El avance del neoliberalismo recargado y autoritario, y los problemas para enfrentarlo

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https://doi.org/10.24215/26837684e030

Palabras clave:

neoliberalismo, autoritarismo, Milei, hegemonía, ideología

Resumen

En este artículo se analiza, en primer lugar, el avance del neoliberalismo recargado y crecientemente autoritario como proyecto “orgánico” del capital más concentrado y vinculado al capitalismo de la vigilancia y, en este sentido, diferenciado cualitativamente con el neoliberalismo de fines del siglo XX. De modo que se comprende su necesidad de un Estado mínimo, su carencia de una moral abstracta y su articulación con la posverdad. En segundo lugar, se describe el contexto ideológico que explica tanto el triunfo de Javier Milei en las elecciones presidenciales argentinas de 2023, como el nivel de adhesiones que logra su gestión, al tiempo que se entiende la debilidad de la oposición. En tercer y último lugar, se trazan algunas ideas sobre una posible estrategia que permita retomar la disputa por la hegemonía frente a los desafíos actuales.

Un neoliberalismo extremo, reaccionario y carente de una moral abstracta

En buena parte del mundo asistimos al avance de un neoliberalismo recargado, que va contra principios básicos de un orden social democrático como la idea de “justicia social” o incluso contra la necesidad de la mediación estatal de los conflictos. Al mismo tiempo, tampoco tiene problema en anunciar posturas netamente reaccionarias. Este discurso extremo ha logrado inclinar hacia la ultraderecha el escenario de la opinión pública (por cierto, tan fragmentada que ya es difícil de describir como “una” opinión pública; ver al respecto (Habermas, 2023)). Con estas actitudes extremas, un discurso simple y potente consiguió altos niveles de adhesión, tal como hemos podido mensurar para el caso argentino (Balsa, 2024a).

Este proyecto no solo se propone acabar con el Estado de Bienestar, sino también con uno que asuma cualquier papel de mediador, que regule mínimamente la lógica del capital. Solo quedaría el Estado gendarme del siglo XIX, pues lo único que importa es la fuerza, tanto militar como del poder económico del capital (en especial, del concentrado). Acorde con esta falta de necesidad de un Estado mediador o mínimamente democrático, este discurso carece de una moral abstracta, y simplemente requiere regresar a los “valores tradicionales”. La reivindicación de estos valores entronca con lo que los teóricos ultraneoliberales como Friedrich Hayek pregonaron: desde un individualismo extremo, impugnaron toda idea de lo social, pues podría dar lugar a la construcción de un espacio deliberativo, democrático o, incluso, meramente legislativo, que podía ponerle límites al mercado (Brown, 2020). Y, en relación a la carencia de una moral abstracta, resulta pertinente recordar a Anges Heller cuando sostenía que

“las fuerzas sociales más negativas son […] las que niegan la moral abstracta en nombre de costumbres concretas, que niegan cualquier validez a los sistemas de valores abstractos oponiéndose de este modo conscientemente al desarrollo de los valores genéricos verificados hasta aquel momento (aunque sea un desarrollo alienado). Son éstas precisamente las leyes morales que el fascismo declara 'no válidas'" (2002, p. 256).

Es esta falta de una moral abstracta, lo que hoy, nuevamente, proponen las fuerzas de ultraderecha. Por eso pueden, sin inmutarse, autocontradecirse de los modos más alevosos, y, en su ejecución práctica, este ultraneoliberalismo está generando hoy un fuerte nihilismo, el rechazo a sentir compasión por el otro y, en términos más generales, una pérdida de significación de la conducta, de la coherencia y de la verdad: “ya no necesita ser moral, solo decirlo a los gritos” (Brown, 2020, p. 198). Y esos gritos lo que pregonan es la crueldad.

La sociedad capitalista ya había fomentado la crueldad, en especial en sus construcciones coloniales y racistas (Segato, 2021). El despliegue del neoliberalismo en las últimas décadas del siglo pasado había fomentado también la meritocracia, con el efecto de erosionar la solidaridad y la empatía, socavar la dignidad del trabajo y corroer a la democracia desde un ideal tecnocrático (Sandel, 2021). A lo cual se ha agregado, especialmente desde la crisis del 2008, la activación política de los aspectos más autoritarios de la personalidad, de los prejuicios y de los odios sociales para impulsar opciones políticas de derecha (Catanzaro, 2021; Cuesta y Wegelin, 2024) , retomando las lógicas del fascismo que habían estudiado Erich Fromm (2012) y Theodor Adorno (1965). En la actualidad, esta deriva ha alcanzado niveles sorprendentes. Estos dirigentes ultraneoliberales, gracias a la falta de una moral abstracta, pueden emplear de forma explícita y generalizada, desde la cima del Estado, estos prejuicios, estos odios, esta meritocracia y esta crueldad. Al mismo tiempo, se sienten desinhibidos del requisito de vincularse con la mera idea de verdad. Hay que remontarse al nazismo para encontrar una discursividad similar, de allí el eco que percibimos de estas experiencias; eco mucho más fuerte que el que detectaba hace unos años Daniel Feierstein (2019). Ni siquiera les importa sostener el doble discurso que observamos en las derechas de períodos anteriores, incluso dictatoriales; se hace directamente una apelación a la irracionalidad, a las fakenews, al anticientificismo, al punto de hacer casi un elogio de la ignorancia.

El proyecto “orgánico” de los ultramegamillonarios

El avance de esta ultraderecha neoliberal no puede ser comprendido solo a partir de las particularidades nacionales, más allá de que las mismas sean siempre importantes de considerar para comprender estos fenómenos con precisión. La extensión e intensidad que han ido alcanzado las ultraderechas nos obligan a conceptualizarlas como un fenómeno “orgánico”. Antonio Gramsci llamaba a diferenciar los fenómenos “ocasionales” de los fenómenos “orgánicos”. Si los primeros dependen principalmente de las figuras políticas y sus personalidades, los segundos caracterizan toda una época histórica y se refieren a cierta adecuación de los procesos políticos e ideológicos a la estructura económica (Gramsci, 1999). Cabe aclarar que Gramsci no pensó nunca estas adecuaciones como un mero “reflejo” o un proceso automático o funcionalista. En cambio, los conceptualizó como una dinámica de relaciones de fuerza que, en el mundo contemporáneo, se traducía en una lucha por la hegemonía, en la cual los intelectuales orgánicos de las clases dominantes (tanto los intelectuales típicos, como los políticos y otros organizadores de la sociedad) elaboran proyectos que tratan de presentar como universales, pero que, en realidad, buscan imponer los intereses de la clase a la que tratan de representar (más detalles en Balsa, (2022)).

El núcleo de este proyecto ultraneoliberal y autoritario es lograr que el gran capital no esté sometido a regulaciones estatales y, al mismo tiempo, solo contribuya con una mínima carga impositiva. Los intelectuales orgánicos del gran capital juzgan que las reformas neoliberales de fines del siglo XX se quedaron cortas. Prepararon ideológicamente el terreno actual, pero dejaron mucho de la institucionalidad estatal del siglo XX (Rivera Ríos et al, 2023).

Es que las características de este gran capital han mutado drásticamente en las últimas dos décadas. De las diez empresas con mayor capitalización en 2024, siete son empresas vinculadas a internet y al mundo de la computación; de hecho, Apple, Microsoft, Nvidia, Alphabet-Google, Amazon y Meta ocupan seis de las primeras siete posiciones (la sexta es una petrolera saudí). La gran mayoría de sus megamultimillonarios dueños no reciben ganancias capitalistas “normales” (producto de la extracción directa de plusvalía), sino ganancias extraordinarias posibles por sus posiciones monopólicas o cuasimonopólicas; es decir, que son rentas. Por eso Yanis Varoufakis (2024) denomina esta situación como “tecno-feudalismo”. Evitaremos entrar aquí el debate de en qué medida esto ya no es capitalismo; de hecho, Shoshana Zuboff (2021) describe este fenómeno como “capitalismo de la vigilancia”. Esta especialista ha analizado en detalle la lógica de estas empresas quienes bajo la prédica de lograr que ninguna política se interponga en el camino de la innovación tecnológica, lo que buscan (y crecientemente logran) es captar una enorme cantidad de información sobre nuestra vida privada para poder modificar nuestras ideas, nuestros deseos y, hasta, planificar nuestras conductas (Zuboff, 2021).

Para que su proyecto pueda imponerse en forma completa requieren que la ciudadanía no pueda debatir estas cuestiones y, menos aún, contar con un Estado democrático en el que estas deliberaciones puedan tomar forma de leyes que hagan transparentes los mecanismos del “texto en las sombras” de las plataformas de internet, que democraticen realmente la dinámica del mundo digital y que impidan que nos manipulen en formas que hace un par de décadas nos parecían intolerables y que hoy han logrado que naturalicemos.

Estos megamultimillonarios cuentan con mucho poder político, mediático y económico para imponer su proyecto y, adicionalmente, tienen una serie de ventajas debido a otros tres factores. En primer lugar, la amplia difusión previa del discurso neoliberal debilita la posibilidad de emergencia de proyectos alternativos. En particular, el resto de la burguesía, aunque sufre porque el proceso de concentración y las rentas monopólicas reducen notoriamente su tasa de ganancia, no logra elaborar una propuesta diferente, pues la misma requeriría de crecientes niveles de intervención estatal que la ideología neoliberal ha demonizado.

En segundo lugar, varios fenómenos se han combinado para producir un cambio en las sensibilidades de gran parte de la ciudadanía: el resentimiento de sectores medios como reacción a la reducción de las jerarquías, cierta reacción neoconservadora, el emprendedurismo, la smartphonización de las vidas, entre otras cuestiones, tal como analiza Alejandro Grimson (2024). Y la ultraderecha se ha mostrado mucho más preparada para sacar provecho de estos cambios en las sensibilidades, en algunos casos trabajando explícitamente en forjar emociones que sostengan sus posiciones reaccionarias (Illouz, 2023). En términos más generales, ha ido creciendo un neoindividualismo que, incluso, atraviesa a personas con diferentes posiciones políticas, como hemos podido identificar en un estudio reciente sobre jóvenes argentinos (Ávalos y Balsa, 2025).

Y, en tercer y último lugar, desde el campo nacional-popular, progresista o de izquierdas nos está siendo muy difícil presentar una propuesta política y, sobre todo, un proyecto socioeconómico que sea capaz de volver a enamorar a las masas. Y la gente nunca saltará al vacío, por eso resulta incorrecto meramente esperar que estos proyectos ultraneoliberales fracasen. Incluso, cuando fracasan, hemos visto que logran retornar al poder bastante rápidamente: Trump imponiéndose electoralmente solo cuatro años más tarde (a pesar de las causas judiciales que enfrentó), o el regreso al poder estatal del neoliberalismo argentino luego de su derrota electoral en 2019. De allí que consideramos importante analizar cuáles son los posicionamientos ideológicos y políticos que tienen los distintos sectores de la ciudadanía de nuestro país.

Una ciudadanía polarizada ideológicamente, pero sin entusiasmos políticos

En la encuesta que realizamos en agosto de 2024 desde nuestro laboratorio SocPol de la Universidad Nacional de Quilmes pudimos detectar que la ciudadanía continuaba tan polarizada ideológicamente como lo estaba en el contexto electoral del año anterior. Quienes habían votado por Sergio Massa en el balotaje respondían en su gran mayoría de forma nacional-popular a las preguntas sobre la economía, y de modo progresista a los interrogantes político-culturales. Para medir los posicionamientos socioeconómicos construimos un índice en base a seis preguntas: opinión sobre Estado, los impuestos, las leyes laborales, las causas de la pobreza (dos preguntas) y sobre la forma en que han hecho su fortuna los ricos. Según las respuestas estimamos que los votantes de Massa son, en lo ideológico, fuertemente nacional-populares: un 77% tiene ideas muy nacional populares y un 21% ideas moderadamente nacional-populares (sólo el 2% expreso ideas moderadamente neoliberales). Además, podemos observar que en esta escala, los votantes de Massa tienen un valor promedio de solo 16,3 (siendo 100 el valor si respondían todas las cuestiones de modo neoliberal, y 0 si lo hacían de forma nacional-popular). Este valor medio y la distribución era similar a la que habían presentado los votantes de Massa en 2023.

Adicionalmente, analizamos las respuestas de estos votantes de Massa en agosto de 2024 sobre cuestiones político-culturales: sobre el feminismo, el lenguaje inclusivo, las políticas frente al delito, los inmigrantes y las actitudes en la enseñanza. Encontramos que un 39% expresó ideas muy progresistas y un 45% moderadamente progresistas. En promedio presentaban un valor de 32 puntos en la escala que tenía como valor máximo (100) a quienes respondían todas las cuestiones de forma conservadora. También en este índice los valores eran similares a los obtenidos un año antes.

En cambio, quienes habían votado por Milei en el balotaje presentaban valores neoliberales y conservadores. En agosto de 2024, el 26% respondió de forma claramente neoliberal y un 33% con un neoliberalismo moderado; aunque un 30% contestó de modo moderadamente nacional-popular y un 11% de forma nacional-popular. De hecho, se observó que este sector de la ciudadanía que había votado por Milei presentaba un valor promedio en esta escala de 58 puntos en 2024, mostrando una reducción en comparación con los 67 puntos que tenía como media en 2023. En cambio, en el índice de conservadurismo el promedio se incrementó levemente: de 63 puntos en 2023 a 68 puntos un año más tarde. En 2024 el 32% tenía ideas claramente conservadoras y el 57% moderadamente conservadoras.

Según nuestros análisis, estas polarizaciones ideológicas habían fundamentado las preferencias electorales en 2023, de modo que el voto a Milei no había sido una mera manifestación de “bronca” contra el gobierno del Frente de Todos (ver detalles en Balsa, (2024a). Además, el voto en 2023 seguía signando las evaluaciones sobre el gobierno de Javier Milei. Así, un 44% de quienes habían votado por Milei en el balotaje evaluaban bien su gestión (aunque algunas cosas no le gustaban) y un 45% lo consideraban excelente, apoyando todas sus medidas. Solo el 3% de sus votantes consideraba que su gobierno era un desastre y un 8% que era malo, aunque había algunas cosas que le parecían bien (ver más detalles en SocPol, (2024a). En cambio, el 84% de quienes habían votado a Massa pensaban que el gobierno era un desastre, un 13% que era malo (aunque le gustaban algunas cosas), un 4% que eran bueno, aunque algunas cosas no le gustaban, y, significativamente, no había ninguno que lo evaluara de forma excelente (ver más detalles en SocPol, (2024b)). De modo que la polarización ideológica y política continuaba signando las posiciones de la ciudadanía.

Sin embargo, es posible detectar que los entusiasmos políticos no eran intensos. Entre quienes habían votado a Milei se destacaba más fuerte el sentimiento de esperanza (65%) que el de confianza (23%) hacia su gobierno. Además, cuando realizamos entrevistas encontramos que más que real “esperanza”, surgían muchas respuestas en tono de voluntad de tener esperanza, por ejemplo, “quiero tener esperanza”. Al mismo tiempo, entre quienes habían votado por Massa en el balotaje, el sentimiento o sensación predominante hacia las medidas del gobierno eran principalmente de carácter pasivizante: desesperanza (28%), impotencia (20%), tristeza (10%), miedo (6%) y desconcierto (5%). Solo un 21% manifestó sentir bronca.

Uno de los desafíos más importantes que presentaba la oposición era que en agosto de 2024, dentro que quienes había votado por Massa en el balotaje, predominaban las miradas críticas hacia el peronismo. Convocados a definir a esta fuerza política en una palabra se destacaron las conceptualizaciones de “tibio”, “ausente”, “dormido”, “pasivo” o similares (30%), “desorganizado”, “desorientado” o “confundido” (18%), o directamente palabras muy negativas, como “desastre” “fracaso”, “corrupción”, “nefastos” (13%). Solo un 26% describió al peronismo con una palabra positiva como “esperanza”, “justicia social”, “derechos”, “lucha” o “pueblo”.

¿Qué hacer?

En la mayoría de los países, las fuerzas nacional-populares, progresistas y de izquierda se encuentran frente al desafío de trazar una estrategia política frente a este avance del neoliberalismo recargado y autoritario. Antes que nada, debemos reflexionar que uno de los mayores déficits que impidieron lograr la continuidad de muchos de los gobiernos progresistas fue la carencia de una fuerza política de masas que estructurara la participación democrática de la amplísima base de militantes y simpatizantes que poseía. La falta de estos espacios democráticos internos en los que debatir y tomar decisiones, impidió producir balances consensuados acerca de qué se debería haber hecho de otra manera y lograr recrear un proyecto que volviera a entusiasmar a las mayorías populares. Además de esta cuestión organizativa, considero que, para enfrentar a las nuevas derechas, debemos trabajar, al mismo tiempo, en tres planos distintos que hay que articular para que no sean de mera “resistencia”, sino de disputa de la hegemonía y de combate a las fuerzas anti-democráticas.

En primer lugar, hay que construir un espacio amplio de defensa de la democracia y de consolidación de una esfera de la opinión pública plural, lo cual requiere democratizar no solo los medios, sino sobre todo las redes sociales y sacarlas del control por parte de los monopolios del capitalismo de la vigilancia. Aquí deberíamos procurar sumar a lo que debería ser el “centro” liberal-democrático. Hoy son, en muchos países, fuerzas políticas pequeñas y poco decididas, pero resultan claves en la defensa de estos objetivos democráticos pues aportarían a consolidar consensos amplios de defensa de la democracia, como lo podemos ver en algunos países europeos donde, al menos, han comenzado a avanzar en este sentido.

En segundo lugar, hay que reconstituir una moral del respeto y unas subjetividades solidarias. Aquí deberían sumarse todos los espacios que promuevan estas sensibilidades, desde las iglesias, las comunidades, los clubes barriales, los espacios educativos y un largo etcétera. Es probable que sea un espacio más acotado que el anterior, pues el “centro” liberal puede no sentirse atraído por este plano más solidario, pero no por ello es menos necesario para defender una base moral frente a tanta amoralidad.

Y, en tercer lugar, deberíamos reconstruir una utopía. No alcanza con la crítica al capitalismo. Hay que volver a enamorar con una alternativa potente de un modelo de sociedad distinta que, más allá de las etiquetas, personalmente, continúo pensándola como socialista. Lo cual nos plantea, adicionalmente, el desafío de cómo articular un horizonte utópico con las luchas políticas concretas, para evitar toda división del campo popular (Balsa, (Balsa, 2024b).

Referencias

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    2026-05-20

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    Balsa, J. (2026). El avance del neoliberalismo recargado y autoritario, y los problemas para enfrentarlo. Escenarios, 40, e030. https://doi.org/10.24215/26837684e030