ (…), es `un proyecto histórico de la derecha´, dirigido a `liberar la acumulación [capitalista] de todas las cadenas impuestas por la democracia. [38].
La siliconización del mundo [39], el desarrollo digital e informacional, el avance del Datawarehouse, la creación de inteligencia artificial que se alimenta del uso que de ella misma hacen los usuarios, la llamada revolución 4.0, “la internet de las cosas”, el creciente manejo de enormes bases de datos (bigdata), el aumento de las aplicaciones telefónicas, el significativo crecimiento del capitalismo de plataformas y la economía colaborativa [40-42], están dando señales, colocando al Trabajo Social en una nueva encrucijada.
Un acelerado desarrollo de mundialización de la economía que parece mudarnos de época. “(…) lo que distingue una época económica de otra es menos lo que se fabrica que el modo en que se fabrica, los medios de trabajo por medio de los cuales se fabrica”[27].
El “realismo capitalista” [43] vuelve indiscutible su presente, deshistorizando el mundo con todo su realismo, y todas las alternativas o posibles críticas son desechadas en un escenario donde solo gobiernan los cálculos egoístas.
La explosión de formas de mercado virtual, aprovechando los avances tecnológicos y nutridos por algoritmos que actualizan incesantemente este proceso de crecimiento del capitalismo de plataformas [41] da lugar a nuevas relaciones de trabajo, que reformulan completamente las formas de explotación laboral. En este sentido, vemos como no solamente aumenta la flexibilidad laboral, la tercerización, la inestabilidad, la atomización de la organización obrera, la desterritorialización del trabajo y elude las reglamentaciones nacionales operando como aplicación telefónica transnacional, aprovechando de los países dependientes la fragilidad institucional de las relaciones laborales y los grandes contingentes migratorios con miles de indocumentados necesitados de trabajo, sino que además, logran saldar un eslabón muy pero muy importante en el proceso de producción como totalidad
La revolución informacional, des profesionalización y “cercanía”
La creciente tecnificación modifica las tareas y los trabajos, aumentando la productividad, separando las competencias de los trabajadores para lograr trabajadores más baratos, con tareas más simples y dedicados a la vigilancia. Esta simplificación permite la informalidad laboral por el aumento de la oferta de trabajo. “La tarificación, es la reducción a tareas simples, reducidas, fragmentadas y estandarizadas (…), es la producción de datos para las plataformas y las inteligencias artificiales, (…), se basan en realidad en un flujo constante de datos producidos y tratados” [44].
La nueva gestión empresarial, contribuye a la transformación de la institucionalidad y los instrumentos de gestión. Específicamente en el campo de la política asistencial, se consolidan alteraciones institucionales y tecnológicas orientadas por esta racionalidad. Principios y fundamentos característicos de la producción de mercancías que han invadido los servicios sociales. El rol profesional del Trabajo Social, es lentamente capturado.
Ahora el software ordena su agenda, el satélite lo vigila, el protocolo limita el margen de acción y el mensaje digital enviado desde el algoritmo al beneficiario, anticipa la información, sustituyendo el dialogo, volviendo inútil cualquier entrevista. El algoritmo sustituye al Informe, justificando la objetividad del primero sobre el segundo. Parafraseando a Marx [45] y posteriormente a Bauman [46], la profesión se desvanece en el aire o se licúa perdiendo su solidez.
Este debate debe ingresar a la formación profesional, pues los espacios de inserción laboral y preprofesional, están atravesados por esta lógica, una lógica instrumental anticipada por la profesión [47] que parece revivir a principios de siglo XXI como neoinstrumental, fortalecida fundamentalmente por el neopositivismo [48] y el fatalismo económico [49]. La crisis económica y el desempleo crónico [50] promovieron modalidades de políticas focalizadas y desde una férrea vigilancia electrónica para el manejo y asignación del recurso. Esta modificación impactó en la profesión desde fuera, deslegitimando parte su clásico rol.
Sin embargo, a esta dimensión de la intervención profesional donde parece primar la desposesión sobre el manejo de recursos, le acompaña otra demanda, colocada y reforzada como responsabilidad ineludible de la profesión.
Mientras todo aquel mundo económico, de asignación de recursos e instrumental, camina por un carril lejano a las posibilidades y alcance del Trabajo Social, emerge la demanda de un abordaje profesional que reclama la proximidad y la cercanía, como competencia indispensable de la atención social en contextos de extremo pauperismo y desintegración [25]. La población empobrecida, anclada al territorio a partir de la condena que significa el desempleo crónico, con una movilidad limitada y sin actividades fuera de su zona, es abordada en su lugar de residencia [51], en la mayoría de las veces, asentamientos irregulares en terrenos privados, conquistados a la fuerza y defendidos día a día.
Mientras la asignación de recursos se aleja del abordaje cotidiano de la profesión y cuenta con un creciente protagonismo de tecnología informática, digital, a partir de algoritmos y cumbre de expertos, otra demanda emerge con fuerza y le es colocada a la profesión, requiriendo de ella un abordaje de proximidad o cercanía [52]. Parafraseando a Tönnies [53], la profesión es reclamada para abordar desde la proximidad comunitaria, mientras las decisiones económicas de la sociedad, le son ajenas.
En este nuevo rol de exclusiva proximidad y cercanía, y, sobre todo, a partir de la captura del arsenal para el abordaje por medio de la inclusión de instrumentos tecnológicos, es ampliado el caudal de candidatos y posibles profesiones o perfiles que pueden desarrollar la tarea, desdibujando aquellos márgenes que daban identidad inicial al Trabajo Social.
En este marco, se hace difícil mantener su legitimidad y relativa autonomía. “(…) aquellas profesiones con una base de conocimiento más fácilmente codificable están sujetas a una desprofesionalización más rápida e inmediata” [54].
Esta modificación, exacerba una posible dimensión educativa de la profesión, donde solo le queda el valor de su palabra, desmaterializada. Este proceso es acompañado por el resurgimiento de un neoconservadurismo laico, como reacción ideológica a las consecuencias sociales del inevitable ajuste y acumulación flexible, que fortalece la construcción de un relato individualizante para atender la llamada cuestión social, negando sus causas estructurales, tergiversadas ahora, como problemas morales y culturales.
Porque, en definitiva, el gran reto que se le plantea al neoconservadurismo es, precisamente, el de reconstruir de una vez por todas una filosofía adecuada a la buena marcha de la economía de mercado, así como a sus exigencias en el terreno de la moral [55].
La proximidad se vuelve pertinente desde el sesgo moral que este enfoque representa, suponiendo que el fracaso en el mercado es una carencia cultural, actitudinal y educativa, pero, sobre todo, individual. Es esta una explicación neoconservadora que naturaliza el mercado como espacio de justicia y coloca el fracaso como consecuencia de la irresponsabilidad personal. La estatura de este irracionalismo [48] inunda al Trabajo Social.
Conclusiones
Nuestra profesión ha transitado un sinuoso proceso de búsqueda de autonomía relativa, muy ligada a sus posibilidades profesionales. La formación sufrió un desarrollo heterogéneo a nivel continental y en Uruguay, particularmente, fue atravesado por el Plan Condor. Años más tarde, a fines del siglo XX, logrará establecer alianzas estratégicas con instituciones de vanguardia académica.
Una reflexión actual comienza por el reconocimiento del dialogo entre la profesión y las trasformaciones societarias contemporáneas [1], y de cómo este proceso implicó la necesaria convocatoria a espacios de investigación como búsqueda de relativa autonomía profesional [56]. De la acumulación y del acervo profesional, su reflexión teórico-metodológica, técnico-instrumental y su proyecto ético-político [28], se destaca el legado de la Reconceptualización y la Post-reconceptualización, como emancipación desde una mirada crítica, entendiendo la vinculación de la profesión con las refracciones de “cuestión social” [1] y los problemas de la sociedad capitalista.
Su repertorio siempre dialoga con la demanda social y el desarrollo de la protección social, que en parte legitiman, dan sentido y desafían su formación. Ella debe contemplar el espíritu de un campo temático que no se conciba como lógica de especialización según la peculiaridad de cada situación sino sustancialmente, en términos de un quehacer profesional genérico a partir de una inserción específica.
A partir del avance del neoliberalismo, su legitimidad es corroída. Los soportes sobre los que podía edificar un abordaje con perspectiva de integración, desaparecen y, junto con ellos, resurgen propuestas que lentamente van privatizando e individualizando la llamada cuestión social. Este escenario interpela y desafía el rol del Trabajo Social, poniendo en cuestión su legitimidad. El ajuste, propicia la focalización y la desprofesionalización, que parecen iniciar un proceso que paulatinamente, desestabiliza las conquistas profesionales y su autonomía relativa.
En este sentido y como contracara de este avance, se entiende que es importante una formación que genere intelectuales capaces de operar en un área particular comprendiendo el sentido social de la operación y el significado como conjunto de la problemática social [6]. Su competencia debe tener solvencia técnica en la intervención y vigilancia política que permita entender la correlación de fuerzas en la que se inscribe su ejercicio profesional. En este sentido crece la importancia de una formación que interprete las determinantes histórico-políticas, los horizontes y límites de la acción, los componentes teórico-metodológico, técnico-instrumental y ético-político. La reconstrucción histórica que define el sentido de una profesión es siempre terreno en disputa.2
(…) las ciencias han llegado a un grado de desarrollo tal que un hombre está condenado a especializarse, si quiere llegar hasta el frente donde se lucha con lo desconocido; también es cierto que el enorme aporte de hechos por los especialistas ha sido y es constantemente factor de progreso. Pero es necesario observar que los grandes avances del pensamiento científico no están constituidos por hechos sueltos sino por teorías, por síntesis conceptuales, y no se comprende cómo los especialistas puedan ser capaces de realizar síntesis que desbordan el campo de su actividad [57].
Las políticas sociales del siglo XXI, parecen despojarlo del manejo de recursos, en nombre de la supuesta trasparencia tecnológica, guardiana del libre mercado, como “(…) invocación al supuesto realismo económico (…) para justificar como inevitables, necesarias e inexorables las políticas de desregulación” [58]. Al mismo tiempo, es demandada junto con otras profesiones, desde la proximidad comunitaria, para amortiguar los dolores de la acumulación en tiempos de barbarie [59].
Este proceso interpela y desafía la formación profesional, en tanto las condiciones para su desarrollo parecen estar cambiando. Al mismo tiempo, el escenario contemporáneo del mundo del trabajo, expresa contradicciones que agudizan los problemas de desempleo y pobreza, y, por lo tanto, complejizan el abordaje [60].3
Es un doble desafío para la profesión, que mientras ve como los pilares que le otorgaban legitimidad y sentido social están siendo erosionados, es convocada a enfrentar situaciones cada vez más acuciantes. Este enfrentamiento se debe hacer desde el valor de la palabra y la proximidad corporal, pues el acceso a recursos es cada vez más restringido.
Tal vez, es tiempo de pensar un futuro incierto para la profesión, que inevitablemente, debe reflexionar en cómo preparar y formar a las siguientes generaciones de profesionales, como forma de dar respuesta a este proceso corrosivo [61].
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