“El trabajo científico implica, necesariamente, pensar el futuro y eso es política”
Entrevista con Ernesto Resnik
DOI:
https://doi.org/10.24215/26183188e149Palabras clave:
pandemia, bioingeniería, trasplantes, política científica, divulgación científicaResumen
Entrevista a Ernesto Resnik, biólogo molecular y biotecnólogo argentino, radicado en Estados Unidos. Desarrolla su actividad profesional en el sector biotecnológico, donde trabajó en anticuerpos monoclonales y actualmente en el desarrollo de órganos de bioingeniería para trasplantes. Ha adquirido visibilidad pública como analista y divulgador científico, siendo consultado frecuentemente por medios de comunicación de Argentina y otros países sobre temas de salud, vacunas y políticas sanitarias y científicas. Durante la pandemia de COVID-19, participó activamente en el debate público, aportando análisis sobre estrategias de control, vacunación e inmunidad, tanto en medios como en redes sociales. En los últimos años, además, ha intervenido en discusiones más amplias sobre política y sociedad en Estados Unidos.
¿En qué consiste el desarrollo de anticuerpos monoclonales y qué impacto tienen hoy en la medicina?
Los anticuerpos monoclonales son una de las terapias más modernas de la industria farmacéutica. Hasta aproximadamente 2010, el desarrollo de medicamentos se basaba sobre todo en pequeñas moléculas (“smallcompounds”), probadas en gran medida por ensayo y error: en el laboratorio se evaluaban cientos o miles de compuestos para ver si afectaban un proceso celular —por ejemplo, la producción de colesterol—, luego se testeaban en animales y finalmente en humanos, con resultados muchas veces inciertos y efectos adversos inesperados.
Los anticuerpos monoclonales introducen un cambio clave: permiten diseñar terapias dirigidas a un blanco específico. Si un problema está asociado a una enzima determinada, es posible desarrollar un anticuerpo que bloquee su acción. Esto los convierte en tratamientos más precisos y sofisticados. Su principal desventaja es que son complejos y costosos de producir, lo que explica su alto precio, aunque hoy se encuentran entre los medicamentos más vendidos a nivel mundial.
Un ejemplo es pembrolizumab (Keytruda), un anticuerpo monoclonal utilizado en oncología que actúa estimulando al sistema inmune para combatir tumores. En Argentina, recientemente se discutió su costo a partir de la producción de un biosimilar por parte de un laboratorio local, lo que generó una reducción significativa del precio debido a la competencia1. En pocas palabras, los anticuerpos monoclonales representan una etapa más avanzada en el diseño de fármacos: más precisos, pero también más caros.
¿Cuáles son hoy las principales fronteras de la biotecnología aplicada a la salud?
Desde una perspectiva histórica, al principio la medicina se basaba en probar compuestos y moléculas por ensayo y error hasta encontrar algo que resolviera un problema. En una segunda etapa se avanzó con medicamentos mejor diseñados, como los anticuerpos monoclonales. Hoy estamos en una nueva fase: la medicina celular y genética, que permite abordar problemas antes irresolubles, especialmente a nivel de células, tejidos, órganos y, sobre todo, genes.
Por ejemplo, en oncología se utilizan terapias celulares como las CAR-T. Estas consisten en extraer un tipo particular de células, llamadas células T, del propio paciente, modificarlas en el laboratorio para que reconozcan y ataquen al tumor, y reintroducirlas en el organismo. Es un tratamiento muy eficaz, pero también muy complejo y costoso, ya que requiere infraestructura hospitalaria y científica avanzada, además de equipos numerosos y procesos que pueden llevar meses.
Otra línea son las terapias basadas en bioingeniería de órganos o tejidos, orientadas a resolver fallas orgánicas que hoy sólo pueden tratarse con trasplantes. Finalmente, las terapias génicas —las más recientes— buscan corregir directamente genes defectuosos, como ocurre en enfermedades hereditarias. Por ejemplo, la distrofia muscular. Esto implica modificar o reemplazar genes mediante técnicas de laboratorio, a veces utilizando vectores similares a los empleados en vacunas de ARN.
Estos avances muestran cómo cambió el agente terapéutico en la industria farmacéutica, pero también explican el aumento de los costos: las terapias génicas pueden costar entre uno y dos millones de dólares por paciente. Esto plantea un fuerte desafío, ya que sin intervención estatal su acceso queda restringido a sectores muy privilegiados.
En 2025, un hígado bioartificial desarrollado en la empresa donde trabajas logró salvar a un paciente terminal: ¿cómo fue ese caso, qué tecnología concreta lo hizo posible y qué implica este avance para el futuro de los trasplantes y las terapias de reemplazo de órganos?
El problema de base es la escasez de órganos para trasplante. A nivel mundial, solo una mínima proporción de quienes los necesitan logra acceder a uno. Aunque la cantidad de donantes ha crecido, sigue siendo insuficiente y, además, no todos los órganos donados están en condiciones de ser utilizados. En la mayoría de los casos, los órganos provienen de personas fallecidas y, dependiendo de la edad o del estado de salud, muchas veces no son aptos. El resultado es una demanda que supera ampliamente la oferta.
Frente a esto, surge la pregunta de cómo generar órganos sin depender de donantes humanos. Una de las estrategias —la que utilizamos nosotros— consiste en tomar órganos de cerdo y eliminarles todas sus células, dejando solo el “andamiaje”: la estructura del órgano, con su forma y red vascular intactas, pero sin componentes celulares. Luego se incorporan células humanas, en un proceso de recelularización, de modo que el órgano resultante es funcionalmente humano.
La ventaja principal es que se reduce significativamente el riesgo de rechazo, uno de los mayores problemas en los trasplantes, ya que el sistema inmune reconoce como extrañas las células de otro organismo. Esto es especialmente importante porque un órgano animal trasplantado directamente sería rechazado de manera inmediata. Al reemplazar sus células por células humanas, se evita ese problema. En nuestro caso, trabajamos con hígados y riñones, que se desarrollan en condiciones completamente controladas, dentro de biorreactores y ambientes estériles.
Lo que hicimos en 2025 fue una prueba clínica —la primera de este tipo— en la que no se trasplantó el órgano, sino que se lo conectó de manera extracorpórea al paciente, como exige la fase inicial de estos estudios para evaluar seguridad. Se trabajó con pacientes en estado muy crítico, que no calificaban para trasplantes convencionales. Los resultados fueron muy positivos: no solo el procedimiento fue seguro, sino que el órgano funcionó como se esperaba. Por ejemplo, en pacientes con altos niveles de amoníaco —que afectan gravemente la actividad cerebral— se observó una rápida mejora tras la conexión del hígado bioingenierizado.
Este fue un estudio de fase 1, con pocos pacientes, enfocado en la seguridad. Ahora el objetivo es avanzar hacia fases más amplias. Se trata de un desarrollo pionero que abre nuevas posibilidades en el campo de los trasplantes y la medicina regenerativa.
¿Qué te llevó a involucrarte públicamente en las discusiones en torno al COVID-19?
Yo trabajaba, hasta hace unos cinco años, en anticuerpos monoclonales; era básicamente mi vida. Cuando empezó la pandemia, en enero, todavía no se sabía bien qué era ni si iba a ser un desastre. El pensamiento general era que iba a ser algo similar al SARS-1 o al MERS: afectaría a poca gente, sería un problema localizado en China y luego desaparecería2.
En enero tuvimos una reunión en la que discutimos si debíamos desarrollar anticuerpos monoclonales o reactivos para esto. Algunos decían que no, otros planteaban hacerlo “por las dudas”. Yo estaba a cargo de ese trabajo, así que empezamos a producir anticuerpos monoclonales en la empresa: inmunizábamos ratones, evaluábamos si había respuesta inmune y luego purificábamos los anticuerpos.
Rápidamente vimos que la respuesta inmune era excelente. Lo mismo observaron muchos grupos en todo el mundo y, casi de inmediato, ya en el plano humano, empresas y centros como el grupo de vacunas de Oxford y los Institutos Nacionales de Salud (NIH) en Estados Unidos comenzaron a probar vacunas. Se supo enseguida que había una muy buena respuesta inmune, lo que indicaba que probablemente los humanos también responderían bien. Eso daba cierta tranquilidad: no era una enfermedad que, una vez contraída, implicara inevitablemente un desenlace fatal.
Pero además eso respondía a la pregunta clave de si podíamos desarrollar vacunas. Esto fue muy importante porque gran parte de cómo transcurrió la pandemia y de las medidas que se tomaron dependió de las expectativas sobre cuándo estaría disponible una vacuna. Históricamente, el desarrollo de vacunas llevaba entre 2 y 10 años, con un promedio de 4, por lo que había bastante incertidumbre.
En mi caso, al ver que existía una buena respuesta inmune y siguiendo de cerca lo que hacía el NIH y otros grupos, me parecía —como a muchos— que la vacuna podía llegar mucho antes. Empecé a compartir esas ideas en Twitter, transmitiendo cierta confianza en la respuesta científica. Eso llamó la atención, me contactaron de medios y comencé a participar en ellos. Así fue, en términos personales, como me involucré en este tema.
¿Cómo fue la respuesta científica y el desarrollo de vacunas durante la pandemia?
Creo que la pandemia fue la mayor emergencia sanitaria de nuestras vidas, la peor epidemia en cien años y, sin duda, la mayor tragedia que nos tocó vivir. Todo ocurrió en condiciones muy complejas: la gente estaba confinada en sus casas. En mi caso, como trabajaba en esto, nos dieron una excepción para seguir yendo a trabajar. Iba en auto a las cinco de la mañana por Minneapolis, con un permiso de la empresa por si me detenía la policía por violar las restricciones. Aun así, trabajábamos en condiciones bastante precarias en términos de interacción. La empresa, que funcionaba como un campus de tres edificios, estaba completamente compartimentada y no podíamos movernos entre áreas. Todo se dificultaba; incluso el uso de equipamiento requería desinfección constante.
Sin embargo, en ese contexto tan adverso, la respuesta médico-científica fue formidable. En todo el mundo, muchos grupos dejaron sus líneas de investigación para volcarse a la pandemia. En Argentina también ocurrió: colegas que trabajaban en temas completamente distintos comenzaron a desarrollar métodos de diagnóstico, como técnicas de PCR, aunque fuera de manera preliminar, ya que luego esos métodos deben ser validados por organismos regulatorios para asegurar su confiabilidad. Al mismo tiempo, en los hospitales se ensayaban distintas prácticas; por ejemplo, se descubrió que colocar a los pacientes boca abajo mejoraba su evolución respiratoria, aunque al principio no se entendiera del todo por qué.
Todo esto se dio en un clima de enorme colaboración y dedicación. Un aspecto clave fue la adopción de sistemas de prepublicación, donde los científicos compartían resultados de forma inmediata, antes de los procesos formales de revisión que suelen demorar meses. Esto permitió que la información circulara en tiempo real de modo que un laboratorio en un país podía aprovechar rápidamente los hallazgos de otro en cualquier parte del mundo. Las redes y el acceso a internet marcaron una diferencia enorme respecto de pandemias anteriores.
El desarrollo de vacunas fue particularmente impresionante. En apenas tres meses ya se sabía que eran viables, aunque luego había que completar las fases de prueba en humanos. Recuerdo que en abril el grupo de Oxford (luego AstraZeneca) publicó resultados exitosos en animales, y ahí muchos entendimos que habría vacuna. Efectivamente, hacia fin de ese año comenzaron a estar disponibles. Esto fue posible gracias a una fuerte intervención estatal en financiamiento y producción: Estados Unidos, Europa, Rusia, China, entre otros, invirtieron masivamente. En Argentina, la vacunación comenzó en el primer cuatrimestre de 2021. Todo esto permitió resolver la crisis en un tiempo relativamente corto y está estrechamente ligado también a las decisiones políticas que se tomaron durante la pandemia, un tema que se puede profundizar aparte.
¿Qué aciertos y errores observas en la gestión sanitaria a nivel global?
Dado el desastre que fue, es difícil hablar de lo positivo y también de los errores. Fue una la mayor tragedia sanitaria de nuestras vidas, agravada por el hecho de que era una enfermedad completamente nueva: no se sabía nada sobre el virus ni sobre cómo actuar. Recuerdo que, al comienzo, en marzo, surgió una primera gran división: algunos sostenían que no había que hacer nada si no se sabía bien qué hacer, mientras que otros planteaban que había que actuar igual para evitar un desastre. De un lado se decía que las cuarentenas no estaban probadas; del otro, que no hacer nada era inaceptable ante lo que se estaba viviendo.
El punto de quiebre, al menos en Estados Unidos, fue el colapso en Nueva York, precedido por lo ocurrido en Italia. Las imágenes eran estremecedoras: hospitales desbordados, camillas en las calles, camiones frigoríficos usados como morgues. También se vieron escenas dramáticas en Ecuador, con ataúdes en la vía pública. La violencia de la pandemia en sus primeros meses fue impactante, y en ese contexto muchos entendimos que había que intervenir de algún modo.
En cuanto a lo aprendido, el balance científico y médico es claro: el distanciamiento, el uso de barbijos y otras medidas funcionaron, aunque también hubo errores. Por ejemplo, la discusión inicial sobre si el virus se transmitía por aerosoles o por contacto demoró decisiones importantes. La Organización Mundial de la Salud fue cauta en reconocer la transmisión aérea y, al comienzo, tampoco impulsó fuertemente el uso de barbijos ni las cuarentenas, en parte por el impacto económico que estas implicaban. Con el tiempo, la evidencia llevó a ajustar esas recomendaciones.
Aun así, la respuesta general fue buena en la mayoría de los países. Incluso donde los gobiernos minimizaron el problema, muchas ciudades y comunidades reaccionaron por su cuenta. Se tomaron decisiones difíciles, como el cierre de escuelas, que luego fueron discutidas, pero en ese momento respondían a una situación de enorme incertidumbre: se veía gente morir, no se conocía el virus y los síntomas eran muy variables. Incluso estaba el caso de los asintomáticos, que transmitían la enfermedad sin presentar ningún síntoma. Realmente, era todo muy incierto.
También se aprendieron lecciones útiles. Por ejemplo, la importancia del aire libre. En muchos lugares se restringía la circulación, pero se permitía salir a espacios abiertos, donde el riesgo era mucho menor por la dispersión de aerosoles. A veces faltó sentido común en la implementación, pero en general se fue ajustando con la experiencia.
Hoy, a pocos años, la pandemia parece lejana y casi no se quiere hablar del tema. En cierto modo, eso también indica que, con todos sus errores, la respuesta fue relativamente efectiva ya que se logró evitar un desenlace peor. Incluso en términos políticos, dejó de ser un eje central de debate en muchos países, lo que refuerza la idea de que, en líneas generales, las cosas se hicieron razonablemente bien frente a una situación completamente inédita.
¿Cómo evalúa la relación entre ciencia, política y toma de decisiones en situaciones críticas?
En el caso de la pandemia de COVID-19, al comienzo hubo una fuerte escucha de la ciencia: había una gran necesidad social de entender qué estaba pasando y qué podía venir. En ese contexto, la medicina y la ciencia ganaron un lugar central, más allá de que luego algunos intentaran politizar o cuestionar ese rol, sin demasiado éxito.
En términos políticos, los gobiernos actuaron según las demandas sociales y sus propias orientaciones ideológicas. Incluso en casos como el de Trump, que inicialmente buscó minimizar la situación, la presión social y la evidencia terminaron imponiendo medidas. La experiencia cotidiana —el miedo, los contagios, las muertes— se trasladó a la opinión pública y a los medios, influyendo directamente en la toma de decisiones.
En general, la respuesta política fue mejor de lo que a veces se reconoce. Incluso donde los gobiernos centrales dudaron o quisieron no intervenir —como en Estados Unidos, Brasil o el Reino Unido—, los estados y las ciudades adoptaron medidas por su cuenta. Un buen indicador de esto son los datos de movilidad: en países con políticas distintas, como Argentina y Brasil, el comportamiento real de la población fue bastante similar, con una fuerte reducción inicial de la circulación y luego una flexibilización progresiva.
También influyeron mucho las condiciones socioeconómicas. En grandes ciudades como Buenos Aires o La Plata, donde el transporte público es esencial, las dinámicas de contagio fueron distintas a las de países como Noruega. Lo mismo ocurre al comparar contextos como Estocolmo —con alta proporción de hogares unipersonales— con ciudades como Lima, donde conviven varias generaciones en una misma vivienda. Estas diferencias explican por qué las mismas políticas tienen impactos distintos según el contexto. El caso de Suecia es ilustrativo: aunque no impuso cuarentenas estrictas, los niveles de movilidad fueron muy similares a los de países vecinos que sí lo hicieron. Esto sugiere que, más allá de las normas, las conductas sociales tienden a converger frente a una amenaza común.
O sea que las respuestas políticas se adaptaron a cada realidad, pero en términos generales reflejaron lo que las sociedades estaban dispuestas a aceptar. Incluso en casos de medidas muy estrictas, como en Nueva Zelanda, hubo amplio respaldo social. El hecho de que la pandemia haya dejado de ser un tema central en la política electoral también sugiere que, con matices, las decisiones fueron percibidas como razonables frente a una situación inédita.
¿Cómo ve hoy la circulación de información científica en medios y redes sociales?
Es contradictorio. Creo que la información en redes es rápida y, a la vez, peligrosa. También es extremadamente empoderadora: hoy podés tener acceso a la información que quieras. Eso también implica un riesgo, porque si alguien quiere mirar solo para un lado, puede hacerlo sin problemas; pero, al mismo tiempo, es bastante democrática en ese sentido.
Lo comparo con cuando era chico: en mi casa mis padres recibían el diario La Nación. Eran gente de izquierda, pero mi papá lo leía porque, entre comillas, había que saber qué opinaba “el enemigo”. La Nación es tradicionalmente un diario de derecha, pero el resultado era que la información disponible en casa era básicamente esa. En ese momento había poca oferta: no existían los canales de noticias como hoy. Entonces, lo que para mí era “la verdad” era lo que dijera La Nación. Si quería leer sobre la carrera espacial a la Luna —el gran tema de fines de los ‘60 y comienzos de los ‘70—, dependía de lo que ese diario publicara.
Hoy en día tengo mis propias fuentes, en las que confío más. Uno trata de leer de todo, incluso lo que no coincide con sus ideas. En ese sentido, las redes permiten una democratización y una profundidad de acceso a la información realmente notables. Pero también hay que distinguir qué significa esto para alguien como yo y qué significa para, por ejemplo, un chico de 12 años que se informa por TikTok. Así como antes era limitado informarse solo por La Nación, hoy también es un riesgo consumir únicamente contenidos de alguien con gran habilidad para hacer videos atractivos, pero con información errónea.
Vinculándolo con la pandemia, creo que hubo cierta autorregulación: tanto la gente como los formadores de opinión fueron, en su mayoría, responsables en la circulación de información científica en redes. Aun así, sigue siendo un tema contradictorio. No soy experto y no tengo una solución clara. Me gustaría que existiera una forma de garantizar acceso amplio y democrático a la información, filtrando al mismo tiempo lo confiable de lo que no lo es, pero lograr ese equilibrio parece bastante difícil.
Nos encontramos en un contexto de alta polarización en países como la Argentina y los Estados Unidos, pero cada vez más también en Europa y otras regiones del mundo. En este escenario, ¿la ciencia puede sostener una voz clara o queda inevitablemente atrapada en disputas ideológicas?
Creo que las dos cosas al mismo tiempo. Me voy a detener un poco, porque es un tema que me interesa mucho. Esta pregunta, en el fondo, remite a aquella vieja polémica sobre si la ciencia es, necesariamente, la verdad. ¿Se puede tener una voz clara sobre lo que sabemos? Yo diría que sí. Pero la interpretación de ese conocimiento termina siendo, muchas veces, política.
Un caso que me apasiona es el del darwinismo. La teoría de la evolución produjo un quiebre enorme en una sociedad hasta entonces muy marcada por lo religioso: sacó al ser humano del centro de la naturaleza y lo colocó como un estadio más de la evolución. Eso abrió discusiones que siguen vigentes y con fuertes implicancias políticas.
Una de ellas es la clásica nature versus nurture: ¿somos lo que somos por nuestros genes o por lo que aprendemos? Hoy, por ejemplo, los estudios sugieren que la inteligencia tiene algún componente genético —del orden del 10% al 20%—. Pero, ¿qué significa eso? Una investigadora contaba que, ante economistas, ese dato se interpreta como “la inteligencia es genética”, mientras que para biólogos significa lo contrario: que en gran medida no lo es. El mismo dato, dos lecturas.
Y ahí aparece lo político. Porque de estas interpretaciones surgen posiciones distintas: desde la meritocracia —cada uno llega por sus capacidades— hasta la idea de igualar condiciones de partida para que todos tengan las mismas oportunidades. Es un debate que se ve, por ejemplo, en el acceso a universidades en Estados Unidos.
Hay conocimientos científicos que pueden ser bastante claros. Pero las decisiones sobre qué hacer con ese conocimiento —ya sea en educación, salud o investigación— son, inevitablemente, políticas.
Está claro que los datos no hablan por sí solos, sino que deben ser interpretados. Y ahí aparece la dimensión valorativa de la ciencia, un tema clásico de la filosofía de la ciencia. Usted mencionó el ejemplo de la misión a la Luna y que hay aspectos de la ciencia que son fácticos, que están fuera de discusión. Sin embargo, estamos en una era en la que han surgido discursos negacionistas incluso sobre los aspectos más elementales del conocimiento. Por ejemplo, el antivacunismo, el terraplanismo o la negación del cambio climático. ¿Cómo enfrentamos estos discursos? ¿Conviene confrontarlos públicamente o evitar amplificarlos?
Es un tema polémico dentro de la propia ciencia. Hay quienes sostienen que no conviene responder a los antivacunas porque no hay un terreno común de discusión y, en ese marco, siempre perdés. Dicho eso, me parece que ya es tarde para ignorarlos, existen y, con las redes, lo que antes era marginal hoy está amplificado. Siguen siendo minoritarios —y eso es importante—, pero ahora tienen espacios donde reforzarse.
Más que el antivacunismo extremo, a mí me preocupa la desconfianza en la ciencia, que es más extendida y más dañina. Esa postura de “no soy antivacunas, pero…” erosiona los niveles de vacunación necesarios para sostener la salud pública. Y cuando esos niveles bajan, aparecen como problemas concretos enfermedades que estaban controladas y vuelven a circular.
Ahí el riesgo es real, sobre todo porque no se trata sólo de decisiones individuales. Hay personas que no pueden vacunarse por razones médicas —por ejemplo, pacientes con tratamientos oncológicos— y dependen de la inmunidad colectiva. Cuando eso falla, el impacto es serio.
Por eso, hay un rol clave del Estado y también de los medios de comunicación. Filtrar información, jerarquizar fuentes confiables y fortalecer el periodismo científico es fundamental. Durante la pandemia hubo ejemplos de irresponsabilidad, incluso de lo que yo llamaría “antivacunismo político”, aunque por suerte no lograron imponerse.
Ignorar estos discursos ya no es opción. Hay que enfrentarlos, pero con estrategias más inteligentes que la simple confrontación.
¿Por qué cree que estos discursos logran “prender”, aunque sea en sectores minoritarios, y con consecuencias tan concretas? Si uno mira históricamente, el pensamiento liberal o de derecha no estuvo necesariamente asociado a posiciones anticientíficas; más bien, en muchos momentos hubo una afinidad con la ciencia. ¿Por qué hoy en sectores de la derecha neoliberal aparece esta deriva anticientífica?
En lo que pasa en Estados Unidos y, en parte, en la Argentina, creo que hay un componente fuerte de rechazo a las élites, y la ciencia suele percibirse como una de ellas. En ese marco, ciertos avances de las últimas décadas, ligados a la ampliación de derechos y oportunidades, son leídos por sectores de derecha como una amenaza. Es llamativo que esto no tenga la misma intensidad en Europa, sobre todo en países más igualitarios. En cambio, en Estados Unidos —y en la Argentina, que muchas veces replica esos climas—, parte de la derecha ve a la ciencia como algo que tensiona su idea de libertad, entendida muchas veces como defensa de privilegios económicos o de acción sin regulación.
Ahí aparece el choque con nociones como la salud pública, que la ciencia y la medicina en particular han fortalecido en el último siglo. Sobre todo, la idea de que el bienestar colectivo importa más allá de la decisión individual. La pandemia fue un ejemplo claro de esa tensión. Incluso en campos aparentemente “neutrales”, como la carrera espacial, estas disputas están presentes. Los hechos científicos pueden ser objetivos —por ejemplo, cómo orbitar la Tierra—, pero las decisiones sobre quién financia, quién produce y quién se beneficia son políticas. El pasaje de un modelo estatal a uno más privatizado en Estados Unidos muestra eso con claridad.
Hay una dimensión ideológica que busca que el Estado funcione en favor de ciertos intereses económicos, y ahí la ciencia puede ser vista tanto como herramienta o como obstáculo. Por eso, al final, incluso la relación entre ciencia y anticiencia también termina siendo, en gran medida, una discusión política.
Desde su experiencia en Estados Unidos: ¿cómo describiría hoy el clima en torno a la ciencia? ¿Qué impacto tuvo la era de Donald Trump en la confianza pública y en el sistema científico? ¿La ciencia estadounidense sigue teniendo un liderazgo global o ve señales de fragilidad?
Lo primero es que la ciencia en Estados Unidos históricamente tuvo mucho apoyo estatal y buena prensa; es un valor bastante consolidado. Hay sectores minoritarios que la cuestionan —incluso figuras muy visibles en la órbita de Trump—, pero en general la anticiencia sigue siendo marginal.
Trump, por ejemplo, intentó recortes muy fuertes al presupuesto científico —del orden del 40% en organismos como el NIH—, pero el Congreso los frenó e incluso aprobó leves aumentos. Eso muestra que hay una estructura política que sostiene el sistema científico. Además, la propia industria privada depende mucho de esa inversión estatal ya que gran parte de la innovación surge de investigaciones financiadas públicamente.
Ahora bien, hay problemas reales. Uno es el uso discrecional de fondos, por ejemplo, el gobierno puede bloquear subsidios a universidades por motivos ideológicos, como programas de diversidad o temas políticos. Eso sí es preocupante.
En paralelo, hay un contexto más amplio. Estados Unidos está perdiendo parte de su liderazgo frente a China, que en la última década avanzó muy rápido en producción científica, patentes y tecnología, con una fuerte planificación estatal. Esto reintroduce la política incluso en áreas como la carrera espacial. Hoy hay una presión concreta por volver a la Luna antes que China.
Estados Unidos sigue siendo una potencia científica central, pero ya no sin competencia. Y ese escenario también abre preguntas estratégicas para países como la Argentina, por ejemplo con quién asociarse para reconstruir capacidades científicas y tecnológicas.
¿Cómo evalúa la política científico-tecnológica del gobierno de Javier Milei?
Creo que el problema central es que, por primera vez, hay un riesgo real de desmantelar el sistema científico. Desfinanciar la ciencia ya es grave, pero acá lo preocupante es la posible ruptura de una cadena de 60 o 70 años de construcción de capacidades, formación de recursos humanos, infraestructura e instituciones. La Argentina logró desarrollar capacidades muy valiosas —en salud, en tecnología nuclear, satelital, en investigación biomédica— que, con altibajos, siempre se sostuvieron.
El peligro es que esa cadena se corte. La ciencia no es solo edificios, es la formación continua de personas. Si se pierde esa masa crítica —y ya se habla de miles de investigadores que se fueron—, reconstruirla después es muchísimo más costoso, si es que se puede.
¿Por qué importa? No solo por la innovación, sino por la capacidad de un país de adoptar tecnologías y no depender completamente de otros. Esto está muy estudiado y se resume en la idea de “capacidad de absorción” que significa que solo quienes ya tienen desarrollo científico pueden incorporar y adaptar tecnología. Ejemplos sobran, desde Corea del Sur hasta Israel o los países escandinavos.
En la Argentina eso se ve claro: desde el desarrollo de software hasta el sistema de trasplantes o la tecnología satelital, todo se apoya en décadas de formación científica. Sin esa base, no solo se deja de innovar, se pierde autonomía.
Por eso, más allá de cualquier discusión sobre eficiencia o prioridades, el riesgo actual es estructural. Si se rompe esa continuidad, el retroceso puede ser muy profundo y difícil de revertir.
¿Ser científico implica también asumir un rol político?
Sí. Toda esta conversación lo muestra. Me considero alguien que trabaja en ciencia, que reflexiona sobre la ciencia y que está muy interesado en su contexto y en sus usos. En ese sentido, todos hacemos política, ya sea con la voz o con el silencio. Me pienso como un “intelectual de la ciencia”. No me interesa solo lo que hago en términos técnicos, sino también cómo se va a usar. Cuando trabajo, por ejemplo, en bioingeniería, me importa no solo desarrollar órganos, sino pensar su accesibilidad y su impacto social.
Creo que el trabajo científico implica, necesariamente, pensar el futuro. Cada vez que desarrollas una tecnología orientada a mejorar algo, estás imaginando un mundo posible. Y eso es política. Cuando me ofrecieron el trabajo que tengo hoy, y me preguntaron por qué quería hacerlo, respondí “por la misión de la empresa”, que es aliviar la falta de órganos para trasplante. Para mí, esa era razón suficiente. Ya pasé por muchas etapas —investigación pública, trabajo en empresas— y cada vez me interesa más esa dimensión de la ciencia ligada a la resolución de problemas y a su impacto.
¿Influyó el Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo —con referentes como Oscar Varsavsky, Jorge Sábato o Rolando García— en su mirada crítica sobre la ciencia y la tecnología?
Sí, tuvo influencia. Vengo de una familia muy politizada, así que esa dimensión siempre estuvo presente. Y en la facultad, autores como Varsavsky o Sábato eran lecturas obligadas. No diría que soy un especialista en sus obras, pero sí me marcaron en la idea de que la ciencia no es neutral y debe pensarse en relación con el desarrollo social. Tampoco pretendo ser filósofo o sociólogo de la ciencia, pero inevitablemente me meto en esos debates.
Ojalá pudiéramos recuperar algo de aquella tradición latinoamericana, que pensaba la ciencia en clave regional. Imaginar, por ejemplo, una mayor integración entre países como Argentina, Brasil, Chile o México, articulando capacidades científicas, industriales y tecnológicas. No necesariamente para competir con potencias como China, sino para asociarse de manera más inteligente y aprovechar mejor nuestras propias capacidades. La Argentina, aún con dificultades, tiene una base científica e industrial muy importante —desde la tecnología satelital hasta la farmacéutica— sobre la que se puede construir.
Por último, ¿qué consejo le daría hoy a jóvenes científicos y tecnólogos en Argentina?
Es difícil y no me siento del todo autorizado, pero hay algo que siempre repito, incluso en discusiones en casa con mis hijos: lo mejor que podés hacer es dedicarte a lo que te apasiona. Después vas a encontrar la manera de sostenerte.
Aunque no ignoro que hay condiciones materiales que importan, la pasión es clave. Si te interesa la ciencia, metete en ciencia. Y además, a pesar de todo, la Argentina sigue siendo un buen lugar para formarse. La calidad humana es muy alta, y ojalá no se rompa esa cadena de formación. Ojalá la ciencia vuelva a ocupar un lugar central y sea una política de Estado.
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